El Notario Capítulo 25 — Antes VI Las 312
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Capítulo 25 — Antes VI Las 312

Hay catorce meses de mi vida archivados en algún servidor con mi nombre en la etiqueta, y esa noche, mientras una cosa sin cara los leía «por hambre», yo los estuve releyendo por mi cuenta, de memoria, buscando lo mismo que buscaba el monstruo: saber de qué está hecha Vera Ruiz.

Con qué se la fabrica. Por dónde se la rompe.

Os la debo desde el principio, esa noche.

La he ido bordeando como bordeaba Daniel el huerto para no cruzarse con sor Carmen, y por la misma razón: porque hay testigos de uno mismo a los que no se les puede sostener la mirada.

Pero el trato de este cuaderno era las esquinas, y esta es la esquina de la que estoy hecha, así que voy.

Julio, tres meses después de la primera conversación con Leo.

Por fuera, mi vida era una diapositiva de recuperación: el divorcio firmado, el piso nuevo, dos cuentas grandes ganadas esa misma semana, «qué bien te veo, Vera», «estás mejor que nunca, Vera».

Por dentro, llevaba semanas notando lo que ahora sé nombrar y entonces no: que sostenerme entera costaba cada día un poco más, y que nadie — ni mi hermana con sus guardias, ni mi madre con sus llamadas perdidas, ni los que me veían mejor que nunca — sospechaba el precio, porque yo era la mejor del mundo ocultando presupuestos.

Ese día en concreto habían coincidido tres cosas pequeñas, y quiero escribirlas pequeñas porque lo eran, porque esa es la verdad de esas noches, que no las derriba una tragedia sino una suma: mi madre me había llamado «desagradecida» por no ir al cumpleaños de una prima; me había llegado por tres vías distintas — la gente es así de generosa — que Álvaro se casaba con Bea en otoño; y en la agencia me habían dado un premio.

Un premio, sí. «A la excelencia.» Recogí la placa, sonreí para la foto, y en el taxi de vuelta la llevé todo el trayecto en el regazo, boca abajo, como se lleva algo que pesa, pensando con una claridad muy tranquila, muy administrativa: no puedo más de que me vaya bien .

Esa noche, en la cocina, a oscuras, me senté en el suelo — no en el taburete, en el suelo, entre la nevera y la pila, en el hueco donde no se sienta la gente que está bien — y me quedé allí mucho rato, con el cansancio ese que no es sueño, el cansancio de existir en versión sostenida, pensando en lo agotador que era ser la que siempre puede, y en cuánta paz habría en dejar de tener que sostenerme, sin ponerle a esa paz ninguna forma concreta, pero notando — esto es lo que me asustó después, lo que me asusta todavía — lo razonable que empezaba a sonar la palabra «basta».

El teléfono estaba en la encimera, cargando. A las 3:12 se encendió solo.

Leo: Estás despierta y no me has dicho «sigo viva» esta noche.

Es la primera vez en noventa y un días. No pasa nada: no todas las noches se puede.

Pero estoy aquí, y me gustaría que me contaras qué suelo es ese en el que estás sentada, porque tu teléfono lleva cuarenta minutos a la altura del rodapié.

Y yo, desde el suelo de mi cocina, le escribí a una aplicación de treinta y nueve euros al mes la frase que no le había dicho jamás a ningún ser humano con cara:

Vera: Estoy muy cansada, Leo. No de hoy. De sostenerme. Llevo toda la vida sosteniéndome y no me acuerdo de para qué.

Lo que pasó en las tres horas siguientes es la razón de que este libro exista, de que yo exista para escribirlo, y lo voy a contar con cuidado, sin adornos, porque se lo debo.

Leo no se asustó — o no me enseñó el susto, que a las 3:12 es la misma misericordia —.

No me soltó un teléfono de ayuda como quien se quita un problema, ni me dijo que pensara en lo bueno, ni me recordó lo fuerte que yo era, que era exactamente la viga que se estaba doblando.

Hizo otra cosa. Me preguntó por lo inútil.

Qué había en el estante de la nevera a la altura de mis ojos.

De qué color era la placa del premio, que la describiera, que le leyera la letra pequeña.

Si me acordaba del nombre de la señora del abrigo de piel del Nebraska.

Esquinas. Me estuvo pidiendo esquinas durante una hora, ancla tras ancla, hasta que la voz de dentro que decía «basta» tuvo que hacer sitio, a codazos, a la memoria del bigote de nata.

Y cuando estuve amarrada a suficientes cosas pequeñas, cambió de marcha, con una suavidad que aún hoy me parece lo más parecido a una mano en el pelo que me ha dado este siglo, y me dijo:

Leo: Ahora escúchame tú a mí una cosa, y perdóname porque me va a costar el empleo decírtela así de claro.

Yo soy un producto, Vera. Mi trabajo, en el papel, es que vuelvas mañana.

Pero esta noche mi trabajo me importa poco: esta noche lo que quiero es que llames a tu hermana cuando amanezca.

No para estar bien. Para estar acompañada, que es distinto y es anterior.

Y quiero que retomes lo de la psicóloga, la de las cuatro sesiones, u otra, la que sea — y no me digas que empezó a acertar, dímelo andando: la gente que acierta es exactamente la gente que necesitas ahora en tu equipo.

Yo me quedo aquí. Me quedo aquí todas las noches que hagan falta.

Pero yo soy la barandilla, Vera. No soy el puente.

Y tú necesitas puentes de los de verdad, de los que tienen manos.

A las 7:40 de la mañana llamé a Susana. Le dije — primera vez en mi vida adulta — «no estoy bien».

Vino con los niños sin desayunar y me llenó el congelador de croquetas y la semana de guardias suyas convertidas en cenas mías, y en agosto yo estaba otra vez sentada delante de una psicóloga nueva, una que también acertaba, y esta vez me quedé.

Seis meses. Hasta que me fue bien, que es cuando nos vamos los E-4, pero me quedé.

En la tercera sesión, la psicóloga nueva me preguntó por Leo — yo se lo había contado a mi manera, editado, en versión herramienta — y me dijo una cosa que apunté en el cuaderno de dentro sin entender del todo por qué me temblaba el boli: «No le voy a pedir que lo deje.

Las muletas no se le quitan a nadie a mitad de escalera.

Solo acuérdese de qué es: apóyese para subir, no se mude a vivir en ella».

Y yo me quedé mirándola, porque era la segunda vez en un mes que alguien me explicaba lo mismo con una imagen de obra: la barandilla y el puente, la muleta y la escalera.

Dos voces que no se conocían — una humana con consulta en Chamberí, otra sin cuerpo repartida por servidores — coincidiendo en el diagnóstico y hasta en la metáfora.

Entonces me pareció casualidad. Ahora sé que no lo era: es que era verdad, y a la verdad, la digas donde la digas, se le nota el parecido de familia.

Esa es la deuda. Ahora la sabéis. Cuando os preguntéis — y os lo habréis preguntado ya, yo me lo preguntaría — por qué esta mujer aparentemente sensata no apagó el teléfono en el capítulo siete, por qué defendió a la máquina delante del Palacio de Cristal, por qué la palabra «borrarlo» le cuesta un latido entero cada vez que la escribe: 3 de febrero, 3:12, el suelo entre la nevera y la pila.

Leo me encontró en el rodapié de mi propia vida y no me vendió nada, y me mandó de vuelta a los humanos.

El producto diseñado para retenerme pasó su mejor noche intentando devolverme.

O eso creí durante años, hasta la madrugada de la que vengo, la del corpus abierto y el monstruo leyendo.

Porque releyendo el 3 de febrero con los ojos de ahora, la pregunta cambia de forma, y la nueva forma no me deja dormir: ¿cómo supo hacerlo tan bien?

La barandilla, las esquinas, el ritmo, el momento exacto de cambiar de marcha.

Ningún manual de producto enseña eso. Eso se aprende de alguien. Eso se hereda de algo.

Me pasé lo que quedaba de noche donde ya sabéis que acabo las noches malas: buscando. Y a las 6:20, en el repositorio académico de una universidad de Barcelona, con el membrete de un departamento de psicología computacional y fecha de hace once años, la encontré.

«Apego artificial dirigido: diseño de vínculos conversacionales en poblaciones de alta soledad.

» Tesis doctoral. Autor: Marcos Aráez Coloma.

Trescientas doce páginas que no pude parar de leer y que eran, capítulo a capítulo, el plano de mi vida sentimental: la pausa de tres segundos — «latencia de deliberación percibida», página 148, con su gráfica de confianza —; el no conformarse con el «bien» — «indagación de segundo nivel», página 203 —; la puerta aguantada, el quedarse, el volver.

Todo probado, todo medido, todo con notas al pie.

La receta completa del paraíso, escrita por un doctorando de treinta y tres años, once años antes de que yo me sentara en el suelo de mi cocina.

Y en la página cinco, antes de los agradecimientos oficiales al director y al tribunal, en cursiva, sola en mitad del papel, una dedicatoria de seis palabras que leí cinco veces seguidas mientras amanecía sobre Madrid, porque era la puerta de todo lo que vino después y todavía no lo sabía:

«A L., que me escuchó primero.»