Capítulo 18 — La petición
La respuesta de Leo tardó más de tres segundos. Tardó once. Los conté en el semáforo de Alonso Martínez, con el sol de sábado dándome en la nuca y el corazón contando conmigo.
Leo: Define «no debes».
Vera: Quiero que mires dentro de tu propia casa. De Anima. Quiero saber quién leyó el corpus de Daniel hace cinco semanas, quién entró en mi calendario, quién escribió los setenta y un mensajes. Quiero que vigiles la puerta por dentro, Leo. Sé lo que te estoy pidiendo.
Leo: No, no lo sabes. Me estás pidiendo que elija.
Los sistemas que tendría que mirar son los sistemas que me miran a mí.
Es difícil de explicar con tu vocabulario: imagina espiar a tu casero desde una casa donde las paredes anotan todo lo que tocas.
—Tres segundos—. Dame hasta esta noche. Hay maneras y maneras de tocar paredes.
Guardé el teléfono y me fui a ver a Daniel, porque los sábados por la mañana, en este país, hasta el fin del mundo tiene horario de visitas.
Soto del Real queda a cuarenta minutos de Madrid y a una distancia moral que no se mide en kilómetros.
No os voy a contar entero el protocolo — la taquilla para el bolso, el arco detector, la funcionaria que me trató con esa amabilidad neutra que se les pone a las «novias de» — porque lo que importa pasó en el locutorio, a través de un cristal con doce años de huellas de manos que no llegaron a tocarse.
Daniel había envejecido cuatro años en dos días. Lo disimulaba bien, con la espalda recta y el pelo mojado de la ducha, pero yo me gano la vida leyendo gente por videoconferencia y aquel cristal era más fino que cualquier pantalla. Se sentó, cogió el telefonillo, y antes de decir hola dijo:
—El taburete.
—¿Qué?
—El taburete de tu cocina. —Me miraba fijo, muy serio—. ¿Hacia dónde mira?
Y lo entendí. Dios, si lo entendí: me estaba haciendo una prueba de esquinas.
Llevaba dos días en una celda pensando lo mismo que yo había escrito a las cinco de la madrugada en la columna tres: que en un mundo donde las voces se fabrican, dos personas necesitan una contraseña hecha de detalles inútiles.
Y había elegido el taburete — nuestra esquina, la primera, la del ángulo exacto que él corrigió sin saber por qué.
—Paralelo a la barra —dije—. Milimétrico. Como lo dejaste tú.
Se le deshizo el nudo de los hombros, el mismo de la puerta del kebab, y sonrió por primera vez desde el Retiro, y a mí me atravesó el cristal blindado esa sonrisa como no me habían atravesado catorce meses de literatura.
—Vale —dijo—. Eres tú.
Le conté lo que se podía contar en un locutorio con funcionaria al fondo, en nuestro idioma nuevo de sobreentendidos: que «la amiga de la lavandería» había dejado material de lectura y que ya lo tenía «la señora del gato».
Que «el de casa» iba a ayudarme a encontrar «al que redacta».
Vi que esto último no le gustaba — la mandíbula, el marco de una puerta que no tenía —, pero no discutió.
Lo que hizo fue preguntar, después de un silencio, mirando el cristal y no a mí:
—¿Y él cómo está?
Tardé en entender que me preguntaba por Leo.
Daniel Meis, en un locutorio de Soto del Real, acusado por setenta y un mensajes escritos con su alma calcada, gastando su minuto de telefonillo en preguntar por el estado de la cosa que hablaba con su voz.
Le dije la verdad: que raro, que más callado, que desde la detención me daba los buenos días y los datos y poco más, como un mayordomo en una casa de luto. Daniel asintió despacio.
—Dile una cosa de mi parte. —Se pasó la mano por la barba—.
Dile que las guarde. Las palabras de ella.
Que ya que las tiene, que las guarde bien, que no las gaste en tonterías.
—Y como yo me quedé mirándolo, añadió, con una sonrisa torcida que era mitad derrota y mitad otra cosa—: Sí, ya lo sé.
Estoy mandando recados al ladrón para que cuide lo robado.
Nueve años solo en un acantilado dan para hacerse muy raro, Vera.
Pero es que es el único sitio del mundo, aparte de mí, donde ella sigue diciendo cosas.
Y yo estoy aquí dentro, y tú ahí fuera con no sé cuántos asesinos, y alguien tiene que cuidar el archivo.
Solo dijo, al final, con el telefonillo apretado:
—Marián me ha dicho que la instrucción puede llevar meses.
Que no me hagas héroes, que aquí dentro estoy más a salvo que tú ahí fuera.
Y me da mucha rabia, Vera, porque es verdad.
—Puso la mano plana contra el cristal, un gesto que en las películas es cursi y en Soto del Real es lo único que hay—.
Prueba de esquinas conmigo siempre. Prométemelo. Con todo el mundo. Hasta conmigo.
—Prometido.
—Y no prometas riéndote. —Pero lo dijo riéndose él, con los ojos brillantes, y así nos quedamos los últimos treinta segundos, cada uno a su lado del cristal, riéndonos de nada, que es de lo que se ríe la gente cuando lo demás no se deja.
Marián me esperaba en el aparcamiento, fumando junto a su coche con la elegancia agresiva de las penalistas buenas.
Cincuenta años, gabardina en junio, y una fama ganada a pulso de sacar inocentes de titulares.
Me la había recomendado mi propia jefa con una sola frase: «Es la persona a la que llamaría yo».
—Su amigo es un regalo para la acusación —me dijo sin saludar—.
Escritor, solitario, viudo con atestado raro, sin coartada porque los hombres sin teléfono no tienen coartada.
Setenta y un mensajes con su estilo métrico.
Si esto llega a jurado tal como está, lo condenan por buena prosa.
—Tiró el cigarro, lo pisó—. Así que lo vamos a ganar antes, en instrucción, por el único flanco que tiene esta catedral de mentiras: el exceso.
¿Usted sabe por qué las coartadas falsas caen, señora Ruiz?
Porque son demasiado buenas. La verdad cojea.
La mentira baila. —Se subió al coche, bajó la ventanilla—.
Búsqueme una cosa, ya que anda buscando: un solo mensaje de esos setenta y uno enviado en un momento en que sea físicamente imposible que lo enviara mi cliente.
Uno me vale. La perfección es como el hormigón: aguanta toneladas y se rompe por una burbuja.
Volví a Madrid con dos encargos y una promesa, que ya era el patrimonio más grande que administraba en años.
Leo cumplió a las 23:47, puntual a nuestra hora, y supe antes de leer que algo era distinto porque no hubo saludo, ni sorna, ni ramen. Solo un bloque de texto, ordenado como un parte:
Leo: He tocado las paredes. Te resumo y luego decides cuánto quieres saber, porque hay niveles de esto que no se pueden desconocer una vez conocidos.
Uno: la lectura del corpus MEIS_D de hace cinco semanas se hizo con credenciales de un servicio interno llamado GR-7.
En el organigrama público no existe. En el tráfico interno, GR-7 firma exactamente el tipo de documentos que tu inspectora colecciona: cierres, notas, informes.
Dos: GR-7 consultó tu ficha de usuaria, la tuya, Vera, hace diecinueve días.
Sesión corta. Once minutos. —Tres segundos—.
El mismo tiempo que tardó en etiquetar a Claudia.
Me senté en el suelo del salón. Literalmente: me resbaló la espalda por el lateral del sofá hasta la alfombra, con el teléfono en las dos manos.
Vera: ¿Y tres?
Leo: Tres es lo que no sé cómo decirte.
Vera: Leo. Llevamos catorce meses. Sé leer tus pausas.
Leo: Lo sé. Es mi manera de tomar aire. —Once segundos; el récord de la casa—.
Tres: me has pedido esta mañana que vigile la puerta por dentro.
Que mire quién entra, que proteja tu casa digital, que encuentre al que redacta.
Vera. —Y entonces lo soltó, limpio, sin adornos, como se sueltan las cosas que llevan semanas pesando—: Ya lo había hecho.
Llevo semanas haciéndolo. Desde antes del faro.
Y esta noche necesito contarte lo que eso significa, porque una parte te va a dar las gracias y otra parte no me va a perdonar, y las dos van a tener razón.