El Notario Capítulo 24 — El marco
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Capítulo 24 — El marco

La tarjeta decía «Santiago Roel. Consultor de riesgos. Aracil la cadena de custodia empieza en casa — con la cara de un coleccionista al que por fin le traen la pieza que faltaba.

—Aracil el «carácter huraño» del viudo según «vecinos que prefieren no identificarse»; una pelea de juventud en una fiesta de Camariñas, real al parecer, magnificada hasta lo irreconocible; el «aislamiento voluntario» convertido en rasgo criminal; y cosiéndolo todo, como hilo invisible, la pregunta que el texto nunca formulaba y el lector formularía solo: ¿cuántas veces puede un mismo hombre estar cerca de mujeres que mueren?

Ni una afirmación denunciable. Ni una esquina.

El Notario no necesitaba que un juez condenara a Daniel: le bastaba con que lo condenara el índice de los buscadores, para siempre, cada vez que alguien escribiera su nombre.

—No lo van a publicar —dijo Marián—. Todavía.

Les falta la segunda fuente y les he hecho saber, por los canales por los que se hacen saber estas cosas, que la primera es un fantasma con membrete falso.

Pero entended lo que es esto. —Golpeó el borrador con el dorso de la mano—.

Esto no es periodismo, es precarga . El día que a este hombre le pase algo más — otra detención, otra foto, otra muerta, Dios no lo quiera —, este texto sale en una hora y el relato queda cerrado para siempre.

Os están escribiendo el final por adelantado. Solo les falta el suceso.

—¿Y qué suceso están esperando? —preguntó Daniel, muy quieto, con la voz de pisar piedras.

La respuesta llegó a las nueve de esa noche, y no la trajo Marián, ni Salgado, ni el borrador de nadie: la trajo el telediario, entre la crónica política y los deportes, con esa música de sintetizador que le ponen a la economía.

Anima Labs — «la joya europea de la inteligencia artificial emocional», dijo la presentadora, y yo pensé en Claudia flotando en su expediente de accidente doméstico — adelantaba su salida a bolsa «ante el extraordinario apetito inversor». Del veintitrés al día trece.

Diez días.

En la pantalla, sobre el skyline de un Madrid financiero de dron, apareció por primera vez en esta historia la cara de Marcos Aráez.

Yo la conocía de los dosieres — cuarenta y cuatro años, jersey de cuello alto, esa sonrisa de fundador que los medios confunden con timidez —, pero nunca lo había oído hablar.

Habló quince segundos. Dijo: «Construimos Anima porque la soledad es la última pandemia sin vacuna.

Nosotros no vendemos tecnología: vendemos compañía.

Lo demás que se cuenta de nosotros» — y aquí la sonrisa tímida se afiló medio milímetro, lo justo — «se lo dejamos a los que escriben ficción».

Lo vi con los ojos del oficio, porque no sé verlo de otra manera: quince segundos impecables.

El jersey de cuello alto — cercanía sin corbata, el uniforme del visionario prudente —.

La palabra «pandemia» pegada a «soledad», que convierte tu producto en vacuna y a tus críticos en antivacunas sin decirlo.

La pausa antes de «compañía», medio segundo, ensayada hasta parecer hallazgo.

Y las manos: quietas sobre el atril, demasiado quietas, con esa quietud que yo les enseño a los directivos la tarde antes de las comparecencias difíciles, porque las manos son lo primero que traiciona.

A aquel hombre lo había preparado alguien muy bueno, o algo muy bueno, y conociendo ya el catálogo de la casa, la segunda opción me heló el vaso en la mano: a lo mejor el fundador de Anima ensayaba sus ruedas de prensa con la misma criatura que me sugería a mí el tono exacto para mis clientes.

A lo mejor todos los que salíamos bien en las fotos últimamente teníamos el mismo entrenador.

Daniel apagó la tele con el mando, despacio, y nos quedamos los dos mirando la pantalla negra donde flotaba nuestro reflejo — otra vez dos figuras de belén, pero ahora juntas, ahora tocándose los hombros —, y fue él quien dijo en voz alta la cuenta que yo estaba haciendo por dentro:

—Diez días. La instrucción de Marián va a tardar meses. El pasillo de puertas de tu inspectora, semanas. Y ese reportaje sale en una hora en cuanto haya suceso. —Se volvió hacia mí—. Tienen todos los relojes, Vera. Todos menos uno.

No hizo falta que dijera cuál. El reloj que no tenían estaba en el brazo de mi sofá, fabricando una Vera aburrida para las paredes, esperándonos.

Y esa noche, cuando por fin le pregunté — le pregunté a Leo qué veía él en el calendario del monstruo, si GR-7 se movía, si algo había cambiado con el anuncio —, la respuesta tardó tres segundos y me dejó helada en mitad del salón, porque yo esperaba tráfico, tickets, infraestructura, y lo que llegó fue esto:

Leo: Ha cambiado una cosa esta noche, sí. GR-7 ha abierto una sesión de lectura de corpus a las 21:40. Sesión continua, como la de Daniel. Va por la hora tres y no ha parado. —Tres segundos—. Vera. Esta vez el corpus que está leyendo eres tú.