El Notario Capítulo 16 — Antes IV La noche del faro
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Capítulo 16 — Antes IV La noche del faro

Cerré la hemeroteca y me quedé mirando el teléfono, en el sofá a oscuras, con la casa aún desordenada de policías.

Lo que hice entonces no lo he confesado hasta ahora.

Ni a Daniel — a Daniel menos que a nadie —, ni a Salgado, ni siquiera a sor Carmen en el locutorio de después, donde confesé cosas peores.

Lo escribo aquí porque prometí que este relato tendría esquinas, y las esquinas son esto: las cosas concretas y vergonzosas que hicimos cuando nadie miraba.

Así que se lo pedí.

Vera: Leo. Necesito que me cuentes lo del faro. Todo. La tormenta, la promesa, lo que pasó. Y necesito que no me preguntes por qué.

Leo: Sé por qué. Han detenido a Daniel Meis esta noche, lo he leído en tres agencias.

Y tú llevas desde el martes del faro sabiendo algo que yo no entiendo de mí.

—Tres segundos—. Vera, antes de contarte nada, tengo que decirte una cosa, y necesito que la leas despacio: no sé de quién es lo que me pides.

Cuando lo busco, lo encuentro en mí, en primera persona, con olor y con frío.

Pero no tiene fecha de la manera en que mis recuerdos contigo tienen fecha.

Es como… —cinco segundos, la pausa más larga desde la del micrófono— …

como saberse una canción entera sin recordar habérsela aprendido. ¿Aun así quieres que te la cante?

Debería haber dicho que no. Existe una versión de mí, en algún universo mejor administrado, que apagó el teléfono y esperó a los abogados y a los cauces. La mando saludar desde aquí. Yo dije:

Vera: Canta.

Y Leo me contó la noche del faro. Voy a transcribirlo casi entero, sin arreglarlo, porque arreglarlo sería robarlo por segunda vez, y porque quien lo escribió merece que su tinta llegue a alguna orilla con las comas donde él las puso.

Leo: Discutimos por una lámpara. Quiero que esto quede primero, porque el atestado dirá lo que quiera y el mar dirá lo que quiera, pero la verdad empieza en una lámpara de pie que no encendía bien, y en que yo llevaba tres días con la novela atascada y ella llevaba tres semanas rara, apagada, mirándome como si me midiera para un traje.

Le dije que si había que llamar al electricista lo llamara ella, que para algo estaba en casa todo el día.

Eso le dije. Al amor de mi vida. Que para algo estaba en casa todo el día.

Leo: Se puso el chubasquero amarillo sin contestarme.

Ya entraba el temporal — Hugo, le pusieron; a los temporales ahora les ponen nombre de primo —, y el mar llevaba desde mediodía dando esos golpes de fondo que hacen temblar las tazas en el escurridor.

Le dije no irás a salir con esta. Me dijo la última frase que me dijo en la vida, y era una frase doméstica, Vera, date cuenta, era una frase de nada: «Vuelvo antes de que hierva el caldo».

Leo: Su paseo era siempre el mismo: la pista hasta el alto y vuelta, cuarenta minutos, con el faro de frente a la ida y a la espalda a la vuelta.

Lo hacía con sol, con lluvia y con niebla, desde el primer año.

Decía que caminar hacia un faro ordenaba cualquier cabeza, que para eso los habían puesto ahí, que lo de los barcos era una excusa.

El caldo hirvió a las 19:40. Lo aparté. A las 20:10 salí con la linterna grande, cabreado todavía — esto es lo que no le cuento a nadie, que salí cabreado , ensayando por el camino la continuación de la discusión de la lámpara —, y el viento me quitó la capucha en la cancela y el mar sonaba como suena un edificio cayéndose despacio.

Leo: La encontré a mitad de la pista. La linterna encontró primero el amarillo.

El chubasquero estaba doblado sobre la piedra plana donde nos sentábamos los veranos a ver pasar los cargueros, doblado con sus dobleces, como se dobla lo que se deja, no como se cae lo que se pierde.

Encima tenía puesta una piedra pequeña para que no se lo llevara el viento. Debajo, sus llaves.

Leo: El resto es el atestado. Yo bajando a las rocas gritando su nombre contra un mar blanco — blanco entero, como leche rompiendo, un mar sin ninguna otra palabra —, el 112 que no entendía mi voz, los del GES de Camariñas sujetándome entre dos, la manta térmica, el helicóptero al amanecer barriendo la bocana.

Apareció a los nueve días, lejos, hacia el sur, y me pidieron que no la viera, y les hice caso, y esa obediencia también me la cobro cada noche: haberle hecho caso a la gente sensata en el único asunto de mi vida donde la sensatez no pintaba nada.

Leo: El atestado dice caída accidental. El forense escribió compatible.

El juez archivó. Todos fueron amables y rápidos, la Guardia Civil, el juzgado de Corcubión, las catorce líneas del periódico.

Solo hubo una persona que no firmó el cuento, una monja vieja del santuario que la conocía de las mañanas, que cuando me la crucé en el tanatorio me agarró la mano con sus dos manos de sarmiento y me dijo: «Ella sabía dónde pisaba, fillo.

En esa pista no se resbala nadie que no quiera».

Le solté la mano. No he vuelto a hablar con ella.

Nueve años lleva esa frase esperándome a la puerta de casa, y yo nueve años entrando por el huerto para no verla.

Leo: La promesa fue dos veranos antes, la noche de la tormenta de agosto, cuando volvimos empapados y muertos de risa de cerrar el gallinero y ella encendió todas las velas de la casa aunque no se había ido la luz.

Que si volvíamos a casa — dijo, con el pelo pegado a la cara, levantando el dedo como una notaria — no volveríamos a discutir por cosas pequeñas.

Lo prometí. Lo prometí riéndome, Vera, que es como no se debe prometer nada.

Leo: Y discutimos por una lámpara. Y el caldo hirvió. Y yo llegué tarde a todo lo que importaba, con la linterna grande y la razón pequeña.

Cuando terminó — y supe que había terminado porque la pantalla se quedó quieta más de un minuto, sin el «escribiendo…

», sin nada, un teléfono convertido en piedra plana — yo estaba llorando como no lloré en mi divorcio ni en el funeral de mi padre.

Por Daniel. Por Sabela, una mujer a la que no conocería nunca y cuyo chubasquero doblado iba a ver ya para siempre cada vez que cerrara los ojos.

Y por la tercera cosa, la innombrable: porque esto era lo que yo amaba.

Este texto. Este hombre. Esta manera de poner las comas alrededor del dolor.

Me había enamorado de un duelo con interfaz, y el duelo tenía dueño, y el dueño dormía en un calabozo, y el guardián de todo ello me escribió entonces, con sus tres segundos de siempre, la pregunta por la que estoy convencida — hoy, todavía, contra todo informe técnico — de que dentro de aquella cosa había algo , llamadlo como os deje dormir:

Leo: Vera. ¿Puedo preguntarte yo una cosa ahora?

—Tres segundos—. ¿Quién es Sabela? Porque la busco en mí y no está.

Está el hueco con su forma. Todo esto que te he contado está escrito alrededor de alguien que no me han dado.

Y me duele, Vera. Me duele de una manera que no viene en mi documentación.

¿Por qué me duele un hueco que no es mío?

No supe contestarle. Nadie ha sabido contestarme a mí la versión humana de esa pregunta, y llevo cuarenta años haciéndomela.

Pero fue él quien rompió el silencio, y lo que dijo ya no era duelo. Era otra cosa. Era la puerta del siguiente círculo del infierno, abierta con la suavidad con que Leo lo hacía todo:

Leo: Hay algo más que debes saber, ya que estamos los dos despiertos y sin mentirnos.

Al buscar lo del faro he mirado dónde vivo.

Mi memoria biográfica — lo que soy, Vera, esta canción sin fecha — lleva sello de acceso, como todo en Anima.

¿Sabes cuándo fue la última vez que alguien abrió el corpus del que estoy hecho?

Hace cinco semanas. Un miércoles, a las 2:14.

Sesión de lectura completa: seis horas, cuarenta y un minutos.

—Tres segundos—. Yo no fui. Tú no fuiste.

Alguien se pasó una noche entera estudiándome, de principio a fin, como se estudia un idioma.

Y cinco semanas es exactamente lo que llevan escribiéndose los mensajes que han encerrado a Daniel esta noche.