El novio ideal Prólogo. El cadáver de San Valentín
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El novio ideal

El novio ideal

Por Irene Morales

© inepub.com

Prólogo. El cadáver de San Valentín

Prólogo

El cadáver de San Valentín

Julia estaba bastante segura de que el cadáver no formaba parte del plan.

Vale que un cadáver no formaría parte del plan de nadie medianamente normal, pero es que además estaban hablando de Tirso Mihura, el cual era, en todos y cada uno de los sentidos, el hombre perfecto.

Y que conste que no lo decía solo ella. Si hasta su madre le dio la enhorabuena cuando se lo presentó.

Si hasta sus amigas lo consideraban una más del grupo.

Si hasta su gata le dejaba tocarle la panza sin represalias, la muy lagarta.

Julia apostaría la mano a que Muu quería camelárselo, por cómo se le acurrucaba las noches de peli y mantita mientras ronroneaba a volumen de tractor.

Pues llegaba tarde. Tirso y ella mantenían un idílico romance desde hacía ya tres años y no iba a dejarlo escapar ni por encima de su cadáver.

Ay, el cadáver.

—¿Julia?

Julia dio un respingo. Tirso la miraba con esos ojos negros que la conocían tan bien, de punta en blanco y tenedor en mano. Parecía mitad divertido mitad preocupado, aunque debía de tirar más hacia lo segundo, porque añadió:

—¿Pasa algo? Estás un poco… dispersa. Y pálida.

«¿Pálida como la novia cadáver?», dijo una vocecilla que sonaba extrañamente como si Muu hablase en vez de maullar.

—Perdón —barbotó, apresurándose a cortar un par de bocados de filet mignon —. Es que no logro acordarme de si he echado la llave.

—Seguro que sí. Nunca te he visto olvidarte.

—Nunca pasa nada hasta que pasa y te entran a robar.

—También se me puede olvidar a mí.

A Julia se le escapó una risita. No se imaginaba a Tirso teniendo un desliz.

—Si te está agobiando mucho, puedo acercarme en un momento a comprobarlo. —Miró su reloj de pulsera—. A estas horas estará todo el mundo cenando, no habrá casi tráfico.

—¡No!

Al instante, todos los ojos se volvieron hacia ella.

Genial. Su novio la sorprendía con una velada romántica en el restaurante más pitiminí de Madrid y ella se lo pagaba montando el numerito.

Se sintió aún más fuera de lugar, con su vestido del Shein y su bisutería de rebajas.

Quizá a primera vista diera el pego entre las altas esferas, pero ya se sabe: aunque la mona se vista de seda…

Tirso no frunció el ceño, ni se molestó, ni nada. Lo que hizo fue deslizarse por el silloncito del reservado para sentarse a su vera con el cuerpo vuelto hacia ella, escudándola sutilmente del resto de las mesas. Con lo grande que era, funcionó, y Julia relajó los hombros enseguida.

—Cuéntame —la animó, en voz muy bajita—. ¿Qué es? ¿El sitio, la comida? ¿Algo del trabajo? ¿U otra cosa?

—No lo sé —respondió, lo más cercano a «el cadáver del maletero» que se veía capaz de articular.

Aunque ni siquiera sabía si seguía en el maletero.

De hecho, podría ni ser un cadáver. A lo mejor era una decoración de Halloween (aunque para octubre quedaba bastante), o un seto con forma extraña (aunque no tenían jardín), o una escultura romana especialmente maleable (aunque no se le ocurría dónde iban a meter semejante mamotreto en su piso).

Podría incluso ser su regalo de San Valentín. Cualquier cosa menos un cadáver.

Porque, si lo era, el Tirso que ahora le sonreía suavemente dejaría de existir.

Y Julia no estaba preparada para perder lo mejor que le había pasado en la vida.

Quizá por eso estaba así, pálida y sofocada a un tiempo, intentando obligar a su cerebro a replegarse sobre sí mismo para borrar las huellas de un crimen que desde luego Tirso no había cometido.

Imposible. El garaje estaba muy oscuro, seguro que había visto mal.

Seguro que si le preguntaba directamente él se echaría a reír y se lo explicaría. Solo Julia conseguía hacerlo reír.

—¿Refrán? —probó entonces Tirso.

Incluso en pseudo estado de shock , ella sonrió.

Hacía mucho que no usaban su código secreto, ahora que tenían la confianza suficiente para poner en palabras lo que les rondaba por la cabeza.

Pero, al principio, cuando a Julia le estresaba tanto cagarla que entraba en modo muñequita (sonreír y asentir a cualquier cosa que él dijera), Tirso había aprovechado la enciclopedia de refranes con patas que era su novia para convertirlos en un lenguaje propio, cada refrán al mismo tiempo una pista del problema y una palabra de seguridad.

Julia miró en rededor, buscando inspiración para dar con el refrán ideal.

El primero que le vino a la mente, cómo no, fue «A quien quieras matar, carne asada dale a cenar», pero entre eso y «Te he pillado escondiendo un cadáver en tu Ford Focus» apenas había diferencia, y como seguro seguro seguro que Tirso era inocente, Julia no quería hacerle creer que se había tomado el filet mignon como una amenaza.

Estaba debatiéndose entre dos clasicazos cuando un tercero se abrió paso cual revelación divina:

—Antes que te cases, mira lo que haces.

Se sintió orgullosísima de sí misma hasta que le vio la cara a Tirso. Mierda, ¿tan directa había sido? ¿Por qué se había puesto todo tenso de repente? ¿No debería estar tensa ella, que era la que había presenciado un… algo ?

El silencio se alargó durante uno, dos, tres segundos. Cuatro. Él seguía mirándola a los ojos con una expresión que jamás le había visto, un mix entre desconcierto, apuro y alerta muy poco halagüeño. Julia se preparó para lo peor.

Pero para lo que no se había preparado fue para que Tirso se riera entre dientes, incapaz de disimular una sonrisilla de granuja tras la palma.

A Julia le habría ofendido la situación de no ser por el hoyuelo monísimo que le salía a su novio cuando se reía.

Tú imagínatelo. Tú imagínate a la versión humana de un todoterreno de alta gama, todo robusto y sobrio y sofisticado y de pronto, ¡pom!

Un hoyuelito. Le daban ganas de chillar.

—¿Por eso estabas a punto de desmayarte? ¡Julia!

—¿¡Qué!? —casi lloriqueó, desesperada.

Negando con la cabeza, Tirso metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta de traje y sacó una cajita alargada de terciopelo negro.

Antes de que ella pudiera entender qué tenía que ver la cajita con el cadáver, la abrió con un clac que dio paso a la gargantilla más bonita jamás contemplada por ojo humano, animal o divino.

Madre mía. Debía de haberle costado un quint…

—¿Lo ves? Ni pedrusco, ni rodilla al suelo. Estás a salvo.

Levantó tan rápido la cabeza para mirarlo que le chascaron las cervicales.

¿Qué pedrusco, qué rodilla? ¿Qué…? Ah. Ah.

«Antes que te cases, mira lo que haces».

Tirso creía que Julia estaba medio febril por miedo a que le pidiera matrimonio.

¡Miedo al matrimonio, ella ! ¡Acabáramos!

Pero no podía sacarle de su error, porque entonces tendría que decirle que en realidad lo sospechaba un asesino. Ahora sí que iba a desmayarse.

—No, pero… Tirso, yo sí… Quiero decir, algún día, claro…

—No pasa nada —la cortó él, dulce a rabiar, como cuando Julia le cazaba haciéndole carantoñas a Muu—.

Estamos en la misma página. Solo me ofende que pensaras que iba a pedírtelo en San Valentín.

Y encima aquí, delante de un porrón de estirados.

No, no; te entiendo. Yo me habría puesto incluso peor. ¿Ya estás mejor?

No. ¡NO! Demasiadas emociones muy fuertes y muy contrarias. ¿Acababa de implicar lo que Julia creía que acababa de implicar? ¿Acababa de dejar caer, así como quien no quiere la cosa, que quería…?

—¿¡Quieres casarte conmigo!?

—Shhh —le chistó Tirso al instante, echando un vistazo rápido por encima del hombro—. No lo digas muy alto o empezarán a aplaudir, y luego a ver quién es el guapo que se lo explica.

—Pero… ¿quieres?

Él enarcó una ceja.

—¿Cómo, ahora?

—No, a ver… A la larga.

—Ah, pues claro.

Y lo soltaba tan pancho. Julia se lo quedó mirando, notándose vibrar de la emoción. Tirso volvió a reírse (¡el hoyuelo!). Dios, no había sido tan feliz en la vida, y eso que ni siquiera le había pedido matrimonio aún. Pero estaba en sus planes, en sus planes de futuro, que era lo importante.

Sin dejar de sonreír, su novio le acunó la cara entre las manos para darle un beso de los suyos, de los de película, y, durante un espacio bochornosamente largo de tiempo, Julia se olvidó del cadáver.