El novio callado de la novia (Corazones y promesas del oeste) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Eileen no había esperado sentirse así.

Cuando Burnett le había dicho que estaría ocupado, se había preparado para el mismo silencio que había conocido en el tren, ese que te dejaba a solas con demasiado espacio para la duda.

Sin embargo, los días se habían ido llenando de pequeños gestos reconfortantes.

Él pasaba por la casa de huéspedes, o se cruzaba con ella en la calle, nunca por mucho rato, nunca lo suficiente como para interrumpir el trabajo que lo ocupaba, pero siempre el tiempo justo para recordarle que no la había olvidado.

—Te veré el fin de semana —había dicho la primera vez, como si fuera algo seguro.

Y luego otra vez, un día después, con esa misma serena seguridad. Cada vez, algo se asentaba en su interior, y otra cosa ocupaba su lugar... una expectación más luminosa de lo que estaba dispuesta a reconocer.

Esa mañana recorrió la calle principal con un propósito que no había tenido cuando llegó.

Los edificios empezaban a resultarle familiares, los rostros menos extraños.

Había hablado con los tenderos más de una vez, lo suficiente para que la saludaran sin vacilar.

Incluso los ayudantes del sheriff le hacían un gesto con la cabeza al pasar, y uno o dos se detenían a intercambiar unas palabras con una naturalidad que no parecía forzada.

Le sorprendía lo rápido que la habían dejado formar parte de aquello, aunque solo fuera un poco.

La mercería estaba hacia la mitad de la calle, con el escaparate bien dispuesto con cintas y telas en colores suaves y discretos. Eileen entró y la campanilla de la puerta tintineó suavemente.

Anna alzó la vista del mostrador y sonrió al instante.

—Aquí estás. Me preguntaba si volverías.

Eileen le devolvió la sonrisa.

—Pensé que debía hacerlo, si tu oferta sigue en pie.

—Sigue en pie —dijo Anna, apartando lo que tenía entre manos—. ¿Dijiste que podías venir un par de días a la semana?

—Puedo venir más días —dijo Eileen—. Pero empecemos por ahí. Si estás segura de que no te daré más problemas que otra cosa.

Anna soltó una risita.

—Si pensara eso, no te lo habría pedido.

Eileen avanzó hacia el interior y echó un vistazo a los estantes.

—No tengo mucha experiencia en este tipo de trabajo.

—Aprenderás —dijo Anna—. No es tan complicado, y tienes un trato agradable. Eso vale más que casi todo lo demás.

Eileen asintió, aunque tenía la cabeza en otra parte.

—He paseado bastante por el pueblo —dijo—. Para hacerme una idea.

—¿Y qué te parece?

—Me gusta —dijo Eileen, y vaciló un instante—. Aunque... hay momentos en que siento como si me estuvieran observando.

Le resultó extraño decirlo en voz alta, pero una vez dicho, ya no había vuelta atrás. Anna no parecía preocupada. De hecho, asintió con aplomo.

—Serán los ayudantes del sheriff —dijo—. O los hombres a quienes el sheriff ha pedido que vigilen.

Eileen frunció levemente el ceño.

—¿Pedido?

Anna asintió.

—Hay más esta última semana. Desde que trajeron a esos forajidos. El sheriff no quiere correr riesgos, no mientras sigan en la cárcel.

Eileen recordó a los hombres en los que se había fijado, su manera de quedarse quietos o de moverse, sin formar parte de nada en concreto pero siempre presentes.

—Tiene sentido —dijo.

—No será por mucho tiempo. Los trasladarán este fin de semana. Cuando se los lleven, todo volverá a la normalidad.

Eileen dejó escapar un leve suspiro.

—¿Y hasta entonces?

—Hasta entonces, nos vigilan a todos —dijo Anna con una sonrisa tranquilizadora—. Pero no nos observan, ¿me entiendes? Nos cuidan.

Eileen lo meditó un momento y asintió.

—Sí —dijo—. Entiendo la diferencia.

—¿Y cómo te sientes con eso?

Eileen recorrió la tienda con la mirada: los estantes ordenados, la serena certidumbre del lugar. Pensó en la vida de la que había huido en Boston.

—Segura —dijo.

Anna asintió, como si fuera la única respuesta que importaba.

Eileen salió de nuevo a la calle con cierta sensación de propósito.

La campanilla se aquietó a su espalda cuando la puerta se cerró.

Echó a andar hacia la casa de huéspedes, pero aminoró el paso al pasar frente a las oficinas del Echo.

Burnett estaba dentro. Lo vio a través de la ventana, con la cabeza inclinada sobre el escritorio.

Levantó una mano sin pensarlo. Él alzó la vista casi al instante, como si lo hubiera sentido más que visto, y un momento después estaba en la puerta.

—Me alegro de verte —dijo.

—Solo pasaba por aquí —respondió ella, aunque ambos sabían que no era del todo cierto.

—¿Qué has estado haciendo?

—Hablando con Anna —dijo—. Lleva la mercería. Puede que la ayude un par de días a la semana.

—Te viene bien —dijo él—. Así estarás en el meollo de todo. Parece que tu nuevo plan va tomando forma, y me alegra ver que incluye este pueblo.

Ella sonrió, pero vaciló al ver que la expresión de él cambiaba, apenas un poco.

—¿Qué pasa?

—Nada —dijo—. Solo me preguntaba qué tal te estás adaptando.

—Creo que sí —dijo—. Más de lo que esperaba.

Asintió y, tras un momento, preguntó:

—¿Echas de menos tu hogar?

La pregunta la pilló desprevenida.

—Sí —dijo—. Y no.

Esperó.

—Mi padre es empresario —continuó—. Todo tiene su lugar. Su propósito. Yo también lo tenía, hasta que dejé de encajar donde debía. Echo de menos lo que creía que era mi hogar, no lo que realmente era.

—¿Y el hombre con el que debías casarte?

—Oh no, a él no lo echo de menos.

Burnett se rio y le sostuvo la mirada un segundo más.

—Aquí estás a salvo —dijo—. Nadie va a tomar decisiones por ti.

La certeza en sus palabras la tranquilizó, como siempre. Por un momento, ninguno de los dos habló. El espacio entre ellos parecía más pequeño de lo que debería, el aire cargado de algo que ninguno se atrevió a decir.

—Mañana —dijo al fin—. Saldremos temprano, antes de que apriete el calor.

—Estaré lista.

Asintió, aunque sus ojos se desviaron un instante más allá de ella, recorriendo la calle antes de volver a posarse en ella. Lo notó entonces: cómo vigilaba sin que se notara. No la inquietaba. Si acaso, la hacía sentirse más segura, tal como Anna había descrito.

—Hasta entonces —dijo.

—Así será.

Se demoró un momento más y luego se dio la vuelta, llevándose consigo esa misma certeza tranquila mientras se alejaba.