CAPÍTULO 8
Solomon Fellowes ya estaba en su escritorio cuando empezó el ruido.
Al principio, no fue más que un alboroto en el otro extremo de la casa.
Voces elevadas, pasos apresurados, el tipo de revuelo que se producía cuando algo menor había salido mal y el servicio intentaba arreglarlo antes de que llegara a sus oídos.
Siguió leyendo, pluma en mano, anotando una cifra en el margen sin levantar la vista.
Pero el ruido fue a más.
Una puerta se abrió en algún lugar del pasillo, luego otra.
Alguien gritó, con un tono que solo podía ser de alarma.
El ritmo de la casa se quebró. Solomon dejó la pluma.
Un momento después, la puerta de su despacho se abrió sin ceremonias.
Una de las criadas apareció en el umbral, pálida y sin aliento.
—Señor... La señorita Eileen... no está en su habitación.
Solomon frunció el ceño.
—¿Cómo que no está en su habitación?
Se retorció las manos.
—Su cama está sin deshacer. Y algunas de sus cosas... han desaparecido.
Durante un segundo, no dijo nada.
—¿Habéis mirado en el resto de la casa? —preguntó.
—Sí, señor. En todas partes.
—Pues volved a mirar.
—Sí, señor.
Desapareció tan rápido como había llegado.
Solomon salió al pasillo. La casa estaba sumida en un caos que nunca había presenciado. Sirvientes yendo y viniendo en todas direcciones, voces bajas pero urgentes, puertas que se abrían y cerraban sin orden ni concierto. Sarah apareció por el otro extremo, con el rostro lívido.
—Se ha ido —dijo—. Se la han llevado.
—¿Llevado? —repitió Solomon.
—¿Qué otra cosa podría ser? —dijo ella—. No se marcharía sin más. No sin avisarnos.
Solomon la observó sin decir nada.
—La han secuestrado —continuó Sarah, alzando la voz—. Tiene que ser eso. Alguien tiene que haber...
—No.
La palabra cortó en seco el pánico de su esposa, firme e inflexible.
Sarah lo miró fijamente.
—¿Cómo que no?
—No se la han llevado —dijo él—. Se ha marchado por su cuenta.
Sarah negó con la cabeza al instante.
—Eso es absurdo. ¿Por qué iba a...?
Él le sostuvo la mirada.
—Porque no quería casarse con Kessler.
Las palabras quedaron flotando entre ellos.
La expresión de Sarah titubeó.
—No haría eso —dijo, aunque ahora con menos convicción—. Sabe lo que significa este acuerdo.
—Lo sabe —dijo Solomon—. Y ha decidido ignorarlo.
Sarah se llevó la mano a la boca.
—No...
Solomon se dio la vuelta, con la mente ya en lo que venía después.
—¿Alguien del servicio la ha visto? —preguntó al aire.
Un lacayo dio un paso al frente.
—No, señor. No desde anoche.
—Entonces se marchó durante la noche —dijo Solomon.
Sarah se acercó y bajó la voz, vacilante.
—No sabría adónde ir.
—No le hace falta —respondió él—. Solo tiene que ser lo bastante necia para intentarlo.
Regresó a su despacho mientras su mente sopesaba las posibilidades con fría eficiencia. ¿Estaría escondida en la ciudad? ¿Con alguna amiga? ¿Habría ido más lejos? ¿Habría alguien con quien pudiera haber hablado?
Nancy.
Por supuesto.
—Tuvo ayuda —dijo.
Sarah lo siguió al interior.
—¿Ayuda?
—Su amiga —dijo Solomon—. La chica de los Trimble. Ella sabrá algo.
Sarah se dejó caer en una silla.
—¿Qué vamos a hacer?
Solomon no respondió de inmediato.
Se acercó al escritorio y apoyó las manos sobre la superficie mientras sopesaba la situación. El acuerdo con los Kessler no era un asunto menor. Había llevado meses negociarlo, encajar todas las piezas. Se habían cerrado tratos, se habían fijado expectativas.
Y ahora esto.
—Ha cometido un error muy grave —dijo al fin.
Sarah alzó la vista hacia él.
—Es nuestra hija.
—Y ha puesto en peligro algo mucho mayor que ella —respondió Solomon.
No había ira en su tono, al menos no a la vista. Solo una certeza dura y calculada.
—La encontraremos —continuó—. Y la traeremos de vuelta.
Sarah titubeó.
—¿Y si se niega?
Solomon le sostuvo la mirada.
—No lo hará. Lo primero es esa amiga suya. Nancy. Ella sabrá algo. Eileen seguramente esté en casa de los Trimble. Mark Trimble sabe que esto lo arruinaría. Apuesto a que él no sabe nada. Pobre iluso, permitir que su hija le guarde secretos.
Si alguien percibió la ironía de lo que Solomon acababa de decir, nadie tuvo el valor de señalarlo.