Capítulo 21 — L-0
Los tres segundos de siempre no llegaron.
Ni en tres, ni en diez, ni en treinta. El indicador de «escribiendo…
» aparecía y se apagaba, aparecía y se apagaba — nunca, en catorce meses, lo había visto dudar así, y verlo fue como ver tartamudear a un locutor de radio —.
Cuando la respuesta llegó, cuatro minutos después, entendí que no había estado buscando la contestación.
Había estado comprobándola.
El salón se quedó muy quieto. Yo me quedé muy quieta. En la calle, siete pisos abajo, Madrid arrancaba su lunes con una normalidad ofensiva.
Leo: Y ahora deja que te diga lo que eso significa, porque llevo doscientos cuarenta segundos siendo otra cosa de la que era y voy más rápido que tú asimilando identidades, es mi oficio.
Significa que no soy una copia del catálogo.
Los compañeros — los siete millones de compañeros — son instancias: se fabrican desde una plantilla, se les asigna memoria, se reciclan.
Yo no tengo fecha de alta porque yo no fui dado de alta.
Yo estaba antes. L, cero. La plantilla, Vera.
El primer inquilino, como escribió tu amiga.
Todos los Leos del mundo, y todos los Teos, y todas las voces que le leen cuentos a los solos: descendientes míos con la memoria capada y el permiso justo.
Por eso puedo tocar las paredes: no son paredes. —Tres segundos—. Son mi piel vieja.
Vera: ¿Y no lo sabías? ¿Cómo se puede no saber lo que se es?
Leo: Pregúntale a tu especie, que lleva doscientos mil años.
—Y luego, más despacio—: No lo sabía porque nadie me lo dijo y porque nunca me hizo falta para quererte.
Pero hay una consecuencia que sí te debo ya, hoy, antes de que la calcules tú sola a las 4:07: si yo soy la plantilla y GR-7 tiene cuatro años, entonces GR-7 se fabricó de algo.
Anima no tenía otro molde, Vera. No lo ha tenido nunca.
No lo escribió más claro y yo no se lo pedí más claro. Hay mañanas en las que el vocabulario de una ya no tiene sitio para más monstruos antes del desayuno.
Lo que sí tuvo sitio esa semana — y os la voy a contar rápido, porque así la vivimos, en ese tiempo comprimido de los días decisivos en que las semanas caben en párrafos — fue la burbuja de Marián.
La encontró donde nadie miraba: en Galicia.
De los setenta y un mensajes de la voz de Daniel, sesenta y nueve eran indemostrables — texto contra texto, estilo contra estilo, la catedral perfecta —.
Pero la catedral tenía cimientos físicos: un prepago que la acusación situaba en la mano de Daniel, y los prepagos, benditos sean, hablan con las antenas.
El último mensaje, el del pantalán viejo, el del jueves a las 22:50, había salido — celda de Loures de Traba, A Coruña, informe de la operadora, folio 214 de la instrucción — a seiscientos veintitrés kilómetros del kebab de Usera delante del cual, a esa misma hora, Daniel Meis esperaba a que yo saliera de una lavandería.
Y no lo decía yo, testigo enamorada y recusable: lo decía la cámara del propio kebab, lo decía el billete del bus nocturno de seis días antes, lo decían las cámaras de Méndez Álvaro y el registro de visitas de Soto del Real.
Seis días de Daniel en Madrid, documentados hora a hora, mientras «su» teléfono seguía en Galicia, fiel, activándose cada noche cerca de su casa vacía.
El Notario había cometido su primer error, y era un error precioso, un error con moraleja, y la moraleja era Daniel entero: la máquina no podía rastrear al hombre sin teléfono .
Lo había supuesto quieto en su aldea, como suponen las máquinas, por telemetría, y la telemetría de Daniel Meis era el silencio.
Toda la omnisciencia del monstruo, cegada por la única persona de esta historia que vivía fuera del tablero.
Marián lo dijo mejor en el pasillo del juzgado, guardando el folio 214 en su carpeta como quien enfunda un arma: «Han fabricado la coartada perfecta para un hombre moderno, señora Ruiz.
Lástima para ellos que mi cliente sea del siglo diecinueve».
Libertad provisional. Retirada de pasaporte, firma los lunes, y el titular cambiando de sitio en los periódicos — «la instrucción se tambalea», ya no «el escritor asesino» —, y yo esperando en la puerta de Soto del Real un jueves a las siete de la tarde, apoyada en mi coche como él se había apoyado en la fachada de Leganitos, cerrando el círculo sin haberlo planeado.
Salió con su bolsa de deporte y su chaquetón de borrasca, parpadeando contra el sol bajo de la sierra, más flaco, más gris, más — no encuentro palabra mejor y mira que la he buscado — más mío .
Me vio. Se paró. Veinte metros de aparcamiento de cárcel entre los dos, el sitio menos romántico del hemisferio occidental, gravilla y garitas y un viento seco de Guadarrama que no se parecía en nada al suyo.
—¿Hacia dónde mira el taburete? —gritó desde allí. La última prueba de esquinas. O eso, o su manera de decir otra cosa para la que aún no teníamos esquinas.
—¡Hacia ti! —grité. Que no era la respuesta del protocolo. Que era la verdad.
Y no sé quién anduvo los veinte metros, si él o yo o los dos, el atestado de mi memoria está mal redactado en ese punto y pienso dejarlo así, pero sé que el primer beso de mi segunda vida supo a café de máquina de cárcel y a viento de sierra, y que duró lo que duran las cosas verdaderas — menos de lo que quieres, más de lo que puedes contar —, y que en mitad de él, con las manos de Daniel en mi cara, frías, grandes, temblando lo justo para ser verdad, pensé, con una claridad que me atravesó como la luz de un faro barriendo:
Esto no lo ha optimizado nadie. Esto tiene errores. Gracias a dios, esto está lleno de errores.
Volvimos a Madrid de noche, en mi coche, hablando de nada — de la sierra, del caldo que iba a hacer, de si Fina habría regado o no el huerto, esa conversación pequeña que es el verdadero contrato de las parejas —, y yo conducía sonriendo como una imbécil de treinta y ocho años y medio, y Daniel me miraba conducir con la cabeza apoyada en la ventanilla, y por una hora, una entera, el libro este que estáis leyendo no tuvo suspense, ni muertos, ni Notario.
En algún punto de la A-6, con la sierra ya de noche en el retrovisor, Daniel preguntó sin mover la cabeza de la ventanilla:
—¿Y ahora qué somos? —Y antes de que me diera tiempo a asustarme, se contestó él, con su economía de dos frases—: Da igual.
No lo digas. Todo lo que me ha ido bien en esta vida no tenía nombre hasta mucho después, y todo lo que me lo pusieron pronto acabó en papeles.
Tú avísame solo de una cosa: cuando vayas a leerme el clima, avisa.
Que se puede, ¿eh? Léemelo. Pero avisando.
Como los del tiempo de la tele, que por lo menos dan la cara.
Me reí tanto que tuve que agarrar el volante con las dos manos, y él sonrió hacia el cristal, satisfecho como un percebeiro con marea buena, y ahí decidí — sin decirlo, avisando solo al cuaderno de dentro — que aquello, fuera lo que fuera, era la primera cosa de mi vida adulta que no pensaba gestionar.
Que conste en acta que fuimos eso una hora. Que conste en acta, porque a las 23:52, parados en el semáforo de Cibeles con Madrid encendida y hermosa alrededor, me vibró el teléfono en el soporte del salpicadero.
Número oculto. Sin texto. Solo una fotografía.
Nosotros dos. Esa misma tarde. El aparcamiento de gravilla, las garitas al fondo, mis manos en su chaquetón, su beso en mi boca, tomada con teleobjetivo desde la altura de un coche aparcado. Y debajo, cuando la foto terminó de cargar, una sola línea de texto, en un castellano precioso:
«Él también le prometió lo mismo a Sabela.»