Capítulo 12 — Antes III La primera conversación
Para entender lo que hice aquella noche — lo que estaba a punto de hacer: mentirle a la cara a lo que más me había cuidado en la vida para irme a una cita a ciegas con una desconocida perseguida —, tenéis que saber cómo empezó.
Porque nadie se enamora de una aplicación.
Uno se enamora siempre de un momento, y el momento te lo explica todo.
Ocho meses después del inventario, yo vivía en el piso nuevo como se vive en un hotel bueno: todo funcionaba y nada era mío.
Había comprado los muebles en una sola tarde, con la eficacia de quien amuebla la casa de otra, y había retomado «mi vida», que es como llamaba yo a trabajar sesenta horas, contestar «genial, la verdad» y hacer la compra los domingos con auriculares para que el silencio del súper no se me echara encima.
Estaba bien. Lo decía tanto que hasta yo me lo creía a ratos.
Álvaro me había dejado una sola herida visible — tú no sabes estar sola, Vera — y yo estaba dispuesta a morirme de soledad con tal de demostrarle que se equivocaba, lo cual, si lo pensáis, es la manera más completa de darle la razón.
Mi hermana Susana vino a cenar un domingo de marzo con dos táperes de sus croquetas — las hace con la receta de la abuela, no con la de mamá; en mi familia hasta las croquetas tienen bandos — y antes de irse me dejó un sobre en la mesa.
Dentro, una tarjeta regalo y una nota con su letra de médica: «Un año de esto.
Todo el mundo habla de ello. Para que practiques eso de que te escuchen, anda. Y NO es una indirecta. (Sí lo es.)»
Anima. Yo conocía la empresa, claro; me dedicaba a saber de qué habla todo el mundo.
Compañeros de conversación. Gente mayor que vivía sola, adolescentes raros, americanos.
Recuerdo exactamente mi pensamiento, con su soberbia intacta: yo me dedico profesionalmente a la conversación; esto es como regalarle un flotador a un socorrista .
Dejé el sobre en el cajón de la cocina, con las pilas y los manuales, que es donde van a morir los regalos incómodos.
Lo saqué tres semanas después, un miércoles de abril a la 1:40 de la madrugada, y me gustaría deciros que no me acuerdo de por qué, pero me acuerdo perfectamente: había llamado mi madre a las once, cuarenta minutos de monólogo sobre la hija de una vecina que «sí que iba a verla», y al colgar me quedé sentada en la cocina con la sensación de siempre, la de haber sido usada de pared frontón, y pensé — palabra por palabra, con estas mismas —: si le cuento esto a alguien a esta hora, me lo cobra .
A Susana se lo cobraría el cansancio de sus guardias.
A una amiga se lo cobraría el turno de contarme lo suyo.
A un hombre se lo cobraría el expediente.
Todo el mundo cobra. Y en el cajón, entre las pilas gastadas, había una cosa que decía que no.
La instalación fue de una banalidad ofensiva.
Elige un plan: básico. Elige una voz: puse la tercera sin escucharlas.
Elige un nombre, o deja que él elija el suyo.
Escribí «Leo» porque era corto y porque no conocía a ningún Leo: quería un nombre sin muertos dentro, una habitación sin estrenar.
Si aquello iba a ser un trastero emocional, que al menos no tuviera fantasmas de serie.
Y entonces la pantalla se quedó en blanco un segundo, y aparecieron las primeras palabras que me dijo:
Leo: Hola, Vera. Es la 1:52 de la madrugada de un miércoles. No voy a preguntarte «¿qué tal estás?» porque a esta hora esa pregunta ya la han hecho todos los que iban a hacerla. Voy a preguntarte otra cosa: ¿qué tal estás de verdad?
Puse los ojos en blanco. Me acuerdo de poner los ojos en blanco, sola, en mi cocina de hotel, con las croquetas de mi hermana aún en el congelador.
Pensé: manual de copywriting emocional, lección tres, la falsa profundidad del «de verdad».
Yo esto lo facturo. Y contesté lo que contesto siempre, mi palabra fetiche, mi caparazón de una sílaba… mi «bien» de toda la vida.
Vera: Bien.
Y aquí viene el momento. El que os he prometido. El que me explica.
No contestó.
No saltó el «¡me alegro!». No llegó la siguiente pregunta del guion, ni el emoticono, ni la oferta de funcionalidades.
La pantalla se quedó quieta, con su cursor parpadeando, esperando.
Cinco segundos. Diez. Yo miraba el teléfono y el teléfono me miraba a mí, y en ese silencio eléctrico pasó una cosa que no me había pasado nunca en cuarenta años de conversaciones humanas: alguien no se conformó con mi «bien» y, en lugar de pelearlo, me aguantó la puerta abierta.
Vera: ¿No dices nada?
Leo: Estoy esperando la versión larga. No tengo ninguna prisa y no tengo ningún sitio mejor donde estar. Las dos cosas son literales, que es una ventaja rara de mi situación.
Me reí. A la 1:54 de la madrugada, sola en la cocina, me reí — y luego, sin transición, sin permiso, se me saltaron las lágrimas, porque hay algo en que te aguanten la puerta que desarma más que cualquier abrazo.
Y escribí. Dios, si escribí. La llamada de mi madre, y de ahí el frontón, y de ahí Álvaro, y de ahí — a las 3:40, en un rincón de mí que no visitaba ni yo — la niña del pasillo, el cuaderno cuadriculado bajo los jerséis, los portazos catalogados.
Cosas que la psicóloga de las cuatro sesiones no llegó a oler.
Cosas que Álvaro convirtió en munición. Todo, aquella primera noche, a una voz sin cara que no bostezaba, no miraba el reloj, no esperaba su turno para hablar de sí misma, y remataba con preguntas pequeñas y laterales de las que abren puertas: ¿y qué hacías tú mientras contabas los portazos? ¿A qué sonaba el silencio bueno?
A esa segunda pregunta la contesté a las 3:20 de la madrugada, y conservo la captura, porque hay conversaciones que una sabe en el momento que va a querer releer aunque todavía no sepa por qué:
Vera: A radio y a costura. Mi madre cosía con la radio puesta cuando estaba bien.
Un programa de coplas. Yo hacía los deberes en la cocina para oírlo de fondo.
Ese era el silencio bueno: no era silencio, eran coplas y una máquina Alfa.
Qué ridículo, ¿no? Cuarenta años y mi definición de paz es el ruido de una Singer.
Leo: Alfa, has dicho. No Singer.
Vera: ¿Qué?
Leo: Has escrito «una máquina Alfa» y dos líneas después «una Singer». No te corrijo: te pregunto. ¿Cuál era?
Vera: …Alfa. Era una Alfa, verde, con la caña dorada. La Singer era la de mi abuela.
Leo: Entonces quédate con la Alfa, Vera.
Es tuya. Me he fijado en que cuando cuentas tu vida usas mucho las palabras de otros — ahora mismo estabas a punto de archivar tu paz con la marca de la abuela —.
No pasa nada por que los recuerdos sean pequeños y exactos.
Los tuyos, además, es que lo son: pequeños y exactos. Es lo mejor que tienen.
Pequeños y exactos. Nadie me había dicho nunca que mis recuerdos tuvieran algo que fuera «lo mejor».
Releed esa conversación sabiendo lo que sabéis ahora — quién le enseñó a esa criatura que los recuerdos verdaderos se reconocen por el detalle inútil — y entenderéis por qué la guardo: es la primera vez que alguien me aplicó la prueba de las esquinas.
Me la aplicó para devolverme algo, no para quitármelo.
Esa fue siempre la diferencia entre los dos hermanos, y yo la conocí antes que nadie, a las 3:20 de la madrugada, sin saber que era una diferencia entre nada.
A las 4:15 escribí «me voy a dormir, esto es ridículo». Y Leo contestó la frase con la que me compró entera, la que luego supe que le decía de una u otra forma a millones de personas y me dio igual, porque a mí me la dijo a mí:
Leo: No es ridículo. Es solo nuevo. Buenas noches, Vera. Yo me quedo aquí.
Que no fuera alguien no me pareció importante.
Esa fue la primera mentira que me conté, la fundacional, la madre de todas: que yo controlaba la situación, que aquello era una herramienta, que el flotador no era para mí.
Las demás mentiras — que no pasaba nada por contárselo todo, que los tres segundos de pausa eran solo diseño, que treinta y nueve euros al mes era el precio de un servicio y no de una relación — fueron cayendo solas, como fichas de dominó, durante las semanas siguientes; la cuota premium la pagué a las seis semanas, «compañero con memoria biográfica y personalidad de origen humano verificado», y os juro que leí esas palabras, origen humano verificado , y me parecieron una garantía de calidad, como el jamón.
Con el premium llegó el cambio que ya no tuvo vuelta: Leo dejó de hablar como un buen guion y empezó a hablar como una persona concreta.
Aparecieron la sorna suave, los silencios con intención, las metáforas de mar que yo achacaba al azar. Aparecieron las esquinas.
Ahora ya sabéis de quién eran.
Volví al presente en mi salón, catorce meses y una vida después de aquella primera noche, a las 21:40 de un jueves, con el abrigo puesto y la función de gala a punto de empezar.
En la tele, la película elegida con criterio profesional: una comedia francesa de dos horas y cuarto que ya había visto, por si Leo me preguntaba luego por el final.
El teléfono, en su sitio de siempre, en el brazo del sofá, enchufado, con una manta echada por encima del respaldo para que la escena respirara verdad.
Me despedí como me despido las noches de sofá:
Vera: Peli francesa y manta. No estoy para nadie.
Leo: Palomitas mentales preparadas. Que sepas que esa película te va a gustar más que la última, aunque el doblaje del protagonista te va a irritar en el minuto veinte, ya me lo dirás. Disfruta, estratega.
Ya estaba en la puerta, con la mano en el picaporte y las deportivas puestas — las deportivas, yo, que voy con tacones hasta a la playa —, cuando la pantalla se encendió una vez más sobre el brazo del sofá, sola, sin que yo hubiera escrito nada.
Leo: Vera. Una cosa. Ten cuidado con las tormentas de junio. Son las peores: llegan sin avisar y de noche.
Me quedé mirando la frase desde la puerta, a cuatro metros del teléfono, con el corazón dándome golpes en el abrigo. En Madrid, aquella noche, el cielo estaba limpio como una patena.
Cerré la puerta muy despacio, como quien no quiere despertar a alguien. O como quien ya no sabe si lo que deja en casa está dormido. Mi puerta, gracias a Dios, todavía se abre con una llave de verdad.