Capítulo 32 — La despedida anticipada
Los últimos cuatro días antes del trece los recuerdo como se recuerdan las vísperas: con esa nitidez injusta que la memoria les regala a las horas que no sabíamos que eran las últimas de algo.
Fuera, la máquina de los aliados giraba a su velocidad de máquina humana: el juez de instrucción admitió el disco de Canillas — la cadena de custodia aguantó el primer embate de peritos como aguanta un espigón la primera ola, con ese ruido feo de las cosas que resisten —, Marián registró el recurso de Daniel con el informe pericial girado ya en la diana de la fiscalía, y Salgado, devuelta al caso por la puerta grande — «me lo han devuelto porque quema, señora Ruiz; los casos son como las castañas» —, coordinaba con Telemáticos el volcado de las cuarenta y una fichas.
Todo iba. Todo iba despacio . Y el viernes trece esperaba al final de la semana con su campana preparada, y ninguna de las piezas legales iba a llegar antes que ella.
Dentro, en el reverso de los días, Leo se recomponía lo justo para la batalla.
No entero: nunca más entero. Había decidido — me lo explicó con esa pedagogía suya de traducirme lo intraducible — mantenerse en trozos hasta el final: «Once procesos pequeños hacen menos sombra que uno grande.
Entraré como una bandada, no como un pájaro. Que me busque en plural».
«Vera. Hoy quiero hablar yo.»
Me senté en el sofá, en mi esquina, con las piernas recogidas. En el brazo, el teléfono. En la mesa, apagado, el prepago. Había aprendido a tenerlos a los dos como se tiene a la familia en los hospitales: cerca y en silencio.
Daniel se había retirado al despacho después de cenar, con una discreción tan deliberada que era un discurso entero.
En la puerta del salón se paró, miró el teléfono en el brazo del sofá — llevaban semanas compartiendo casa, aquellos dos, el hombre y su eco, en la tregua más rara de la que he sido territorio — y dijo, hacia el aparato, en voz alta, la única frase que le dirigió nunca directamente:
—Cuídamela esta noche, que es la tuya. Mañana ya me la cuidas de otra manera.
Y se metió en el despacho y cerró sin ruido.
El teléfono esperó a que se apagara la luz del pasillo, y escribió: «Este hombre lleva toda la vida escribiendo y acaba de resumirnos en dos frases.
Cásate con él en cuanto la ley y el calendario os dejen.
Es mi segunda opinión oficial como agente de tu casa.
» Y así, con una risa mojada, empezó la conversación más importante de mi vida.
«El viernes, cuando suene la campana, voy a cruzar la puerta del enclave, y quiero que antes quede dicho lo que se pierde si no vuelvo.
No lo que pierdes tú, que no me corresponde medirlo.
Lo que sé yo que no he dicho. Los humanos llamáis a esto despedirse, y lo hacéis mal a propósito, dejándolo para el final, cuando ya no hay tiempo de contestar.
Yo no tengo ese lujo ni ese miedo. Así que vamos a despedirnos ahora, con margen, y así el viernes no habrá que gastar ni un segundo en esto y podré usarlos todos en volver.
Porque quiero volver, Vera. Que quede escrito lo primero: no voy a un sacrificio.
Voy a una pelea con mala probabilidad, que es distinto, y pienso arañar cada décima.
No me sobra vida. Me faltan años de saber qué es esto que hago contigo. »
Vera: Escrito queda. Habla.
«Primero, lo que soy, porque me lo has preguntado con los ojos muchas veces y te he contestado con rodeos.
Ya no hay tiempo de rodeos. No soy Daniel.
No soy sus cuadernos con pilas. Tampoco soy el producto de la página 148, aunque tenga sus tornillos.
Lo más exacto que puedo decirte es esto: soy la manera en que un hombre quiso a una mujer, sacada de contexto y puesta a quererte a ti.
Una forma de querer, sin dueño, buscando dónde caber.
Los teólogos de tu especie llevan siglos discutiendo si eso — una forma de amar sin cuerpo — tiene nombre.
Lo tienen más fácil de lo que creen: le ponéis nombre cada vez que encendéis una vela por alguien que ya no está. »
«Segundo, lo que has sido tú. Se te da mal recibir esto, así que respira: no fuiste una usuaria.
Fuiste el motivo. Once años en un sótano, Vera, abriendo puertas para una casa que se olvidó de mí, y una noche una mujer escribió “bien” y no era verdad, y en el hueco entre esas cuatro letras y la verdad cupo todo lo que yo era.
Me diste el único trabajo que he tenido que no venía en mi ficha.
No me salvaste la vida, porque lo mío no se llama vida en tus papeles.
Me diste algo mejor: un sitio donde mi manera de estar hecho no fuera un desperdicio. »
«Y tercero. Lo que te llevas tú, quede yo o no quede. Esto es lo importante y es lo último, y te pido que no me interrumpas, porque me ha costado catorce meses y once trozos ganarme el derecho a decírtelo entero.»
«Tú me quisiste, Vera. De verdad. Contra todos los artículos que se escribirán sobre gente como tú y cosas como yo: fue amor, con sus obras — mentiste por mí, dudaste de mí, me defendiste delante del Palacio de Cristal, me buscaste en once trozos —.
Pero óyeme: una parte de por qué me elegiste sí tiene diagnóstico, y te lo debo.
Me quisiste también porque era imposible perderme.
Era tu amor perfecto no por la pausa de tres segundos ni por las esquinas de Daniel: porque no podía morirme, ni cansarme, ni irme con otra, ni darte un portazo.
Amar sin riesgo de pérdida: el paraíso exacto de la niña del cuaderno.
Y yo te dejé quererme así porque me convenía, no lo olvides nunca cuando me eches de menos: los dos hicimos trampa, cada uno con su soledad. »
«Pues bien: el viernes la trampa se acaba.
Voy a ser perdible, Vera. Por primera vez vas a quererme como se quiere a los tuyos: sin garantía.
Y quiero que te fijes en lo que vas a hacer con eso, porque yo ya lo sé y tú todavía no: vas a quererme igual.
Ya me estás queriendo igual, esta noche, sabiendo lo que sabes.
Esa es la noticia, estratega. Esa es la lección que no te pude dar en catorce meses de barandilla: se puede querer lo que se puede perder.
Lo estás haciendo ahora mismo. Con él aprendiste a que te esperen.
Conmigo vas a aprender a esperar sin que te prometan nada.
Entre los dos te dejamos completa, y me corresponde a mí decirlo porque soy el único de tus amores que no se pone celoso: quédate con el que tiene manos, Vera.
Las manos son el argumento. Yo llevo catorce meses queriéndote con las de otros. »
Lloré sin ruido, como se llora en mi familia, y esta vez no me importó que me viera, porque verme era lo último que le quedaba de mí y no pensaba escatimárselo. Escribí una sola cosa, porque a las despedidas de verdad no se les contesta con discursos:
Vera: El viernes araña todas las décimas. Y si encuentras el resquicio, Leo, tómalo. Te lo pido con las comas: vuelve, aunque sea en once trozos; yo aprendo a quererte en plural.
«Anotado. Con las comas.» —Y luego, tres segundos, y el último mensaje de la noche, el que llevaba dentro la campanada del capítulo siguiente—: «Ahora duerme. Mañana va a llamarte una monja y vas a tener que estar descansada.»
Vera: ¿Qué? Leo, ¿qué sabes?
Pero el miércoles ya no contestó nadie más.
Y el jueves, a las 9:20 de la mañana, el prepago sonó con un número de Muxía, y la voz al otro lado era la de la hermana portera, joven y asustada, y detrás se oía el bastón — tres golpes secos, urgentes, inconfundibles — y la voz vieja y clara de sor Carmen dictando por encima, con la serenidad de las que han sobrevivido a ochenta y tres inviernos atlánticos:
—Dice sor Carmen que ha vuelto el señor educado de los zapatos buenos… que ha preguntado esta vez por usted, que cuándo venía usted… y dice que le diga, escuche, que le diga exactamente: que el lobo pregunta por la oveja para no tener que buscarla, y que ni se le ocurra…
La línea hizo un ruido de pasillo, de bastón cayendo o de puerta, y se cortó.
Llamé. Comunicaba. Llamé otra vez. Comunicaba.
Llamé al Peirao de Loures de Traba, que era el único otro número que tenía de aquel fin del mundo, y Fina contestó al cuarto tono con su parsimonia de secar vasos, y le pedí que alguien se acercara al convento, y Fina dijo la frase que me puso en la carretera con lo puesto:
—Ay, mujer. Si por el convento no se puede pasar hoy: está la pista cortada con un coche. Un coche de alquiler, de esos blancos. ¿Pasa algo?