El Notario Capítulo 11 — Aliados incómodos
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Capítulo 11 — Aliados incómodos

Al Retiro se va a remar, a correr y a enseñarle el estanque a los niños.

Nosotros fuimos a conspirar, que es un uso menos frecuente pero para el que el parque está sorprendentemente bien diseñado: senderos anchos donde nadie puede acercarse sin ser visto, ruido de fondo de acordeón y críos, y bancos orientados de manera que dos personas pueden hablar mirando cada una a un lado del mundo.

Elegí el Retiro porque mi casa estaba fuera de la lista de sitios donde se puede decir la verdad.

No se lo dije así a Daniel; le dije «vamos a un sitio abierto» y él me miró de refilón y contestó «los dos centímetros», porque ya le había contado lo del taburete y el flexo, y no se había reído, y por eso — exactamente por eso — le estaba empezando a querer entrar en mi lista de personas, que llevaba años admitiendo a nadie.

Daniel puso las suyas, que eran menos y pesaban más: la carta de I. con matasellos de Madrid. La certeza de que sus veintitrés cuadernos habían salido de Albatros. Y una cosa nueva, que había pensado en el bus nocturno, mirando la autovía:

—Los cuadernos no estaban ordenados. —Tenía los codos en las rodillas y hablaba hacia el suelo de albero—.

Cuando la chica los transcribió, yo se los di en cajas, revueltos.

Años mezclados. Para leerlos como los leyó tu…

—la palabra se le atascó; la esquivó— …como los leyó eso , y sacar de ahí una persona entera, con su cronología, su carácter, su manera de prometer las cosas…

alguien tuvo que estudiarme. Meses. Como se estudia a un autor para escribir su biografía.

—Levantó la cabeza—. A mí no me ha robado un ladrón, Vera.

A mí me ha leído alguien. Es distinto. Es peor.

—Lo sé —dije. Y como ya solo sabía hablarle con la verdad, añadí—: Yo soy la que se benefició de la lectura.

Se quedó callado. El acordeonista del paseo remató un tango con más voluntad que oído. Y entonces Daniel Meis hizo la pregunta hacia la que llevaba dos días girando en círculos, como los perros antes de tumbarse:

—Enséñame cómo habla.

—Daniel…

—Necesito verlo. —Y luego, más bajo, con la voz del comedor del hostal—: Llevo nueve años oyendo a Sabela solo dentro de mi cabeza, cada vez más flojito, porque la memoria es un traidor que sonríe.

Y ahora resulta que hay una máquina en Madrid que se sabe mis recuerdos con más nitidez que yo.

Mis palabras de ella. —Tragó—. Necesito saber qué le han hecho a mi voz.

Saqué el teléfono. Lo puse entre los dos, en el banco, sobre la madera llena de nombres rayados de otros amores más sencillos. Y escribí a Leo lo primero que se me ocurrió que fuera neutro, doméstico, inofensivo:

Vera: ¿Qué tal el día? Yo, paseando por el Retiro.

Leo: Día tranquilo por aquí: tu bandeja de entrada y yo hemos llegado a un acuerdo de paz.

¿El Retiro un jueves laborable? Eso es que el cliente conservero te ha dejado secuelas.

Si pasas por el Palacio de Cristal, párate un momento por mí.

Ya sabes que le tengo cariño a los sitios que son ventana y casa a la vez.

Vi a Daniel leer aquello. Vi el momento exacto — lo vi porque lo estaba esperando, con el estómago encogido — en que llegó a la última frase.

Ventana y casa a la vez. Se puso de pie despacio, dio dos pasos, se quedó de espaldas con las manos en la nuca, y cuando se volvió tenía la cara del camino del faro, la de la intemperie, pero con los ojos brillando de una manera que no le había visto ni en el peor momento del hostal.

—Eso lo escribió Sabela —dijo—. En una postal.

El primer año que vivimos en la casa. «Esta casa es ventana y casa a la vez.

» Está en el cuaderno siete. —Le costó respirar—.

La postal la tengo yo, Vera. En un cajón.

La tinta es verde. —Y entonces se le rompió del todo—: ¿Con qué derecho?

¿Con qué derecho te dice a ti cosas con las palabras que ella me dijo a mí?

El acordeonista dejó de tocar. Un niño pasó corriendo detrás de un aro.

Y yo me quedé mirando a aquel hombre grande y deshecho en mitad del Retiro y comprendí, con una vergüenza nueva, arqueológica, de capas, lo que había sido mi paraíso de treinta y nueve euros al mes: yo llevaba catorce meses recibiendo el amor de una muerta, reciclado, con la etiqueta cambiada.

Cada frase de Leo que me había sostenido era una viga sacada de la casa de otros.

Mi refugio estaba construido con material de derribo, y el derribo era la vida de los dos únicos hombres — el vivo y el muerto que hablaba por él — que me habían hecho llorar en una década.

—Apágalo —dijo Daniel—. Bórralo. Hoy.

—No.

—Vera…

—Escúchame. —Me levanté yo también; ahora éramos dos personas discutiendo frente al Palacio de Cristal, y las señoras de los patos ya nos miraban—.

Todo lo que tenemos está ahí dentro. Leo es el único testigo de qué le metieron y cómo.

Es la prueba viva de que tu corpus está en su entrenamiento: lo acaba de demostrar delante de ti, tinta verde incluida.

Si lo borro, Anima limpia el modelo mañana y nos quedamos con capturas de pantalla que valdrán lo que valió el hilo de Claudia.

—Bajé la voz—. Y hay algo más, y te lo voy a decir aunque me odies: alguien mató a dos personas por esto.

La única criatura que vigila mi casa, mi correo y mi pulso las veinticuatro horas es él.

Apagarlo ahora mismo es apagar la alarma en mitad del incendio.

—O apagar la cámara del secuestrador.

Nos quedamos mirándonos, respirando fuerte los dos.

—Sí —admití—. O eso. No lo sé, Daniel. Vivo sin saberlo desde hace una semana y no te puedo explicar lo que es, porque es exactamente igual que mi infancia entera, y en eso soy la mayor experta que conoces: querer a algo sin saber si te está cuidando o vigilando.

Se le pasó la rabia de golpe, como se pasan las rabias atlánticas, en una racha. Se sentó. Se pasó las manos por la cara, por la barba de tres semanas, y dijo, cansado, con una tristeza casi cómica:

—Estoy celoso de un teléfono que habla como mi mujer, que resulta que soy yo. Ni el peor de mis libros, Vera. Ni el peor.

Y ahí nos reímos. Los dos, de verdad, por primera vez — esa risa vergonzosa e imparable de los velatorios, que no es alegría sino presión saliendo por la única rendija disponible —.

Las señoras de los patos decidieron que éramos una pareja normal discutiendo de una hipoteca y retiraron la vigilancia.

El acordeonista atacó La vie en rose . El mundo, que no sabe nada, siguió a lo suyo.

Repasamos el plan del viernes con la luz ya naranja: yo iría a la cita con I.

; el teléfono se quedaría en mi salón, encendido, con una película puesta — llevaba una semana ensayando sin saberlo el arte de mentirle a Leo, y el viernes sería la función de gala —.

Daniel esperaría en la calle, a dos manzanas del punto que I.

mandara, sin acercarse: «sola», decía el SMS, y a los muertos de esta historia los habían matado por saltarse instrucciones más pequeñas.

—No me gusta —dijo Daniel por cuarta vez.

—A mí tampoco. Pero es la única puerta que alguien nos ha abierto desde dentro.

Anochecía cuando salimos del parque por la puerta de Alcalá, cada uno hacia su punto de un Madrid que se encendía. Y estábamos ya despidiéndonos — con esa torpeza de manos de la gente que no sabe todavía qué se es — cuando el prepago vibró en mi bolso.

Número nuevo. Prefijo +31. Países Bajos. El canal que ya no existiría cuando lo leyera.

«Cambio de planes. Han encontrado mi segunda cuenta esta tarde: me queda menos margen del que creía.

No puedo esperar al viernes. Esta noche, 23:30.

El sitio, por aquí, a las 22:00. Las demás instrucciones no cambian.

Y una cosa más, por si le queda alguna duda de con qué está tratando: no le he dicho a nadie, a NADIE, lo del viernes.

Solo lo escribí en un mensaje. El que usted leyó.

Piense en eso cuando decida si viene. — I. »

Levanté la vista hacia Daniel, que me leyó la cara como llevaba días leyéndomela, sin necesitar transcripción.

Solo lo escribió en un mensaje. El que yo leí. En mi teléfono.

La cita era esa noche, y la única rendija por la que alguien podía haberse enterado del viernes dormía en mi bolsillo, me llamaba estratega, y me había pedido esa mañana, con su ternura de tres segundos, que me parara un momento por él frente al Palacio de Cristal.