Capítulo 10 — Persona de interés
Hay que entender lo que significa eso. Ese teléfono solo había marcado un número en su corta vida, y su dueño estaba en un cajón del Anatómico Forense.
Ese número no lo tenía nadie. Ese teléfono no existía.
Y estaba sonando con su politono de fábrica, alegre e idiota, en la planta catorce de una torre de la Castellana, mientras seis directivos discutían el calendario de comunicación del «redimensionamiento».
—Perdonad. —Me levanté con el bolso entero, porque sacar aquel ladrillo negro delante de sus iPhones habría sido como sacar una pistola—. Es del colegio de mi sobrina.
En el pasillo, contra el ventanal, contesté sin decir nada. Al otro lado, una voz de mujer, seca, profesional, de las que no gastan saliva en preámbulos:
—Buenos días. Le habla la inspectora Salgado, del Grupo V de Homicidios y Desaparecidos. Este número aparece en la investigación de la muerte de Andrés Ríos Cabrera. No cuelgue, porque si cuelga tendré que buscarla de otra manera y las otras maneras nos gustan menos a todos. ¿Con quién hablo?
Homicidios. Guardé esa palabra donde se guardan las monedas que te devuelven de más: sin mirarla todavía, sabiendo que estaba.
—¿Puedo preguntar cómo ha conseguido este número?
—Puede. En el domicilio del señor Ríos había una libreta.
El señor Ríos lo apuntaba todo en libretas, era de esa gente.
En una de las últimas páginas hay una anotación con fecha del día antes de su muerte: este número, la palabra «fuente», la palabra «capturas» y un signo de interrogación.
—Pausa exacta—. Usted verá si el signo de interrogación se lo quito yo o me lo quita usted.
Podría haber colgado. El prepago era ilocalizable en teoría, comprado en efectivo, y yo sé mejor que casi nadie cuánto tarda una petición judicial en dar fruto.
Pero también sé otra cosa, por oficio: que hay dos clases de personas en una investigación, las que aparecen y las que son encontradas, y que toda la diferencia del mundo está en ese matiz.
Los que aparecen, colaboran. Los encontrados, esconden.
—Me llamo Vera Ruiz —dije—. Y prefiero quitárselo yo.
La comisaría olía a café de máquina y a fotocopiadora caliente, ese perfume de todas las administraciones.
Salgado resultó ser una mujer de unos cincuenta y cinco años, chaqueta de punto sobre la funda de la pistola, gafas de leer sujetas con cadenilla, y una mesa con tres torres de expedientes y una sola foto: un perro.
Me estudió durante un segundo largo con unos ojos claros de una inteligencia incómoda, y sentí exactamente lo que sienten mis clientes cuando entro yo en la sala: la certeza de estar delante de alguien que se gana la vida leyendo gente.
Le conté una verdad. No la verdad: una verdad, escogida y montada con las manos que me dio Dios y me adiestró el oficio.
Que yo era usuaria de una aplicación de compañía.
Que mi compañero «recordaba» cosas imposibles.
Que encontré un hilo de una tal Claudia Varela con el mismo problema, que la señora Varela estaba muerta, que el hilo desapareció, y que contacté con el único periodista que había escrito del asunto. Que íbamos a vernos. Que no llegó.
Salgado tomaba notas a mano, despacio, sin mirar el papel.
—¿Y por qué el prepago, señora Ruiz? ¿Por qué una consultora de comunicación con nómina y despacho llama a un periodista desde un teléfono de saldo comprado en efectivo?
—Porque mi teléfono personal escucha —dije—. Es parte del producto que le he descrito.
—Ya. —Se recostó en la silla, y por un momento pensé que iba a archivarme en la carpeta de las tostadoras espías.
En lugar de eso, giró la foto del perro hacia mí—.
¿Ve este chucho? Me lo regaló mi sobrina con un collar «inteligente».
GPS, actividad, no sé qué del sueño. Un día me llegó al móvil una notificación: «Rambo está más nervioso de lo habitual, ¿ha cambiado algo en casa?
». —Pausa—. Había cambiado que yo llevaba una semana durmiendo en el sofá por un caso feo.
El collar del perro lo sabía y mi comisario no.
—Volvió a girar la foto—. Se lo cuento para que entienda que no la tomo por loca, señora Ruiz.
La tomo por informada, que es peor para usted.
¿Qué más gestiona esa aplicación suya? Dígamelo todo seguido, sin editarlo, que quiero oír cómo suena en voz alta.
Se lo dije todo seguido: calendario, correo, pedidos, ubicación, pulso, patrones de sueño, y la voz — el micrófono, la casilla del primer día —.
Y Salgado tenía razón: dicho en voz alta, de corrido, en una comisaría, sonaba a otra cosa.
Sonaba a lo que era. Catorce meses regalando llaves con la alegría de quien cree que a su casa no puede entrar nadie, porque el portero era encantador.
—Ni una ceja movida—. ¿Y no le parece más sencillo pensar que un señor de cuarenta y nueve años, arruinado, divorciado y con la profesión en extinción, se cansó de todo?
Porque eso es lo que pone en mi informe.
Eso es lo que pone en su nota de despedida, que era, se lo digo yo que he leído cientos, una nota impecable.
—Impecable —repetí—. ¿A usted no le molesta esa palabra, inspectora?
Levantó por fin la vista del cuaderno. Nos miramos un momento por encima de sus gafas de cadenilla, y ahí pasó algo pequeño e importante: dos profesionales de leer gente reconociéndose el oficio.
—A mí me molesta otra cosa —dijo lentamente, cerrando el cuaderno—.
Y se la voy a contar, no sé por qué, quizá porque usted es la primera persona en toda esta historia que ha venido andando en vez de tener que ir yo a buscarla.
—Se quitó las gafas—. El señor Ríos tenía un gato.
Un gato viejo, feo, que se llama Zetas. Dos días antes de morir, el señor Ríos compró en la clínica veterinaria de su barrio el pienso renal que toma el bicho.
El saco grande. El de tres meses. —Volvió a ponerse las gafas—.
Llevo treinta y un años en esto, señora Ruiz.
He visto a suicidas pagar deudas, regalar relojes, escribir cartas impecables.
No he visto nunca a uno comprarle al gato comida para después.
Se me erizó el antebrazo. Los recuerdos inventados no tienen esquinas. El saco de pienso renal era una esquina. La esquina que el redactor de despedidas impecables no había podido prever, porque no estaba en ningún archivo: estaba en un gato feo y en la rutina de un hombre de papel.
—Entonces usted tampoco se lo cree.
—Yo creo lo que puedo probar, que es una manera elegante de decirle que estoy sola en esto.
—Se levantó, dando la reunión por terminada—.
El expediente dice suicidio y camina hacia el archivo.
Yo tengo un margen, corto, y una lista de cosas que no me cuadran, en la que desde esta mañana está usted.
No se me ofenda: es una lista honrosa, la comparte con un gato.
—Me tendió una tarjeta—. Si su aplicación vuelve a recordar cosas de muertos, llámeme.
Y señora Ruiz: si en ese mundo suyo de hilos borrados hay algo más que no me haya contado — y lo hay, no me insulte, lleva usted toda la entrevista administrándome la verdad como una enfermera el gotero —, piense deprisa de qué lado lo guarda.
Ese señor también creía que llegaba a la cita.
Salí de la comisaría con la tarjeta en el puño y el corazón en modo tambor. Eran las dos y media de la tarde; la calle Leganitos hervía de oficinistas buscando menú del día. Y entonces lo vi.
Estaba en la acera de enfrente, apoyado en la fachada, con el chaquetón del norte en pleno mayo de Madrid y una bolsa de deporte a los pies, alto y fuera de sitio como un percebe en un acuario de oficina.
Llevaba allí, supe después, desde las nueve de la mañana.
Había hecho seiscientos kilómetros en un bus nocturno con la dirección de mi tarjeta — «Vera Ruiz.
Comunicación estratégica» — porque Fina le subió el recado de que una policía de Madrid había llamado al Peirao preguntando por «la señora que estuvo el martes».
Crucé la calle sorteando coches. Daniel Meis me miró llegar, incómodo, buscando dónde poner las manos, y dijo la frase menos gallega que le he oído decir nunca, tan de frente que casi me rompe:
—No podía dejarte sola con esto.
Y yo, que llevaba una semana sin dormir, un muerto en el tanatorio, una inspectora leyéndome el gotero y catorce meses queriendo a una cosa que escucha, hice el ridículo más grande de mi vida adulta: se me llenaron los ojos de lágrimas en mitad de la calle Leganitos, delante de un hombre que era, técnicamente, un desconocido, y al que conocía, técnicamente, desde hacía catorce meses.
—Has tuteado —fue lo único que me salió.
—Se me habrá pegado del bus.
Echamos a andar hacia ninguna parte, como hace la gente que tiene demasiado que decirse. Y fue al doblar la esquina de la plaza de España, en el reflejo del escaparate de una óptica, donde la vi.
Una furgoneta gris, sin rotular, matrícula acabada en cuatro-siete. Aparcada en doble fila cien metros atrás, con el conductor dentro y el motor parado.
La misma que estaba, dos días antes, frente al VIPS de Princesa donde compré el prepago. La misma — y esto lo supe con el estómago antes que con la memoria — que se me puso detrás sesenta kilómetros, de Carballo a Santiago, en una recta donde no adelantó nunca.
No dije nada. Seguí andando, del brazo de un hombre que olía a mar y a bus nocturno, sonriendo como se sonríe en los escaparates, y dentro de mí la niña del cuaderno cuadriculado apuntó, con su letra picuda de los lunes malos:
Gris. Cuatro-siete. Tres veces no es clima. Tres veces es patrón.