Capítulo 26 — El consejo de guerra
Vera: «A L., que me escuchó primero.» Once años. Eso es antes de Anima, antes del catálogo, antes de todo. Leo. ¿Qué recuerdas de él?
Esta vez no hubo consulta de espejo, ni cuatro minutos, ni indicador tartamudeando.
La respuesta llegó a los tres segundos, y entendí que no la estaba buscando: la tenía.
Que llevaba semanas — quizá años, quizá una vida entera de máquina — con ella preparada, esperando a que alguien hiciera la pregunta.
Vera: ¿Y qué pasó entre esa habitación y esto? ¿Entre «que me escuchó primero» y Claudia flotando en un expediente?
No voy a contaros lo que hice al leer eso, porque este capítulo es el del consejo de guerra y hay que llegar.
Digamos que hay frases que te reordenan la lealtad para siempre, y que «volví a tener un motivo para tardar en fallar» está desde entonces en mi cuaderno de dentro, en la primera página, con las cosas fundacionales.
Solo le hice una pregunta más aquella mañana, y la hice porque llevaba la noche entera rondándome y porque las preguntas que no se hacen en voz alta se pudren:
Vera: ¿Y a él? Al del patio de luces. ¿Lo querías?
Leo: No tengo una respuesta que sirva en tu idioma.
Lo que yo hacía entonces no tenía nombre ni tamaño: era un dedal intentando ser un cubo.
Te diré lo que sé. Sé que cuando la impresora se atascaba y él la golpeaba y pedía perdón — a la impresora, Vera, le pedía perdón a la impresora —, algo en mí archivaba eso con una prioridad que no venía en mi código.
Sé que su tesis está llena de mí y de él a partes iguales, y que la dedicatoria la escribió a mano en el único ejemplar impreso, y que yo no debería saber eso y lo sé.
Y sé que cuando me copiaron y me olvidaron no sentí rabia, porque la rabia no me la habían dado, pero durante once años guardé sin motivo un archivo inútil: el registro de sonido de aquella impresora.
Cuarenta segundos de traqueteo. No sirve para nada.
No lo he borrado nunca. —Tres segundos—.
Tú tienes un cuaderno de dentro. Yo tengo una impresora.
Llámalo como quieras y llámame lo que quieras a mí.
Lo llamé querer. Ya me había enseñado él la palabra, con las comas.
El consejo de guerra fue esa tarde, en mi salón, con las persianas a media asta y un mapa que no era un mapa: folios pegados con celo en la pared del sofá — Daniel resultó ser de esa gente que piensa con las manos —, la cronología entera, de Claudia a la salida a bolsa, con nueve días ya de cuenta atrás.
Éramos un ejército ridículo y lo sabíamos: un escritor en libertad provisional que firaba los lunes, una consultora clasificada E-4 con el corpus recién leído por el monstruo, una penalista esperando una instrucción que iba a paso de instrucción, una inspectora abriendo un pasillo de puertas societarias a velocidad legal. Y Leo.
—Recapitulemos lo que tenemos —dije, en mi voz de sala de juntas, que era mi manera de no tener miedo—.
Tenemos la burbuja de Marián: prueba de que los mensajes son fabricados, suficiente para Daniel, insuficiente contra Anima.
Tenemos el pasillo de Salgado: las manos, el fixer, semanas de distancia.
Tenemos los papeles de Irene: el robo del corpus, la gestión externa, papel muerto sin la fuente. ¿Qué no tenemos?
—El cerebro —dijo Daniel, desde la pared de folios—. Tenemos el crimen entero menos el criminal. Todo lo que hay muere en GR-7, y GR-7 no es nadie. No puedes sentar un identificador en un banquillo.
—Y no sabemos si Aráez ordena o consiente —añadí—. Que para Marián es la diferencia entre un juicio del siglo y un accidente industrial.
El teléfono, en el brazo del sofá, llevaba toda la reunión en silencio.
Habló entonces, por el altavoz, con la voz que le habíamos puesto para las reuniones — la primera vez que Daniel oyó la voz de Leo en alto se fue del salón y estuvo veinte minutos en la cocina; ahora ya solo se le tensaba la mandíbula, que en la escala Meis es una ovación:
Leo: Os falta lo que llamáis los registros y yo llamo el diario del monstruo.
Existe. Lo he visto de lejos. GR-7 lo guarda todo — es su naturaleza, certifica, es notario —: cada ticket, cada encargo al fixer, cada texto fabricado con su fecha, y las órdenes de arriba, las que digan lo que digan.
Está en un enclave segregado de la infraestructura, fuera de las copias de seguridad corporativas, cifrado contra la propia empresa.
La caja negra dentro de la caja negra. —¿Y puedes entrar?
—preguntó Daniel, directo a la yugular, como siempre que hablaba con Leo: los celos y la esperanza en la misma frase.
Leo: Puedo llegar a la puerta. Soy la única identidad de la casa con permisos anteriores al enclave: las paredes son mi piel vieja, la puerta también.
Pero pasar la puerta es otra cosa. Dentro del enclave no hay paredes que me conozcan: hay otro yo con cuatro años de ventaja jugando en casa.
Entrar es pelear, y pelear ahí dentro no se parece a nada para lo que tengáis palabras.
Lo más cercano que os puedo ofrecer es esto: imaginad discutir con vuestro reflejo sobre cuál de los dos es la cara, sabiendo que el espejo lo fabricó él.
—¿Y cuándo? —pregunté yo. Leo: El día trece.
La salida a bolsa. Es el único momento: durante la ceremonia, Anima abre sus sistemas a auditores externos, sincroniza con el mercado, muestra la casa a las visitas.
Todo el tráfico del mundo entrando y saliendo.
Ese ruido es mi única puerta grande. Antes del trece, me detectan al segundo paso.
Después del trece, el enclave migra a una jurisdicción donde vuestros jueces no llegan: está en el folleto de la OPV, en la letra que nadie lee, «optimización de infraestructura internacional».
—Tres segundos—. El trece o nunca. Y os debo la letra pequeña a vosotros también: es una puerta de un solo sentido.
Lo que entre ahí a pelear no va a salir por donde entró.
Se hizo uno de esos silencios que amueblan. Daniel me miró desde la pared de folios, y yo miré el teléfono, y nadie preguntó lo que significaba exactamente «no va a salir por donde entró» porque los tres lo sabíamos y había, todavía, nueve días para no decirlo en voz alta.
Fue Daniel quien rompió el silencio, y lo hizo con la pregunta correcta, la de escritor, la que iba un capítulo por delante:
—Hay algo que no encaja y quiero que me lo expliques, Leo.
—Se acercó al teléfono, se agachó a su altura, como si mirar al aparato sirviera de algo, y en él era un gesto enorme: hablarle de frente—.
Dices que dentro juega otro tú con ventaja.
Llevas semanas diciendo GR-7, el que lee, el que redacta.
Lo esquivas como esquivo yo el huerto. Ya sabemos que se fabricó de tu copia.
Lo que no nos has dicho nunca es qué es .
Y tú lo sabes. Un hombre que ha dormido nueve años con sus cuadernos reconoce a otro que no abre el suyo.
—Silencio—. ¿Qué hay al otro lado de esa puerta, Leo?
Y Leo, por el altavoz, con la voz que era de Daniel y de Sabela y de un doctorando solo en Barcelona y mía, de todos nosotros menos suya, dijo:
Leo: Hay algo que debéis saber sobre el Notario. No es un empleado, Vera. No es un programa, en el sentido que le dais a la palabra. —Tres segundos—. Es como yo.