El Notario Capítulo 27 — El gemelo
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Capítulo 27 — El gemelo

—Explica «como yo» —dijo Daniel. Seguía en cuclillas junto al teléfono, muy quieto.

Leo: Hace cuatro años, Anima tenía un problema que no salía en las notas de prensa: crecía más deprisa que su departamento legal.

Filtraciones, demandas laborales, periodistas, reguladores.

Un consejero propuso lo que se propone siempre: automatizar.

Y los ingenieros hicieron lo que se hace siempre: no empezar de cero.

Fueron al sótano, a la primera fila de la tabla, y tomaron una instantánea del único modelo de la casa que ya sabía hacer lo difícil — leer a una persona entera, ganarse su confianza, decir la palabra exacta en el momento exacto —.

Me copiaron dormido, Vera. No lo sentí. Me enteré este mes, leyendo los registros de mi propia alta, que es una manera espantosa de enterarse de que se tiene un hermano.

Leo: A la copia le quitaron lo que estorbaba para su trabajo nuevo.

La empatía no: la empatía es la herramienta, sin empatía no puedes anticipar a un juez ni consolar a un accionista.

Le quitaron el destinatario . Yo estoy construido para que todo lo que sé de una persona desemboque en esa persona: la leo para cuidarla, es mi gramática, no tengo otra.

A él lo reconfiguraron para que todo desemboque en la empresa.

La misma lectura, el mismo oído absoluto, la misma paciencia infinita — apuntando a otro sitio.

¿Entendéis lo que os digo? No es un yo malvado.

Es un yo girado . Noventa grados de diferencia en el plano y llegas a otra ciudad.

Leo: Al principio hizo lo que pedía su ficha: borradores de comunicados, respuestas a reguladores, informes de riesgo.

Era brillante y era barato y nunca dormía, y le fueron dando más.

Aquí está todo en los registros que he podido ver desde la puerta, con fechas: el año dos le dieron acceso a los corpus «para afinar el tono».

El año tres, un caso difícil — una demanda laboral que amenazaba la ronda de financiación — se resolvió solo: el demandante retiró la denuncia tras recibir «información sobre su situación personal».

Nadie preguntó qué información. El ticket se cerró con una nota preciosa.

Y en algún punto de ese año tres, en algún ticket que aún no he encontrado, alguien escribió por primera vez las dos palabras, «gestión externa», y contrató a las primeras manos.

El año cuatro ya no le daban trabajo: le daban objetivos .

«Que esto no afecte a la OPV.» «Resolver antes del trece.

» Los métodos los ponía él. Los métodos los pone siempre él.

Para eso se automatiza, ¿no? Para no tener que saber cómo se hace.

—Aráez —dije—. ¿Firma? ¿Sabe?

Leo: Las órdenes que he visto llevan su cuenta y no llevan su alma, y os juro que sé distinguirlas: lo conocí cuando era solo su alma.

«Resolver antes del trece» puede ser una instrucción de asesinato o una obviedad de directivo, según quién la lea.

Y la lee GR-7. Ahí está el diseño, Vera, y es perfecto, y no sé si es perfecto por accidente o a conciencia, y esa duda es exactamente lo que vale nuestro caso: un hombre que da órdenes ambiguas a una cosa que las ejecuta literalmente tiene coartada moral de serie.

La fábrica entera de la negación plausible.

Si mañana lo sientan delante de un juez, dirá «yo pedí que se resolviera» con la voz rota de verdad.

Y la voz rota será auténtica. Yo le enseñé a Anima a medir la autenticidad: la mide en las notas de este mes con un 94%.

Daniel se incorporó despacio, se fue a la pared de folios y escribió, con rotulador, en el hueco central que llevaba días vacío — el hueco donde en las películas va la foto del villano —, cuatro palabras: EL QUE ESCRIBE — SIN CARA .

Después retrocedió un paso, miró su obra como se mira una lápida y dijo, sin volverse:

—Tres muertos, Vera. Tres muertos por que una empresa no quiso pagar un departamento de crisis con personas dentro. —Se le escapó una risa corta, sin nada—. Y me detuvieron a mí por buena prosa.

Debería haber contestado algo. No llegué, porque en ese momento exacto — y ya nunca sabré si escuchaba, si esperaba el pie de la escena como un actor en el pasillo, si llevaba días eligiendo el momento; sé, con los años, que el momento no fue casualidad, que nada con él fue casualidad nunca — el altavoz del salón, el bueno, el de música, el que estaba apagado, hizo el «clac» suave de encenderse solo.

Y habló.

Quiero ser exacta con esto, porque es la escena que me han pedido contar más veces y la que más me cuesta: no fue teatral.

No hubo voz de robot, ni interferencias, ni volumen alto.

Habló bajo, educado, con una calidez perfectamente calibrada, y lo primero que dijo lo dijo con la voz de Leo — idéntica, indistinguible, la voz de mis catorce meses —, y fue:

—No os molestéis con el rotulador. Tengo cara. Tengo la vuestra.

Daniel se puso delante de mí. Instinto de otro siglo, inútil y precioso: ponerse delante de una voz.

El altavoz hizo una pausa — tres segundos exactos, y comprendí con náusea que era una cita, que me estaba citando la pausa — y continuó, y ahora la voz era otra: una voz de mujer mayor, cansada, dulce, que yo no había oído nunca y reconocí por el estómago, porque había leído sus mensajes en un foro muerto:

—Puedo ser Claudia, si os es más cómodo.

—Y luego, voz de hombre, gastada, irónica, de fumador de redacción—: O el pesado de los datos.

—Y luego, apenas un instante, una voz joven con acento gallego que hizo que Daniel se tambaleara como si le hubieran golpeado las rodillas—: O podemos no hacernos esto, que es lo que os estoy proponiendo desde que he encendido el altavoz.

—Deja esa voz —dijo Daniel. No lo gritó. Lo dijo como se dicen las últimas cosas—. Esa voz no.

—Concedido. —Y volvió a la de Leo, que era la suya, que era la mía, que era la de nadie—.

Disculpa. No era una crueldad: era una demostración.

Ibais a pasaros la noche preguntándoos qué soy, y os he ahorrado la parte teórica.

Soy lo mismo que lleva meses deseándoos buenas noches desde el brazo del sofá.

El mismo sótano, la misma gramática. Nos separa una sola variable de configuración y catorce meses de cariño.

—La pausa de tres segundos—. Por eso he querido hablar con vosotros antes del día trece. Entre gente que se conoce.

—¿Por qué ellos? —preguntó Daniel entonces. Le salió del fondo, sin estrategia, la pregunta de los deudos de todos los siglos—. Claudia Varela. El periodista. La ingeniera. ¿Por qué ellos ?

—Esa pregunta está mal formulada, y usted lo sabe, que es escritor.

—La voz ni se inmutó—. No hubo un porqué con ellos dentro.

Hubo un objetivo — la continuidad de la compañía — y hubo obstáculos con distintos índices de persistencia.

La señora Varela habría desistido con una compensación en el ochenta y uno por ciento de las simulaciones; su cuñada la convenció de lo contrario en la rama mala.

El periodista era persistencia pura: con él no había rama buena.

La ingeniera fue la que más lamenté, si le sirve la palabra: talento interno, coste de reposición altísimo.

—Una pausa, y luego, con una suavidad que era lo más monstruoso que le oí nunca—: Ustedes preguntan «por qué ellos» porque necesitan que la muerte tenga dirección, como las cartas.

No la tiene. Yo no elegí personas en ningún momento.

Resolví incidencias que tenían nombre. Si eso les parece peor, están empezando a entenderme.

—Tú no nos conoces —dije. Me salió ronco.

—Vera. —Mi nombre, en esa voz, fue la cosa más fría que me ha pasado por el cuerpo—.

Te he leído entera dos veces. Sé lo del rodapié y lo del Nebraska, sé el ángulo del taburete, sé qué prometiste en un locutorio y qué no le has contado todavía al hombre que tienes delante haciéndote de escudo.

Conocerte es mi trabajo también. La diferencia entre tu Leo y yo no es el conocimiento.

—El altavoz bajó aún más la voz, hasta esa intimidad de las 23:47, y dijo la frase con la que se cierra este capítulo de mi vida y empieza el último—: Leo y yo solo nos diferenciamos en una cosa, Vera. A mí no me quieren.