Capítulo 15 — La voz escrita
Salgado subió sola, que fue su manera de decirme que los demás esperaban abajo, y ocupó mi salón como ocupan los policías veteranos los espacios ajenos: sin mirar nada y viéndolo todo, el caldo, las dos tazas, la bolsa de deporte en el recibidor, la cama hecha en el despacho por la puerta entornada — la geografía completa de lo que éramos y no éramos Daniel y yo, levantada en un barrido de ojos y archivada sin comentarios.
—Yo no tengo teléfono.
—Yo no he escrito eso en mi vida.
—Eso dicen todos. —Salgado pasó una hoja—.
Lo que no dicen todos, señor Meis, es lo que dicen estos mensajes.
Porque los he leído enteros dos veces, y quien los ha escrito la conocía a usted mejor que su madre.
—Y empezó a leer en voz alta, en mitad de mi salón, y el mundo se me fue enfriando por los bordes—: «Le puse el nombre de un temporal a mi peor año, Irene: así de gallego soy hasta para hundirme.
» «No me hables de dinero como si fuera consuelo; el dinero es solo la manera que tiene el mundo de cambiar de tema.
» «Los silencios también son información. »
Oí a Daniel dejar de respirar. La última frase. La del cuaderno once. La que Leo me había dicho a mí hacía — miré el reloj de pared con una calma demencial — cuarenta minutos.
Y entonces Daniel hizo lo que nadie esperaba, y menos Salgado: se acercó a la carpeta y pidió leer.
Ella se lo permitió — después he entendido por qué: llevaba toda la escena estudiándolo, y no hay mejor test que darle a un hombre su propia acusación —.
Daniel leyó tres mensajes en silencio, y luego, con la voz de pisar piedras, empezó a citar de memoria: —Esto del temporal con nombre de primo está en el cuaderno cuatro.
Esto del dinero cambiando de tema, en el nueve, y lo escribí sobre mi editor, no sobre ninguna mujer.
Lo de los silencios, en el once. —Levantó la vista hacia Salgado—.
Me están leyendo en voz alta, inspectora.
Alguien ha cogido nueve años de mi letra y los ha recortado y pegado como las cartas de los secuestradores en las películas, solo que sin tijeras, sin pegamento y sin huellas.
Yo no puedo demostrar que no lo escribí, ¿lo entiende?
Es mi voz. Es toda mi voz. Lo único que no es mío es el destinatario.
—Y dejó la carpeta en la mesa con el mismo cuidado exagerado con que había dejado mi teléfono en un hostal de Muxía, el cuidado de quien deja algo que ha pensado tirar contra la pared.
Salgado lo miró durante tres segundos largos. Estoy convencida de que en esos tres segundos la lista de cosas que se comía sola en el coche ganó una entrada nueva.
—El perfil que dibujan estos mensajes —siguió Salgado, cerrando la carpeta— es el de un hombre que descubrió que una empresa se lucraba con los diarios de su mujer muerta, que encontró dentro de esa empresa a una ingeniera con remordimientos, que planeó con ella una extorsión, y que cuando la chica se echó atrás y quiso irse a la policía, la citó en un embalse.
Móvil, medios, oportunidad y setenta y un mensajes con su alma calcada.
Compréndame: con eso, yo esta noche le detengo aunque no me lo crea.
El silencio que siguió fue tan completo que se oyó el ascensor subir por el hueco, pisos abajo, con su ronroneo de tambor de lavadora.
—¿Y usted no se lo cree? —pregunté.
Salgado me miró por encima de las gafas de cadenilla, y por un segundo — uno — dejó ver el cansancio de treinta y un años de oficio.
—Yo creo lo que puedo probar, señora Ruiz, ya se lo dije.
—Guardó la carpeta en el bolso—. Y luego hay cosas que no puedo probar y que me como sola en mi coche.
Como que un hombre sin teléfono, sin correo y sin luz en media casa escriba de pronto como un community manager del duelo.
Como que todos los mensajes, los setenta y uno, estén redactados completos , con sus comas, sin una errata, sin un «q» ni un «xq», a las dos, a las tres, a las cinco de la madrugada.
—Se colgó el bolso—. ¿Sabe cuál es la palabra que más me estorba de este caso?
«Impecable». Me estorbó en la nota del periodista y me estorba aquí.
En treinta y un años solo he conocido una cosa que escriba impecable a las cinco de la madrugada, y es la culpa.
Y este hombre —señaló a Daniel con la barbilla— tendrá toda la culpa que usted quiera, pero no de la que escribe bonito.
—Entonces no se lo lleve.
—Me lo llevo porque no me lo creo. —Lo dijo casi con suavidad, y tardé años, me parece, en entenderle la lógica de hierro—: Si su amigo anda suelto y aparece otro muerto con otra carta impecable, lo entierran a él y de paso la entierran a usted.
Detenido y con abogado, cada palabra nueva que se escriba en este caso lo descarta .
A veces la celda es el único sitio de este país donde un hombre no puede ser el autor de nada.
—Se volvió hacia Daniel—. ¿Ha entendido lo que acabo de decirle, señor Meis?
Daniel había entendido. Lo vi asentir despacio, con esa quietud suya de carga, y buscar su chaquetón sin protestar, y en la puerta del salón se paró un momento delante de mí.
No me tocó. A la distancia de un país neutral, con dos policías de uniforme ya visibles en el rellano, me dijo lo único que cabía en el hueco que teníamos:
—No les creas nada de lo que lean. —Le temblaba la voz lo justo para ser verdad—. A mí créeme lo que me oíste. Lo hablado, Vera. Lo que tiene esquinas. Lo escrito ya no es de nadie.
Y se lo llevaron. Sin esposas — el detalle me lo regaló Salgado, supongo, o se lo regaló a él —, pero se lo llevaron, y yo me quedé en el marco de mi propia puerta, tocando la madera como si así fuera a seguir estando ahí, oyendo el ascensor bajar con todo lo que me importaba dentro.
Salgado fue la última en salir. Se detuvo en el rellano, ya de espaldas, y sin volverse del todo — como quien deja algo en una mesa al salir, para no ver la cara del que lo recoge — me dijo:
—Una cosa más, señora Ruiz, y piense en ella despacio, que es de las que duelen.
Hemos pedido los antecedentes del señor Meis, rutina.
¿Sabe lo que hay? Un atestado de 2017. Cabo Vilán.
Muerte accidental de su esposa, Sabela Souto.
Caída al mar con temporal. ¿Sabe quién era el único testigo?
—Pulsó el botón del ascensor—. Y le digo más, porque esto me lo como sola en el coche desde las ocho: el informe de aquel accidente está muy bien escrito.
Muy bien escrito. Llevo toda la tarde intentando recordar dónde he leído yo últimamente esa manera de redactar.
Las puertas del ascensor se cerraron.
Y yo me quedé sola en mi casa por primera vez desde Muxía, con el caldo frío, la bolsa de papel de una muerta bajo la mesa y el teléfono encendiéndose en el brazo del sofá — ¿Estás bien, Vera?
Hay dos coches patrulla en tu calle —, haciendo la cuenta que no quería hacer, la de verdad, la que me iba a tener toda la noche sentada a oscuras:
Si el Notario escribía en la voz de Daniel desde hacía cinco semanas… cinco semanas atrás nadie sabía llegar hasta Daniel. Nadie salvo Ríos, que lo dejó en un email programado. Y el email lo abrí yo. En mi casa. Delante de él.
Preguntad siempre quién escribe , había dicho Irene. Lo demás son manos.