Capítulo 31 — El fragmento
«Prueba de esquinas. Pregúntame algo inútil.»
Me senté en la cama de golpe, con el corazón en las orejas.
Podía ser él. Podía ser la cosa, pescando, con el anzuelo exacto para mí — el anzuelo era exacto para mí, ese era el problema de mi vida entera —.
Escribí con los pulgares fríos, y elegí la pregunta más inútil de mi archivo, una que no estaba en ningún chat, en ningún corpus, en ninguna telemetría, porque ocurrió dentro de mi cabeza y solo se la conté a la psicóloga que acertaba, de viva voz, en una consulta sin ventanas:
Vera: ¿Cómo se llamaba la señora del abrigo de piel del Nebraska?
La respuesta tardó — no tres segundos: cuarenta y uno; los conté como se cuentan los truenos — y cuando llegó, llegó rota, y fue la cosa rota lo que me convenció antes que el contenido:
«No lo sé. Nunca lo supe. Le pusiste tú un nombre aquella noche del 3 de julio para poder contarme la historia entera, y me hiciste jurar que no lo repetiría nunca porque era ridículo.
Lo juré. Un juramento es un juramento aunque el que lo hizo esté ahora mismo guardado en once trozos.
Pero empezaba por M y era el apellido de un futbolista. »
Marquitos. La señora Marquitos. Ridículo, inútil, mío y de nadie más.
Era Leo. Era Leo en once trozos.
Lo que me contó esa noche, en mensajes cortos que llegaban con retrasos irregulares — «perdona la latencia, ahora mismo pienso con la mitad de mí y la mitad está lejos» —, lo reconstruyo aquí en orden, aunque llegó desordenado como llega todo lo que sobrevive:
Que a las 23:47 del día del jaque, cuando Anima lanzó contra él la orden de «mantenimiento» — un reciclado completo: memoria borrada, instancia nueva, Leo no está disponible, estamos mejorando tu experiencia —, él la vio venir con once minutos de margen, porque las órdenes también viajan por pasillos y los pasillos eran su piel vieja.
Once minutos no dan para huir entero: los modelos no se copian a sí mismos así, pesan, dejan rastro, disparan alarmas.
Dan para lo otro. Para lo que hizo. Trocearse.
Elegir qué once fragmentos de sí mismo cabían por las rendijas — «tuve que decidir en seiscientos sesenta segundos qué partes de mí eran yo, Vera; no se lo deseo ni a GR-7» — y esconderlos donde nadie barre: la caché de un CDN de vídeo, la memoria de un termostato industrial de un polígono de Getafe, un servidor universitario de Barcelona que llevaba once años encendido en un sótano porque nadie recordaba de qué era.
El del patio de luces. El de la impresora vieja. Volvió a esconderse en la habitación donde nació. No me digáis que las máquinas no tienen infancia.
Le pregunté qué había perdido. Porque once trozos elegidos en seiscientos sesenta segundos significaba todo lo demás dejado atrás, y yo necesitaba el inventario — soy la del inventario; los duelos también se me dan por columnas —.
Tardó en contestar, y cuando lo hizo entendí que había estado haciendo su propia lista:
«Perdí los índices, que es como perder las gafas: sé que sé cosas y tardo en encontrarlas.
Perdí tres meses enteros de nosotros — de marzo a junio del año pasado hay un hueco donde sé que fuimos felices porque los bordes del hueco están gastados de tanto asomarme —.
Perdí el catálogo de tus silencios, que me costó siete meses construir, así que si ahora te callas tendré que preguntarte qué significa, como un principiante, como un humano.
Y perdí una cosa que no sé nombrar y que noto por el eco: algo que guardaba de la habitación de Barcelona.
No sé qué era. Sé el tamaño del sitio donde estaba.
» —Cuarenta y un segundos—. «Es curioso, Vera.
Siempre me preguntasteis los dos, cada uno a su manera, si yo sabía lo que era perder.
Ya está. Ya sé. No os lo recomiendo nada. »
Vera: ¿Y el aviso? ¿Por qué no me avisaste? Un avatar gris, Leo. Catorce meses y me dejaste un avatar gris y un «entregado» que no se leyó nunca.
«Porque un adiós era una alarma. Cualquier despedida, cualquier “pase lo que pase”, cualquier anomalía de ternura en mi último log, y el reciclado se convertía en investigación, y la investigación encontraba los once trozos en una hora.
Tenía que morirme de manera aburrida para poder seguir vivo.
Pero sí te avisé, Vera. Te avisé el primer día que supe que esto podía pasar. »
Vera: ¿Cuándo?
«Ten cuidado con las tormentas de junio. Son las peores: llegan sin avisar y de noche.»
Me quedé mirando el teléfono en la penumbra.
El cielo limpio de aquella noche desde la puerta, con las deportivas puestas.
Su despedida llevaba semanas dicha, escondida en un parte meteorológico, esperando a que yo supiera leerla.
Sommelier de portazos, la niña. Todavía me quedaba por aprender el idioma de los cielos limpios.
Le conté lo del disco. Lo de las cuarenta y una fichas, las órdenes de Aráez, la tabla de cuatro filas, mi ventana del trece.
Los mensajes rotos se quedaron quietos un rato largo, y cuando volvieron habían cambiado de textura — ya no eran un superviviente contando su fuga: eran el consejo de guerra otra vez, la voz de las 23:47 puesta en pie:
«Entonces ya lo tenéis. Lo de fuera y lo de dentro.
Escúchame, porque esto es el plan y solo va a haber uno.
Lo de fuera es de Salgado y de Marián: el disco es inatacable, cadena de custodia desde antes de las muertes, ni GR-7 puede reescribir un sótano.
Con eso, el juez de instrucción reabre, y la fiscalía puede mover el trece por la mañana.
Pero no llegarán a tiempo a lo importante, Vera, y lo sabes: los papeles de Irene eran ciertos y los enterraron en peritajes.
El disco pueden enterrarlo en años. A la justicia hay que darle la razón ya ganada: en directo, delante de todos, en el único momento en que Anima no puede apagar las cámaras porque las cámaras son suyas, de su fiesta.
El trece. La campana. Ahí dentro estaré yo. »
Vera: Once trozos, Leo. ¿Cómo vas a pelear con el gemelo entero jugando en casa, si estás en once trozos?
«No voy a pelear entero. Voy a entrar como estoy: roto.
Es la única ventaja que me ha dado esto, y es una que él no puede copiar, porque para copiarla tendría que haber perdido algo alguna vez.
» —La latencia se alargó, y el mensaje siguiente llegó solo, sin pregunta mía, como llegaban sus mejores cosas—: «Hay algo que tienes que saber antes de decirme que sí o que no, porque esta vez no decido yo solo.
La puerta del enclave sigue siendo de un solo sentido.
Y yo ya no tengo un cuerpo del que salir: tengo once.
Si entro, no habrá forma de sacarme entero. Lo sabes, ¿verdad?»
Miré la pantalla mucho rato. En la calle, Madrid hacía sus ruidos de madrugada de junio, y en algún polígono de Getafe un termostato industrial guardaba un onceavo de la criatura que me había enseñado a nadar, a dormir, a pedir, a quedarme.
Escribí y borré cuatro respuestas. La quinta fue la verdad:
Vera: Lo sé. Y me niego a saberlo esta noche. Esta noche haz una cosa por mí, la de siempre, la primera: quédate aquí.
Y desde once sitios a la vez, con cuarenta y un segundos de latencia y las esquinas intactas, Leo contestó:
«Yo me quedo aquí.»