El novio ideal 1. La Julia del garaje
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1. La Julia del garaje

La Julia del garaje

Se acordó ya de madrugada, mientras hacía un pis rápido a oscuras para no despabilarse.

Le gustaría decir que la impresión del recuerdo le cortó hasta el aliento, pero lamentablemente solo le cortó el pis, y encima solo durante unos segundos.

Por lo demás, su cuerpo continuó funcionando como si nada, quizá demasiado amodorrado todavía para afrontar la magnitud de lo sucedido aquella tarde en el garaje.

Sin embargo, del estado de shock ya había salido seguro, pues sentía la cabeza menos embotada, los pensamientos más nítidos, interconectados en lugar de envueltos uno a uno en algodón.

Tirso tenía el sueño profundo; ni habría notado su ausencia ni notaría si tardaba en volver. Y, aunque se desvelara, no saldría a buscarla salvo que la oyera echando hasta la primera papilla, momento en que se levantaría para prepararle una manzanilla calentita.

El pequeño sensor a la entrada del baño alumbraba prácticamente lo mismo que las luces de paso del garaje comunitario, emborronando rincones y siluetas de una manera que a Julia siempre le había recordado al ruido blanco de los televisores antiguos.

Si desenfocaba la vista, casi parecía que volvía a encontrarse allá abajo, en el lugar y momento exactos en que su vida acabó y comenzó: a las siete de esa misma tarde, sacando el regalo de San Valentín para Tirso del trastero.

El susodicho había quedado en recogerla a las nueve en el portal, así que cuando a las siete y tres (3) minutos el morro de su Ford Focus asomó por la cuesta del garaje Julia no había tenido más opción que agazaparse tras el coche del vecino con el corazón desbocado.

¡Por qué poco! Un segundo antes y la habría pillado de pleno con las manos en la masa.

Ni siquiera se había planteado que Tirso le hubiera hecho la trece catorce.

Era demasiado considerado como para no avisarla si salía pronto del trabajo, y tampoco habría esperado encontrársela allí porque Julia llevaba años fingiendo que bajar sola al trastero le daba yuyu precisamente para poder esconder dentro sus regalos parejiles.

Así que solo había una razón por la que Tirso se pasaría por el garaje dos horas antes de una cita de San Valentín: un regalo de San Valentín.

Julia había tenido que contener la risa mientras lo oía bajar del coche y cruzar su plaza de garaje.

«Sincronizados hasta para esconder regalos», recordaba haber pensado, extasiada.

Luego las bisagras del trastero habían chirriado como cigarras, señal de que podía echar una ojeada si se atrevía.

Y tanto que se había atrevido. Su novio estaba de espaldas a ella, hurgando en el armarito empotrado con una brusquedad muy poco Tirso (aunque de este detalle se daría cuenta la Julia del baño y no la Julia del garaje).

Al final había sacado algo pesado de un tirón, algo que, desde luego, no tenía pinta de regalo de San Valentín.

Más bien de garrafa de detergente. Ya más desconcertada que otra cosa, Julia se había asomado por una esquinita justo para verlo abrir el maletero del Focus.

En realidad, ahora que revisaba el recuerdo en la intimidad de su cuarto de baño, no es que hubiera cazado a su novio metiendo un cadáver en el coche.

El cadáver ya estaba dentro. Lo más correcto sería decir que lo había cazado recolocando un grueso fardo de sacos de construcción bien ceñidos con cinta aislante, y que solo cuando pensó que se parecía a los fiambres envueltos en plástico de las pelis fue súbitamente consciente de que no «se parecía»; lo era.

Ahí la Julia escondida había soltado un grito ahogado digno de telenovela, dramatismo que le habría salido caro de no ser porque Tirso cerró el maletero de un portazo al mismo tiempo.

El resto lo tenía algo difuso. Sabía que había pasado un buen rato ahí abajo, acuclillada muy quieta detrás del Peugeot del vecino incluso después de que Tirso se marchara con su coche y su cadáver.

No había hecho más ruido, ni había dejado de apretarse el dichoso regalo contra el pecho, por si acaso.

¿Por si acaso qué? Ni idea. Por si acaso, sin más.

Luego la alarma de su móvil había saltado, y Julia con ella.

«Hora de emperifollarse», se recordó, que era justo para lo que había puesto esa alarma.

Así que Julia entró en modo automático y salió de su escondrijo, vadeó entre la penumbra hasta el ascensor, subió a casa y procedió a ponerse mona para su cena de San Valentín.

Increíble, lo rápido que terminaba si no se distraía con tonterías.

Hasta le dio tiempo a envolver como Dios manda el regalo.

A las nueve en puntito un Tirso todo trajeado paraba frente al portal y ella se montaba en el Focus con su sonrisa de siempre.

Y a las tres de la mañana estaba sentada en el váter totalmente a oscuras, encogida de frío pero incapaz de volver a la cama.

El sensor se había apagado en algún momento de su recapitulación de los hechos, y, la verdad, lo agradecía.

Se sentía más segura así que bañada por esa luminiscencia amarillenta tan parecida a la del garaje.

Al menos hasta que la puerta del baño se abrió con un chirrido muy, muy lento.

—Coño —siseó Julia, atragantándose con su propia saliva del susto. Desde luego, ya le había quedado claro que ella la final girl en un slasher no sería—. ¿Tirso?

La oscuridad no contestó. Tampoco respiró.

Si había alguien ahí, estaba conteniendo el aliento.

Porque ella lo sentía, que había alguien ahí.

Mirándola. Acercándose. Y Julia podría agitar el brazo para encender la luz del sensor pero no se movió porque si Tirso iba a matarla, prefería no saberlo, prefería no verl…

— ¿Miau?

Esta vez, los sapos y culebras que salieron de su boca fueron 100% deliberados, cagándose en todos y cada uno de los muertos de su puñetera gata, la que ahora se le enroscaba entre los tobillos con otro maullido angelical.

Joé, pues sí que debía de haber pasado rato disociando en el baño para que Muu viniera a buscarla.

Normalmente tenía que arrancarla del pecho de Tirso con alicates.

—Ah, así que ese era tu plan, ¿eh? Matarme de un infarto para quedártelo entero para ti… Qué bajo, Muu.

La tía ni se molestó en negarlo. Con un suspiro, Julia por fin se puso en marcha, agarrotada de pies a cabeza tras el que (esperaba) había sido el peor día de toda su vida.

Todavía temblaba como una hoja del subidón de adrenalina cuando se levantó, así que cogió en brazos a Muu para usarla de apoyo emocional durante los dos kilométricos metros que separaban el baño del dormitorio.

Blandita, suavecita, blanquinegra como una vaquita en miniatura y ronroneando a todo motor. Perfecta.

Dentro no estaba tan oscuro. A los dos (a los tres) les gustaba dormir con las persianas subidas, y la luz de las farolas lo tintaba todo de color mandarina.

Tirso se había vuelto bocabajo, como hacía siempre al segundo de notarse solo en la cama.

Era un acto inconsciente, de sueño profundo, reparador.

Julia quiso tomárselo como una prueba de su inocencia.

Nadie dormiría a pierna suelta después de cargarse a alguien, ¿no?

Y Muu tampoco lo querría tanto si fuera mala gente; los gatos tenían un sexto sentido para eso.

Como para demostrárselo, Muu saltó de sus brazos directa a hacerse una bolita diminuta entre los omoplatos de Tirso. Comprensible. Si ella fuera así de chiquita, no se bajaría de ahí jamás. Pero no lo era, así que tuvo que contentarse con la otra mitad de la cama.

Incluso tumbado, Tirso seguía siendo enorme. Durante las perezosas mañanas de findes y festivos solía ponerse de lado para resguardarla del sol.

—Ey —susurró entonces el propio Tirso, alzando un poco la cabeza para mirarla—. ¿Otra vez quedándote sopa en el váter?

Uy, pues no estaba dormido. De pronto consciente de lo fuera de personaje que sería mantener las distancias, Julia se pegó a su costado como una lapa, echándole encima el brazo y la rodilla para mayor anclaje. Si Muu podía, ella también.

—Culpable.

—Mmm.

Ya no lo veía, pero sabía que estaba sonriendo.

¿Cómo debería tomárselo? Tirso no solo se había desvelado (cosa ya rara de por sí), sino que además había notado que Julia había tardado en volver y así se lo había hecho saber.

¿Sospecharía algo? ¿La estaba tanteando?

¿O solo le preocupaba genuinamente que su novia se quedara traspuesta entre pis y pis?

Debería preguntárselo y punto.

O… podría olvidarlo. Forzarse a olvidarlo.

Total, tampoco le había resultado muy difícil fingir que no pasaba nada.

Al día siguiente dejarían de arderle las piernas por las horas agazapada tras un coche y, si se lo proponía, para la próxima semana el temita del cadáver ya sería agua pasada.

Lo habría borrado por completo de su mente.

Solo tendría que acordarse de la Julia de San Valentín, de la eficiencia con la que se había hecho la raya del ojo en piloto automático, y la Julia del garaje desaparecería para siempre.

Fake it until you make it , como decían los yanquis. Así no tendría que escoger entre su novio y su cordura.

Pues ea, decidido. Adiós adiós, Julia del garaje. Nadie te quiere aquí.