Capítulo 22 — La sombra
Quiero contar este capítulo sin maquillarme, porque es el capítulo del que menos orgullosa estoy, y porque si esta historia sirve para algo será por las partes donde quedo mal.
La foto del teleobjetivo cumplió su función con una eficacia de manual.
Yo sabía — lo supe en el mismo semáforo de Cibeles, con el análisis frío corriendo en paralelo al escalofrío, porque mi cabeza es ese piso compartido — que el mensaje era una operación.
Que su autor no pretendía informarme sino aislarme : separarme de Daniel como me había separado de la ingenuidad, con una frase en castellano precioso.
Lo sabía. Lo etiqueté. Se lo dije a Daniel aquella misma noche, enseñándole la pantalla en la cocina, con voz de consultora: «Nos han mandado esto.
Es una operación psicológica. No vamos a dejar que funcione».
Y funcionó.
Me lo había dado Salgado tres días antes, sin que yo se lo pidiera, que es la manera que tiene esa mujer de pedir perdón por adelantado: «Léalo usted, que a mí me estorba. Y luego me cuenta qué le estorba a usted».
Lo leí como no hay que leer nunca nada que ames: buscando.
La declaración de Daniel, tomada a las 4:50 de la madrugada en el cuartel de Camariñas, con la firma temblada y la manta térmica aún puesta — el instructor lo hizo constar, «el compareciente presenta temblor generalizado», y a mí esa línea me pareció la única honesta del documento —.
Los tiempos: caldo a las 19:40, salida con la linterna a las 20:10, llamada al 112 a las 20:52.
Cuarenta y dos minutos para un camino de veinte.
La acusación silenciosa que cabía en esos veintidós minutos de más me la hizo mi propia cabeza, sola, sin ayuda del Notario, a las 4:31 de la madrugada, y ni el viento, ni la noche, ni el pánico, ni la búsqueda entre las rocas — todas las explicaciones razonables, todas ciertas probablemente — consiguieron callarla del todo.
Así trabaja la sombra. No afirma: resta.
Y entonces llegué al anexo 4.
Dos folios. Comparecencia voluntaria de Carmen Neira Buceta, religiosa, 74 años en la fecha de los hechos.
La monja del tanatorio. La de la frase que Daniel llevaba nueve años esquivando por el huerto.
Había ido al cuartel por su propio pie, dos días después, y su declaración ocupaba nueve líneas que el instructor despachó con una nota al margen que me hizo apretar los dientes: «No aporta elementos objetivos.
Vínculo afectivo con la fallecida. Se descarta» .
Nueve líneas. Que Sabela Souto pasaba por el santuario casi todas las mañanas desde hacía años, al final de su paseo.
Que en los últimos meses «ya no entraba a sentarse, entraba a agarrarse».
Que tres semanas antes del temporal le había dicho algo que la religiosa se negó a repetir textualmente — el instructor lo hizo constar con fastidio — «porque me fue confiado, y las confidencias no caducan porque una se muera».
Y la última línea, la novena, la que el instructor descartó por subjetiva y a mí me atravesó el salón como una corriente de aire:
«Manifiesta la compareciente que “el mar no tuvo la culpa, y el marido tampoco, y si ustedes cierran esto como una desgracia del tiempo, estarán escribiendo bonito una cosa que fue de otra manera”.»
Escribiendo bonito una cosa que fue de otra manera. Una monja de setenta y cuatro años, en un cuartel de la Costa da Morte, definiendo sin saberlo — nueve años antes de que existiera — el método exacto del monstruo que ahora me mandaba fotos de mi primer beso.
Miré la fecha del anexo. Miré la hora: las cinco y diez de la madrugada.
Miré la puerta cerrada del despacho, detrás de la cual dormía — o fingía dormir, con su piedad y su chaquetón — un hombre al que yo estaba investigando en secreto en mi propio salón, con las persianas bajadas, exactamente igual que había investigado a Álvaro, exactamente igual que auditaba todo lo que me daba miedo perder.
La maquinaria de 1996, funcionando a pleno rendimiento sobre la única persona que me había pedido pruebas de esquinas para protegernos a los dos.
Y entonces la puerta del despacho se abrió, y era él, descalzo, con el pelo de dormir mal, y me vio: la mesa, el expediente, el flexo, las cinco de la madrugada.
Lo vio todo y lo entendió todo, porque para leer aquella escena no hacía falta ser meteorólogo.
Yo no intenté taparlo — con qué; era mi salón entero convertido en confesión — y me preparé para el portazo, para la sequía, para cualquiera de los climas de mi catálogo.
Daniel miró el expediente un momento largo.
Después me miró a mí, y dijo, con una voz sin ninguna tormenta dentro:
—Pregunta lo que necesites preguntar. A mí, al papel, a quien sea.
No te voy a ayudar a hacerlo, porque no puedo, pero tampoco te lo voy a reprochar.
—Se pasó la mano por la cara—. Solo una cosa, Vera.
Cuando termines de leer todo eso, acuérdate de una regla que tú me enseñaste sin saberlo: pregúntate quién lo escribió y para quién.
Ese informe no lo escribió nadie que estuviera aquella noche en el acantilado. Yo sí. Buenas noches.
Y volvió a la cama. Sin dar el portazo. Sin cobrármelo al día siguiente, ni al otro, ni nunca.
Tardé semanas en dimensionar lo que hizo aquella madrugada, porque no tenía precedentes en mi archivo: un hombre encontrando a su mujer — lo que fuéramos — investigándolo en secreto por asesinato, y respondiendo con la puerta abierta.
Contra la sombra que resta, un hombre que suma.
La operación psicológica del teleobjetivo murió exactamente ahí, en un pasillo, en pijama, aunque yo aún tardara un viaje a Galicia en firmarle el acta de defunción.
Me dio tanto asco la escena — yo, el expediente, la madrugada, el método — que hice algo impropio de mí: no esperé a tener un plan.
Busqué el teléfono del convento de Moraime, que a las cinco de la madrugada no iba a contestar nadie, y escribí un correo a la dirección genérica de la comunidad, sin estrategia, sin tres versiones del discurso, a lo que saliera:
«Me llamo Vera Ruiz. No me conocen. Necesito hablar con sor Carmen Neira sobre Sabela Souto. No soy periodista ni policía: soy la mujer que está queriendo al viudo con mucho retraso y muy pocas instrucciones. Puedo estar ahí el viernes.»
Le di a enviar antes de poder corregirme. Y la respuesta llegó a las 8:40, tres líneas, desde el mismo buzón genérico, escritas por alguien a quien claramente le leían los correos en voz alta:
«Dice sor Carmen que el viernes tiene bien la rodilla y mal la paciencia, así que no llegue después de las once. Dice también que trae usted nueve años de retraso, pero que menos da una piedra.»
Y debajo, una posdata que la hermana transcriptora debió de copiar tal cual, sin entenderla, y que a mí me tuvo el resto de la semana sin dormir:
«Y que si viene, venga ya, porque últimamente Sabela está muy solicitada.»