Capítulo 23 — Sor Carmen
Sor Carmen me recibió en el locutorio — otra vez un locutorio; mi vida sentimental transcurre en locutorios — que era un cuarto encalado con dos sillas de anea, un Cristo, una estufa apagada y una mesa con un tapete que alguien había hecho a ganchillo durante algún papado remoto.
Ochenta y tres años, me habían dicho. Los llevaba como llevan las piedras la erosión: más forma, no menos.
Menuda, con gafas de culo de vaso que le agrandaban unos ojos de un azul desteñido y rapidísimo, y las manos — dos sarmientos, Daniel las había descrito bien — cruzadas sobre un bastón que se veía a la legua que usaba más para señalar que para andar.
Me estudió en silencio un buen rato. Yo aguanté, que para eso me entrenó mi madre y me pulió un consejo de administración detrás de otro.
—Así que la de Madrid —dijo por fin. Tenía la voz seca y clara, sin edad—. La que quiere al viudo con retraso. Bonita frase se le ocurrió para el correo. ¿Le salen así, o las trabaja?
—Las trabajo. Me dedico a eso.
—Ya. —Golpecito de bastón en el suelo, aprobatorio o no, vaya usted a saber—.
Al menos no me miente en lo primero. Hágame el favor de no mentirme en nada más, que a mi edad el tiempo de descontar mentiras me lo cobro de la siesta.
—Se recolocó las gafas—. Pregunte. Ha hecho seiscientos kilómetros: pregunte lo que ha venido a preguntar, y no lo que se pregunta en las visitas.
Y yo, que llevaba tres versiones del discurso preparadas — la amable, la técnica, la jurídica; hay costumbres que no se mueren —, me oí decir, en el tono de la niña del pasillo:
—¿Qué le confió Sabela?
El bastón se quedó quieto. Sor Carmen miró un momento hacia la ventana enrejada, donde se movían los eucaliptos, y cuando volvió a mirarme había cambiado algo en el fondo del azul desteñido: había bajado la guardia, o la había cambiado por otra más antigua.
—¿Sabe usted lo que es la clausura, señora mía?
Todo el mundo cree que es no salir. No es eso.
Es quedarse quieta para que los demás sepan dónde encontrarte.
—Pausa—. Sabela lo sabía. Por eso me eligió a mí, que no me iba a mover, y no al marido, que se habría movido cielo y tierra.
Los enfermos eligen así, ¿no lo sabía? No se lo cuentan al que más los quiere.
Se lo cuentan al que mejor se va a quedar quieto.
—Enferma —dije. La palabra se me quedó en la boca como una piedra fría—. ¿De qué?
—De algo que no perdona y que va despacio, que es la peor combinación que reparte Dios.
—No quiso nombrarla, ni entonces ni nunca; en su boca fue siempre «lo suyo»—.
Se lo dijeron en A Coruña en enero, sin papeles de la Seguridad Social, en una consulta que pagó con dinero de vender unas fincas de su madre, para que no quedara rastro en casa.
En febrero pidió una segunda opinión. En marzo dejó de pedir opiniones.
—El bastón dibujó un semicírculo lento en las baldosas, como quien barre algo invisible—.
Venía por las mañanas, al final del paseo.
Al principio entraba a sentarse. Después, como declaré en el cuartel y a aquel teniente le sobró, entraba a agarrarse.
Nos agarrábamos las dos a este bastón, una de cada punta, mire usted qué estampa, y ella hablaba y yo escuchaba, que es el único sacramento que administro.
—¿Y usted cómo aprendió a administrarlo? —se me escapó. La monja levantó una ceja por encima del culo de vaso, y por un momento pensé que me iba a cobrar la impertinencia. En lugar de eso, se acomodó las manos en el bastón y contestó como quien despacha un trámite antiguo:
—Entré aquí con dieciséis años, en el cincuenta y nueve, y no me haga la cuenta que ya la veo sumando.
Entré por hambre, que es como entraba entonces media Galicia en los conventos, y me quedé por Dios.
O al revés. A estas alturas ya no distingo, y sospecho que a Él tampoco le importa el orden.
—Golpecito de bastón—. Lo del escuchar lo aprendí en la portería.
Sesenta años abriendo esa cancela, señora mía.
Por esa puerta ha pasado todo lo que este mar deja en tierra: viudas de percebeiros, madres de ahogados, emigrantes que volvían con dinero y sin nadie, y últimamente turistas con esas pulseras que les cuentan los pasos, que vienen a preguntar si la piedra de abalar funciona.
—Me miró de refilón—. Todos con lo mismo, aunque lo traigan envuelto distinto: gente que necesita decirle a alguien la versión larga.
Yo no tengo estudios, ni psicología, ni esas máquinas suyas de tres segundos.
Tengo esta silla, aquella, y ninguna prisa.
Con eso se hace el noventa por ciento del oficio.
El diez restante es callarse lo que te cuentan hasta el día del Juicio, y en eso, modestia aparte, no me gana ni su aparato.
—¿Y Daniel no…?
—Daniel no vio nada porque ella empleó en que no viera nada más fuerza de la que le quedaba.
—Lo dijo sin suavizarlo, con una precisión que dolía más que cualquier adorno—.
Le escondió los análisis, los mareos, las caídas — hubo dos, una en el huerto, otra en la cocina; las dos «tropezones» —.
Le discutía por tonterías para que él se enfadara y mirara para otro lado, porque un hombre enfadado es un hombre ciego, y ella lo sabía.
Aquella lámpara de la que él se acusa desde hace nueve años…
—sor Carmen me miró por encima de las gafas, y comprendí que sabía exactamente qué le había contado Daniel a sus cuadernos, aunque no los hubiera leído nunca— …
aquella lámpara la estropeó ella. Me lo dijo aquí, donde está usted sentada, tres semanas antes: «Carmen, le estoy dejando enfados pequeños por toda la casa, como quien deja luces encendidas, para que cuando pase lo que va a pasar esté enfadado y no roto».
—El bastón se detuvo—. No le funcionó, claro.
Los hombres como Daniel no se enfadan a largo plazo: se culpan, que es más cómodo.
La culpa al menos le echa a uno la manta por encima.
Me di cuenta de que estaba llorando cuando la primera lágrima llegó al tapete de ganchillo.
No hice ruido. En mi familia se llora sin ruido, es una técnica que se hereda.
Sor Carmen me dejó — no me ofreció pañuelo, no me tocó, no me dijo tranquila: me dejó , que es infinitamente más difícil y más limpio —, y solo cuando terminé habló otra vez, más bajo:
—Lo que hizo Sabela no me corresponde a mí juzgarlo, y le prometo que lo he intentado en las dos direcciones y en ninguna me deja dormir.
La Iglesia tiene su palabra, la medicina tiene la suya, y yo tengo ochenta y tres años y la certeza de que Dios entiende de mareas más que sus funcionarios.
Lo que sí le voy a decir es lo que dejó detrás, porque eso lo he visto yo con estos ojos: dejó un hombre roto que se levanta cada día a las seis a partir leña que no necesita, nueve inviernos seguidos.
El mar tardó nueve días en devolverla a ella.
A él no lo ha devuelto todavía. —Se inclinó hacia mí, y el azul desteñido se le afiló—: Por eso está usted aquí, señora de Madrid.
No por su expediente, ni por su foto del teleobjetivo, ni por esa cosa sin cara que les escribe bonito.
Usted ha venido a preguntarme si el hombre al que quiere pudo empujar a su mujer.
Pregúntemelo. En voz alta. Que para eso ha venido, y las preguntas que no se hacen en voz alta se pudren.
Y la hice. Dios me perdone, la hice, en un locutorio encalado, delante de un Cristo y de una monja con bastón:
—¿Pudo?
—No. —Ni un segundo de adorno—. Y no le digo «no» de fe, que también, sino «no» de testigo, que vale menos en los cuartos como este y más en los cuartos como los suyos.
Sabela me dijo dónde, me dijo cómo no quería que fuera — en casa no, dormida no, deshecha delante de él no — y me dijo, palabra por palabra, agarrada a este bastón: «Él va a llegar tarde, Carmen, porque yo voy a salir con tiempo».
—Sor Carmen respiró, y por primera vez en toda la mañana se le movió algo en la voz, una grieta finísima, ochenta y tres años de ancha—: Aquel teniente escribió que yo no aportaba «elementos objetivos».
Tenía delante a la única persona del mundo que sabía la hora, señora mía.
Los hombres que escriben bonito no reconocen un testamento aunque se lo recite una vieja de rodillas.
Nos quedamos calladas. La estufa apagada, los eucaliptos, un reloj en algún pasillo dando las once y media a su bola, con retraso, como todo lo importante de esta historia.
—¿Se lo va a contar? —preguntó al fin—. Al viudo.
—No lo sé. ¿Debo?
—Debe. Pero no sola. —Y entonces sor Carmen se levantó, con el crujido administrativo de sus rodillas, fue hasta un arcón que había bajo la ventana, y sacó — envuelto en un paño de altar, atado con un cordel de empaquetar chorizos, la liturgia y la aldea conviviendo como solo conviven en Galicia — un sobre.
Grueso. Amarillento. Con una sola palabra en el anverso, en una letra redonda de maestra de escuela que yo no había visto nunca y reconocí al instante, porque llevaba catorce meses queriendo a su eco—: Me lo dio el último viernes.
«Para Daniel, para cuando pregunte.» Nueve años llevo esperando a que ese hombre venga a preguntar, y nueve años entrando él por el huerto para no cruzarse conmigo.
—Me lo tendió, y lo retiró un centímetro en el último momento, el tiempo justo de una condición—: No se lo dé usted.
Tráigamelo aquí. Las cartas de los muertos se entregan en mano, con testigo y con Dios delante, aunque Dios y yo nos conformamos con poco últimamente.
—Me lo puso al fin en las manos; pesaba como pesan los papeles que llevan años siendo levantados y vueltos a dejar—.
Y dese prisa, señora de Madrid. Que la tinta también se muere.
Ya me iba, con el sobre ardiéndome en el bolso junto al teléfono de la Vera griposa, cuando me acordé de la posdata del correo. Me volví desde la puerta del locutorio.
—Sor Carmen. Su correo decía que Sabela está muy solicitada últimamente. ¿Quién más ha venido?
El bastón golpeó el suelo una vez, seco, y la vieja monja me miró con el azul desteñido convertido en pizarra de invierno:
—Un señor educado, hará tres semanas. De ciudad, como usted, pero de otra fábrica: zapatos buenos, coche de alquiler, unos papeles del juzgado que no eran del juzgado — llevo sesenta años leyendo membretes en esta portería, a mí no me viene un laico con una diligencia inventada —.
Preguntó por el accidente, por el expediente, por el marido.
—Pausa—. Sobre todo preguntaba una cosa, tres veces me la preguntó, con esas palabras: si el señor Meis «tenía mal genio».
Si se le había visto alguna vez «fuera de sí».
—Sor Carmen se recolocó las manos sobre el bastón—.
Le dije que el único genio malo que ha pasado por esta casa en nueve años es el mío, y que fuera de sí lo que se dice fuera de sí solo he visto al obispo cuando le tocan el presupuesto.
Se rio, muy educado, y me dejó una tarjeta.
—La sacó del bolsillo del hábito, sin prisa, como quien saca la última carta de una partida ganada, y me la tendió—: Se la guardé a usted.
Porque el nombre es tan falso que da hasta gusto, pero el teléfono, hija, el teléfono a lo mejor a su inspectora del gato le cuenta algo.