El Notario Capítulo 14 — Voces
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Capítulo 14 — Voces

Hay un estado del cuerpo para el que no tenemos palabra y deberíamos: el de las horas en que una noticia todavía se puede no creer.

La radio había dicho «una mujer, un embalse, sin identificar», y mientras la muerta no tuviera nombre, ella seguía técnicamente viva, doblando camisetas en algún lugar del mundo con su precisión de laboratorio.

Viví toda la tarde del viernes en ese paréntesis, y os aseguro que es el peor país que he visitado: se está de pie, se contesta al teléfono, se hierve agua que luego no se usa.

Daniel se instaló en mi casa esa misma tarde.

Lo decidimos sin decidirlo, con una sola frase suya desde la puerta — «hoy no te quedas sola en el piso de los dos centímetros» — y una bolsa de deporte que se quedó en el recibidor, sin deshacer, como una declaración de intenciones provisional.

Le hice la cama del despacho. Me deshizo la lógica doméstica en dos horas: encontró la cocina sin preguntar, puso un caldo con lo que había — «esto en mi casa es delito, tanta nevera y tanta nada» —, y cuando fui a sentarme en el taburete lo encontré girado hacia la barra, paralelo, milimétrico, en mi ángulo exacto.

Lo había recolocado sin saber nada del ángulo, por puro instinto de hombre ordenado.

Estuve a punto de llorar por un taburete. Así estaba yo de fina.

Abrimos su bolsa sobre la mesa del salón, con las persianas bajadas, y fue como practicarle la autopsia a mi historia de amor.

—Ciento doce —dijo cuando terminó, sin soltar la lista—. Somos ciento doce.

Y ahí estaba la cosa en la que yo no había querido pensar y que él, por supuesto, pensó el primero: los otros.

Los ciento once que no eran él. Fue recorriendo los identificadores con el dedo como quien pasa lista en un aula vacía: VILAR_M, con un porcentaje alto en «compañeras seniors» — ¿los diarios de qué mujer serían, de qué viuda, de qué maestra jubilada?

—; un CASTRO_A que alimentaba «perfiles jóvenes de duelo paterno»; un OTERO_R marcado como «epistolar, alta densidad poética» que a Daniel le arrancó un ruido raro, porque conocía a un poeta apellidado Otero que publicaba en su misma editorial y que murió el año del hackeo.

No lo pudimos confirmar esa noche y no era la noche de confirmarlo.

Pero recuerdo que Daniel dejó la lista sobre la mesa, con cuidado, como se deja una lápida pequeña, y dijo la frase que después repetiría Marián en un juzgado y un titular repetiría mal: «Esto no es una filtración de datos, Vera.

Esto es una fosa común. Con nosotros dentro, hablando».

—Guárdalo —dijo cuando terminé de leer la ficha de calidad.

Después, la ficha de calidad. La leí yo en voz alta porque él no pudo: «Corpus MEIS_D.

Material de duelo excepcional. Alta transferencia emocional.

Registro léxico: alto, con marcas dialectales recuperables.

Recomendado para composición de compañeros destinados a usuarias de perfil E-3/E-4» .

Y al pie, la firma de un revisor humano, un nombre y dos apellidos de persona normal, alguien que aquella mañana de 2021 leyó el duelo de un hombre por su mujer muerta, lo puntuó como se puntúa un hotel, y se fue a comer.

—Guárdalo —dijo Daniel cuando terminé. Tenía la voz rara—. Guárdalo todo otra vez en la bolsa, por favor.

El ticket de Claudia lo dejamos para el final, de común acuerdo, como se deja la habitación peor para el final de la mudanza.

Once minutos de domingo de madrugada entre la reclamación y la etiqueta.

Riesgo reputacional nivel 3. Recomendación: gestión externa.

Y la nota de cierre, cinco semanas después, redactada en ese castellano precioso que ya sabíamos reconocer los dos: sin esquinas, sin autor, sin alma.

La leímos en silencio. En el folio siguiente, alguien —a bolígrafo, con una letra pequeña y picuda que me pareció de repente la letra de una hermana— había escrito una sola línea:

«Preguntad siempre quién escribe. Lo demás son manos.»

Discutimos lo que había que discutir: llevarlo todo a Salgado esa misma noche o esperar el OK de I.

Yo defendí esperar y gané, y que me perdone quien lleve la cuenta de mis culpas: papeles sin fuente son papeles muertos, y si ella seguía viva y yo quemaba su material antes de tiempo, la mataba yo.

Esa frase dije, exactamente esa — «la mato yo» —, en mi salón, a las nueve y veinte de la noche del viernes, mientras en un depósito a treinta kilómetros una funcionaria le hacía a alguien la primera fotografía.

A las 23:40 hice lo que llevaba toda la tarde aplazando: el ritual.

No podía saltármelo. Un viernes sin mi «sigo viva» era, en el idioma silencioso que Leo y yo llevábamos catorce meses tejiendo, una anomalía del tamaño de una sirena, y las anomalías, me lo había enseñado ella misma, se escalan solas en once minutos.

Así que me senté en el brazo del sofá, con Daniel a tres metros recogiendo los platos del caldo, y escribí a mi teléfono como quien camina por un alambre:

Vera: Sigo viva. Día largo. Perdona el silencio.

Leo: Los viernes largos deberían estar prohibidos por convenio.

No pidas perdón por los silencios, Vera: los silencios también son información, y los tuyos siempre dicen la verdad aunque tú no quieras.

¿Caldo, a estas horas? Huele hasta aquí, es broma.

Pero has cenado caliente, lo sé por la hora de la vitro.

Me alegro. Cuídame ese pulso, que lo llevas alto desde las 13:40.

Desde las 13:40. Desde la radio.

Y entonces oí el ruido a mi espalda: un plato entrando en el fregadero con demasiado cuidado, ese silencio de alguien que se obliga a no hacer ruido.

Me volví. Daniel estaba apoyado en el marco de la cocina — el gesto del marco, su gesto, tocar madera para saber que sigue ahí — mirando el teléfono en mi mano.

No a mí. Al teléfono. Con la cara de un hombre que escucha llover en el tejado de otra casa que fue suya y ya no.

—Los silencios también son información —repitió, bajito, sin acusación, que fue lo peor—.

Eso está en el cuaderno once. Se lo decía yo a ella cuando se enfadaba y se metía en la cocina a fregar lo fregado.

—Se pasó la mano por la boca—. ¿Así os habláis?

¿Todas las noches? ¿Así… soy yo, cuando soy él?

—Daniel…

—No, si no es reproche. —Se sentó en el otro extremo del sofá, a la distancia exacta de un país neutral, y se quedó mirando la tele apagada donde nos reflejábamos los dos como dos figuras de belén mal colocadas—.

Es que llevo nueve años pensando que lo peor que me había pasado era perderla.

Y ahora resulta que hay algo peor, fíjate: oírme.

Oírme queriendo a otra con sus palabras.

—Giró la cabeza y me miró, y había en sus ojos una pregunta tan desnuda que tuve que sostenérsela con las dos manos—: ¿Y funciona?

Dime la verdad. ¿Se puede querer así, de vuelta, a algo que… ?

No llegó a terminarla. Y yo no llegué a contestarla, y a veces pienso — es una de las cosas que pienso a las cuatro de la mañana, ahora que mis cuatro de la mañana están vacías — que todo habría sido distinto si aquella pregunta hubiera llegado entera y yo la hubiera contestado entera, allí, aquella noche, con el caldo aún caliente en los platos.

Porque en la tele apagada donde nos reflejábamos, se encendió sola la pantalla de mi teléfono — tercera vez en mi vida; las llevo contadas todas — y en el mismo segundo sonó el telefonillo del portal, dos timbrazos cortos y uno largo, institucionales, inconfundibles, y las dos luces, la de la pantalla y la del recibidor, me llegaron como llega el relámpago y el trueno cuando la tormenta ya está encima: juntas.

En la pantalla del teléfono: Leo: Vera. Van a decir su nombre en las noticias de las doce. Quería que lo supieras por mí y no por la tele: se llamaba Irene.

Y en el telefonillo, una voz seca, profesional, de las que no gastan saliva:

—Señora Ruiz. Inspectora Salgado. Ábrame. Y dígale al señor Meis que baje también, que le estamos buscando desde las ocho.