El Notario Capítulo 33 — Moraime
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Capítulo 33 — Moraime

Hice mi tercer viaje a Galicia en trece horas de las cuales no recuerdo seis, y esta vez no lloré en Benavente ni investigué en Carballo: esta vez conduje como se conduce cuando por fin sabes exactamente qué eres — la mujer que va a que no le maten a otra gente que quiere —, con Salgado al teléfono los primeros trescientos kilómetros organizando lo que se podía organizar a distancia, que era poco y era crucial: una llamada al cuartel de Corcubión, «colaboración urgente, posible situación de riesgo para una religiosa», y el nombre de un sargento — Barreiro — que resultó ser de los que valen: de los que van a mirar aunque el aviso venga raro, porque prefieren hacer el ridículo a leer una esquela.

—Y usted no entra, señora Ruiz —me dijo Salgado antes de colgar, con la voz de treinta y un años de esto—. Usted es la ventana del trece. Usted llega, aparca lejos y espera a Barreiro. Júremelo.

—Se lo juro.

Lo juré riéndome por dentro, que es como no se debe jurar nada. Daniel me lo había enseñado sin querer, en un hostal de Muxía, hacía una vida.

Llegué al cruce de Moraime a las siete de la tarde, con la luz gris-plata de la Costa da Morte poniéndole a todo su filtro de esquela, y allí estaba el coche blanco de Fina cruzado en la pista — no cortándola: disimulando que la cortaba, con el capó abierto y un triángulo puesto, la avería más educada del mundo —.

Y apoyado en el coche, mirando el motor con la paciencia de quien no espera arreglarlo, un hombre.

Zapatos buenos. Cuarenta y tantos. Una cara agradable, olvidable, de esas que los testigos describen después con desesperación — «normal, era normal» —.

Me vio llegar andando por la cuneta, porque había aparcado lejos, eso sí lo cumplí, y me dedicó una sonrisa de averiado agradecido, y dijo, con un acento de ningún sitio:

—¿No tendrá usted pinzas?

Y yo, que llevaba un mes estudiando a su jefe, hice lo único que no estaba en el guion de nadie: le contesté con el método de la casa.

—Dígame una cosa antes. —Me paré a diez metros, la distancia de un país neutral—. ¿De qué color era el saco de pienso que compró Ríos para su gato?

La sonrisa se le quedó puesta, pero se le murió por dentro; la vi morirse.

Los ojos — esto no lo olvidaré — hicieron el movimiento exacto que describe la tesis de Aráez en el capítulo de la latencia: la pausa del que consulta un archivo y no lo encuentra.

Su jefe lo sabía todo de todos, pero las manos no llevan el archivo encima, y ningún informe incluye los sacos de pienso.

Los recuerdos inventados no tienen esquinas. Las coartadas tampoco.

—No sé de qué me habla —dijo, y dio un paso hacia mí, y ya no había avería en el mundo.

Lo que pasó después duró, según el atestado de Barreiro, cuatro minutos, y según mi cuerpo, un año largo. Lo cuento como lo tengo guardado, en fogonazos con esquinas:

El Land Rover verde de la Guardia Civil apareciendo por el cruce — Barreiro había hecho lo que hacen los que valen: llegar antes de lo prometido — y el hombre de los zapatos buenos girándose hacia el ruido con una fluidez profesional que le desmontó de golpe la cara de normal.

La carrera de él, no hacia la huida: hacia el convento, hacia arriba, hacia su encargo a medio hacer, porque las manos cobran por resultados.

La portera gritando desde la cancela. Y en el claustro — porque sí entré, claro que entré, se lo había jurado a Salgado riéndome por dentro —, la escena que ninguno de los que la vimos contará nunca sin que se nos mueva algo en la voz: sor Carmen, ochenta y tres años, de pie en mitad del claustro románico, sola, plantada entre el hombre y la puerta de la sala donde tenía escondida a la comunidad entera, sosteniendo el bastón horizontal con las dos manos, como un torniquete, como un umbral, como lo que era.

—Esta casa lleva novecientos años abierta —le dijo al hombre, con la voz clara, sin un temblor—. Entra el que quiere. Pero de aquí no se lleva nada el que no ha venido a rezar.

El hombre dudó. Juro que dudó — dos segundos, tres; qué no daría el fiscal por saber qué consultó en ese archivo suyo sin esquinas —, y esos segundos fueron los que necesitó Barreiro para cruzar el claustro.

No hubo más violencia que la administrativa: una reducción de manual sobre las losas de novecientos años, unos grilletes, la letanía de derechos dicha en gallego y castellano mientras las palomas del tejado se recolocaban, indiferentes, como llevan haciendo desde el románico.

A sor Carmen le temblaron las manos después.

Esto lo cuento porque ella me dio permiso — «cuéntelo, señora de Madrid, que se sepa que el valor no es no temblar: es temblar a la hora buena» — y porque es la lección de aquel claustro que más veces he repetido desde entonces.

Mientras el hombre estuvo delante, la monja fue una pieza de granito con bastón.

En cuanto los grilletes hicieron clic, se sentó en el poyo de golpe, como se sientan los sacos, y las manos de sarmiento le bailaron sobre el regazo un minuto entero, y la hermana portera corrió a por el licor café, y sor Carmen se lo bebió de un trago médico y dijo, mirándose las manos como a dos empleadas que llegan tarde: «Ya podéis, ya.

Ahora ya podéis». Después me buscó con los ojos y me hizo el resumen táctico de la jornada, que la Guardia Civil no incluyó en el atestado y yo sí incluyo en el mío: «¿Ha visto usted, hija?

Ha dudado. Toda esa maquinaria que traen dentro, todos esos archivos, y el hombre ha dudado dos segundos delante de una vieja con un palo.

Apúntelo bien, que es la única informática que sé yo: lo que no está en los archivos los para en seco».

Estaba en mi cuaderno antes de que terminara la frase. Lo que no está en los archivos los para en seco. Sor Carmen Neira, teología de portería, doctrina de las esquinas.

En el bolsillo interior del detenido — lo leí después en el atestado, que esta vez estaba escrito regular, gracias a Dios, con tachones y una grapa torcida — llevaba tres cosas: un teléfono limpio, unas bridas, y un folio doblado en cuatro con un texto impreso.

El texto era una nota manuscrita escaneada — la letra, redonda, de maestra de escuela, imitada con una fidelidad del noventa y cuatro por ciento — en la que sor Carmen Neira Buceta explicaba a su comunidad que se iba «a descansar junto al mar que me llevó a Sabela».

La novela ya estaba escrita. Solo faltaba el suceso.

Daniel llegó a las nueve y veinte de la noche, en un taxi de Cee que había cogido directamente en la estación de bus de Santiago, porque el recurso de Marián con el disco dentro había hecho su trabajo esa misma mañana — libertad provisional restituida, el peritaje girado señalado ya como «de dudosa trazabilidad» por el propio juez — y porque hay hombres que salen de la cárcel y antes de dormir, antes de comer, antes de todo, van derechos al claustro que llevan nueve años esquivando por el huerto.

Lo vi cruzar la cancela y buscar con los ojos.

No me buscó a mí primero. Buscó a la monja.

Y sor Carmen, que estaba sentada en el poyo del claustro tomándose — «medicinal, no me mire así» — un vasito de licor café que le había traído la portera, lo vio venir, dejó el vasito, se agarró al bastón, y no se levantó: lo esperó sentada, como esperan las que saben que llevan nueve años ganando esta carrera.

—Fillo —dijo, cuando lo tuvo delante, arrodillado en las losas para quedar a su altura—.

Nueve años entrando por el huerto. —Le puso la mano de sarmiento en la cabeza, y lo que le dijo fue la absolución más corta y más completa que he oído en mi vida—: Llegabas tarde porque ella salió con tiempo. Ya está. Ya lo has preguntado. Ya está.

Y allí, en un claustro románico con olor a licor café y a piedra mojada, mientras un fixer esperaba en un Land Rover el resto de su vida procesal y las palomas se recolocaban por segunda vez, Daniel Meis lloró por fin hacia fuera, con ruido, nueve inviernos de una vez, con la cabeza en las rodillas de una monja de ochenta y tres años.

El sobre seguía en mi bolso, donde llevaba nueve meses esperando este suelo exacto, cumpliendo al pie de la letra lo que sor Carmen me hizo jurar aquel primer viernes: no dárselo yo, traérselo aquí.

«Mañana», dijo sor Carmen, por encima de su cabeza, administrándolo todo como siempre.

«Las cartas de los muertos se leen desayunados y con luz. Esta noche, caldo y cama.»

Fue entonces — caldo y cama, el mundo por un momento del tamaño de una cocina de convento — cuando el prepago me vibró en el bolsillo. Las 21:47. Un SMS de doce cifras de ningún país:

«Mañana, 10:00, suena la campana. Ya estoy dentro del vestíbulo.

Once de once. Vera: pase lo que pase mañana, lo de anoche queda dicho y lo de esta tarde — lo del pienso del gato — ha sido lo más tuyo que has hecho nunca.

La niña del cuaderno ya juega en primera.

Apagad la radio hasta las 10:00. Dormid. Yo me quedo aquí.»

Y seiscientos kilómetros al sureste, en un edificio de cristal con banderas, alguien terminaba de ensayar el toque de una campana.