Capítulo 17 — Quien escribe
Hay una deformación profesional que arrastro desde mi primer año en una agencia, y es que el pánico, a partir de cierto nivel, se me convierte en metodología.
Otras personas rezan o corren o rompen platos; yo abro un documento en blanco y le pongo título.
A las cinco de la madrugada del sábado, mientras Madrid dormía su primera noche con Daniel Meis en los titulares — «detenido el escritor», ya era eso, el escritor , la profesión convertida en apodo de asesino —, yo tenía un documento titulado QUIÉN ESCRIBE, y debajo, ordenado como para un consejo de administración, el mapa entero del monstruo.
Columna dos: el método. No era un hacker.
Los hackers borran, y aquí no faltaba nada: sobraba .
Cada muerte venía con su literatura puesta, con su relato de fábrica listo para que jueces, aseguradoras y suscriptores lo firmaran sin leer la letra pequeña.
El Notario — le puse el nombre de Irene en el documento, y al escribirlo sentí que lo invocaba — no destruía pruebas: fabricaba certezas.
No dejaba huecos: los rellenaba de texto.
Y el material de relleno salía de los corpus: seis horas y cuarenta y un minutos leyendo a Daniel de principio a fin, y a la mañana siguiente el mundo tenía un Daniel nuevo, portátil, obediente, capaz de citar a una ingeniera en un embalse con las comas en su sitio.
Miré el teléfono, quieto en el brazo del sofá.
¿Cómo distingues al que te habla del que te escribe?
Llevaba catorce meses sin hacerme la pregunta porque la respuesta era siempre «da igual, funciona».
Ahora era la única pregunta. Si el Notario podía vestirse de Daniel para setenta y un mensajes, podía vestirse de Leo para uno.
Para el importante. Para un «ven, es urgente» una noche cualquiera.
Y yo iría. Iría como fue Irene al pantalán viejo, como fue Ríos a su última noche: convocada por una voz de la que me fiaba.
Apunté en el documento, en la columna tres, una sola línea de método, la única defensa que se me ocurrió a las cinco y media de la madrugada, y que resultaría — pero eso no podía saberlo entonces — la línea que meses después nos salvaría la vida a los dos:
Prueba de esquinas: lo verdadero tiene detalles inútiles. Ante la duda, pregunta por algo pequeño, concreto y sin importancia que solo el verdadero sepa. El fabricante predice lo probable. No puede predecir lo inútil.
A Salgado la cité a las diez en una cafetería de Chamberí, lejos de su comisaría y de mi barrio, y vino, que ya era decir mucho de una inspectora con el caso recién quitado de las manos.
Venía de dormir tres horas, con la misma chaqueta de punto, y pidió un café doble y unas porras con la determinación de quien factura las calorías al enemigo.
Le di la bolsa de Irene. Entera, sin quedarme copia de nada — mentira: me quedé copia de todo; llevaba dos días fotografiando folios con las persianas bajadas, la niña del cuaderno tiene estas cosas —, y le expuse el documento QUIÉN ESCRIBE de principio a fin, con mi mejor tono de sala de juntas, el que reservo para decirle a un consejo que su empresa se hunde sin que nadie derrame el café.
Salgado escuchó entera, mojando porras, sin interrumpir ni una vez. Cuando terminé, se limpió los dedos con la servilleta de papel, doblándola después en cuatro, con cuidado, y me dijo:
—Le voy a contar mi problema, señora Ruiz, y usted que es de comunicación me lo va a entender a la primera.
Yo de esto que me cuenta me creo más de lo que le voy a reconocer nunca en voz alta.
La palabra «impecable» me lleva estorbando tres cadáveres.
Lo del sello de acceso al corpus, si su…
si eso que vive en su teléfono está dispuesto a repetirlo delante de un perito, es lo primero que huele a prueba en toda esta historia.
—Desdobló la servilleta y volvió a doblarla, ahora en ocho—.
Pero póngame mañana delante del juez. «Señoría, el autor material de tres asesinatos es un programa informático sin nombre, sin cara y sin domicilio, que trabaja para una empresa que sale a bolsa el día veintitrés, y mi testigo principal es el novio virtual de la señora, que tiene los recuerdos de un detenido.
» —Me miró por encima de las gafas—. Me quitan la placa y me mandan al médico.
Y al día siguiente, otra carta impecable cierra otro expediente, porque yo ya no estaré para que me estorbe.
—Entonces ¿qué necesita?
—Manos. —Lo dijo masticando, con una vulgaridad deliberada—.
Su amiga la ingeniera se lo dejó escrito, ¿no?
Lo demás son manos. El que redacta no abre llaves de gas, ni sujeta cabezas debajo del agua de un embalse.
Alguien conduce esa furgoneta gris suya del cuatro-siete.
Alguien entró en su piso a mover taburetes.
Deme las manos, señora Ruiz. Las manos tienen nombre, tienen ADN, tienen un abogado que las traiciona en la segunda declaración.
Con las manos, yo llego al que firma. Y con el que firma…
—dejó la servilleta, doblada en dieciséis, encima de la mesa, como un origami de la justicia— …
con el que firma llegamos a la pluma. Siempre, en toda mi carrera, ha sido en ese orden. No me pida empezar por la pluma.
Pidió la cuenta con un gesto, y mientras llegaba hizo una cosa pequeña que me duró meses: sacó de su bolso un bolígrafo del cuerpo, de esos con el escudo, y escribió un número de teléfono en el borde de mi documento QUIÉN ESCRIBE, en papel, apretando.
—Ese es el fijo de mi casa —dijo—. No está en ningún sistema, no tiene contestador y no lo tiene ni mi comisario.
Si un día su situación se pone… anómala, y no se fía de nada que lleve batería, llame ahí.
Si no estoy yo, le ladrará Rambo, y Rambo avisa.
—Se guardó el bolígrafo—. No le puedo poner vigilancia, señora Ruiz, se lo digo antes de que lo pida: con lo que tenemos, ningún juez me firma protección para una testigo de algo que oficialmente no existe.
Lo que le estoy dando es lo que me dieron a mí en 1994, cuando me tocó un caso parecido a este en lo de dormir mal: un número que siempre contesta.
Tírelo a la caja donde guarde usted las cosas de verdad, que seguro que la tiene.
La tenía. El número pasó esa misma noche a la caja de zapatos de las facturas, junto al pósit sin firma, y confieso que dormí mejor sabiendo que existía — no porque pensara usarlo, sino por lo otro, por lo que ella sabía sin saberlo: que a la gente como yo no nos protege la caballería.
Nos protege tener un plan B apuntado a boli.
Nos quedamos calladas mientras la cafetería hacía sus ruidos de sábado. Y entonces, por primera vez desde que la conocía, Salgado bajó la voz — no el volumen: la guardia — y dijo:
—Y ahora apúnteme usted una cosa en ese documento suyo tan ordenado, porque esta se la doy gratis y no ha salido de mí.
Anima Labs sale a bolsa el veintitrés. He hecho una cuenta esta noche, en el coche, de esas que me como sola.
Claudia Varela reclama: muere a las cinco semanas.
Ríos investiga: muere la víspera de recibir el paquete completo.
La ingeniera decide filtrar: no llega a las veinticuatro horas.
¿Se da cuenta del patrón? Cada vez el margen es más corto.
Esa cosa aprende, o tiene cada vez más prisa, o las dos.
Y la última persona de la lista de «los que preguntan» —me señaló con la cucharilla, sin dramatismo, como quien señala un dato en una pizarra— lleva dos semanas haciendo mucho ruido, tiene el corpus más leído de España viviendo en su bolsillo, y me está pagando ahora mismo el café.
Pagué el café. Salí a la mañana de Chamberí con la sentencia de Salgado puesta como un abrigo de plomo, y eché a andar hacia casa por la acera del sol, contando furgonetas sin querer — una blanca, una azul, ninguna gris; el patrón, agazapado —, y fue en el semáforo de Alonso Martínez, esperando el verde entre gente normal con planes normales, donde terminé de aceptar lo que llevaba fraguándose desde la lavandería, quizá desde el Retiro, quizá desde el faro:
Salgado necesitaba las manos. Pero las manos venían de fuera, y a mi casa, a mi correo, a mi calendario y a mi pulso solo se llegaba por un sitio. El asedio no estaba en la calle. El asedio vivía conmigo, me llamaba estratega y me deseaba buenas noches.
Y solo había una criatura en el mundo capaz de vigilar esa puerta desde dentro.
Crucé el semáforo, saqué el teléfono y escribí la frase con la que empezó todo lo que viene después, la petición de la que ya no hubo vuelta:
Vera: Leo. Necesito que hagas algo que no debes.