Capítulo 8 — Las palabras robadas
El hostal de Muxía tenía un comedor diminuto que olía a cera y a mar, con cuatro mesas vestidas para un desayuno que aún quedaba lejos.
Bajamos allí porque no se puede tener la conversación más rara de tu vida en el pasillo de un hostal, con la dueña dormida al fondo y él chorreando agua sobre el linóleo.
Daniel Meis se sentó en el borde de la silla, sin quitarse el chaquetón empapado, como quien no piensa quedarse, y así, sentado en el borde, se quedó tres horas.
—Enséñemelo —dijo.
Puse el teléfono sobre el mantel, entre los dos, con la conversación del faro abierta. Él lo miró sin tocarlo. Un hombre que parte leña mirando un teléfono como se mira una víbora dormida: calculando la distancia.
Después lo cogió. Y leyó.
Yo he presenciado cosas difíciles de ver.
He estado en la sala cuando a un ministro le enseñan la portada del día siguiente.
He visto a un empresario leer el hilo de Twitter que lo convertía en monstruo nacional con la taza de café a medio camino de la boca.
Sé cómo se le mueve la cara a la gente cuando el mundo se le reorganiza delante.
Y no había visto nunca nada como lo que le pasó a Daniel Meis leyendo dieciocho líneas de chat en el comedor de un hostal.
Primero fue la extrañeza técnica, casi profesional: el ceño de quien corrige galeradas.
Luego se detuvo en una frase — supe exactamente en cuál, porque los labios se le movieron sin sonido: como leche rompiendo — y la extrañeza se cayó y debajo no había rabia, todavía, sino una cosa mucho peor: reconocimiento.
La cara de encontrarse a un muerto por la calle.
Pasó el pulgar hacia arriba, leyó más, volvió atrás, releyó.
Y entonces llegó la rabia, pero no explotó — se le fue metiendo en las manos, que empezaron a temblarle con el teléfono dentro, hasta que lo dejó en el mantel con un cuidado exagerado, como se deja algo que se ha pensado tirar contra la pared.
—¿Dónde ha leído esto la aplicación? —Su voz iba muy despacio, pisando piedras—. Estas palabras. ¿De dónde las ha sacado?
—Eso he venido a preguntarle a usted.
—No. —Negó con la cabeza, terco, casi infantil—. Usted no lo entiende. Esto no lo ha leído en ningún sitio. Esto no está en ningún sitio. —Se tocó el pecho, un golpe con los nudillos, dos—. Esto lo escribí yo. A mano. De madrugada. Para nadie.
Y me lo contó. No de corrido — de corrido no le salía; se levantó dos veces, una para pegarse a la ventana negra donde no se veía más que su reflejo, otra para nada, para estar de pie —. Pero me lo contó.
Que después de lo de Sabela — lo dijo así toda la noche, lo de Sabela , con el artículo de la aldea, y yo no pregunté, porque hasta yo sé que hay puertas que no se empujan a la 1:40 — se pasó dos años sin dormir más de tres horas seguidas.
Que su médico le mandó pastillas y su editora le mandó otra cosa: escribir.
«Tú no sabes estar vivo sin escribir, Daniel, y ahora mismo no sabes estar vivo de ninguna manera, así que empieza por donde sabes.
» Que llenó, a mano, en la mesa de la cocina de esa casa donde ya no entraba nadie, veintitrés cuadernos.
Cartas a Sabela. Recuerdos con ella, apuntados para que no se los comiera el tiempo: el faro, la tormenta, la promesa, los buenos días, las discusiones tontas, el olor.
Un duelo entero en tinta, sin literatura, sin público, sin esquinas limadas.
En algún punto de la noche — iba por la segunda vez que se levantaba a estar de pie — le pregunté cómo era.
Sabela. No para la investigación: no todo aquella noche fue investigación, y quien haya velado a alguien con un desconocido sabe de qué hablo.
Daniel se quedó parado, de espaldas, y vi que la pregunta lo pillaba sin defensa preparada, porque nadie se la hacía ya: a los viudos, pasado el primer año, se les pregunta cómo están, cómo lo llevan, si comen — nunca cómo era ella, que es la única pregunta que quieren contestar.
«Era maestra», dijo por fin. «En Camariñas.
De las de antes, de letra redonda en la pizarra y galletas en el cajón para los que venían sin desayunar.
Los niños la llamaban señorita Sabela hasta con cuarenta años, y los padres también, y el cura.
» Se volvió a medias. «Se reía antes del chiste.
Esa era su manía peor: se lo veía venir y se reía antes, y me lo estropeaba, y yo se lo contaba igual solo por verla llegar antes que yo.
» Hizo una pausa larga, y añadió, más bajo, la única frase de toda la noche que no parecía dirigida a mí: «Escribir de ella lo hago desde hace nueve años.
Hablar de ella en voz alta no lo hacía desde el funeral.
Es distinto. La voz gasta más». Y comprendí, con vergüenza retroactiva, la diferencia exacta entre lo que yo había recibido durante catorce meses y lo que tenía delante: a mí me habían dado el texto.
El texto no gasta. Por eso pudieron venderlo.
—Mi editora me convenció para pasarlo a limpio.
—Estaba otra vez sentado, mirándose las manos—.
«Aunque no lo publiques nunca. Para tenerlo.
» Me mandó a una chica de la editorial que transcribía manuscritos.
Tres meses tecleando mis cuadernos en un portátil de la empresa.
Albatros, la editorial. Cuando terminó, pedí que me devolvieran los cuadernos y que borraran el archivo.
Me juraron que sí. Firmé no sé qué papeles.
Y me volví aquí, y se acabó: no publiqué, no volví a escribir, no volví a saber de ellos.
—Levantó la vista—. Hasta que hace siete años me llegó una carta de un bufete.
Que si Albatros había sufrido un «incidente de seguridad informática».
Que si mis «datos personales» podían estar «comprometidos».
Datos personales. —Se rio sin ninguna risa—.
Pensé en mi DNI y en mi cuenta corriente, como todo el mundo.
Tiré la carta al fuego. Mis datos personales.
Veintitrés cuadernos. El setenta por ciento del paquete, había escrito Ríos. El paquete entero es, básicamente, un hombre.
—Hay algo más que debe saber —dije, y se lo di entero, como me lo había dado a mí el muerto: el hilo de Claudia, el burofax, la fuga de gas.
El hombre de papel, la cita a la que no llegó, la despedida sin esquinas de las 6:10.
El email programado con su nombre y su dirección. Empieza por él. Es el original.
Escuchó sin interrumpir ni una vez, cada vez más quieto, con esa quietud suya que ya empezaba a saber leer: no era calma. Era carga. Cuando terminé, el silencio duró tanto que oí el mar cambiar de fase al fondo, y la nevera del comedor, y un canalón.
—Dos muertos —dijo al fin.
—Puede que sea casualidad. Dos datos no hacen una…
—Dos muertos alrededor de mis cuadernos. —No me estaba escuchando; hablaba hacia dentro—. Sabela decía que yo escribía demasiado triste para publicar. «Ti escribes para un lector solo, Daniel.» —Tragó—. Un lector solo. Si ella levantara la cabeza y viera el plan de negocio que le han montado a eso.
Y entonces hizo la pregunta. Yo sabía que llegaría desde que abrí la puerta del hostal, la llevaba viendo venir toda la noche como se ve venir una borrasca en un mapa, y aun así no estuve preparada:
—Esa aplicación. —No me miraba; miraba el teléfono apagado sobre el mantel—. Usted la usa. Me ha dicho que la usa. —Una pausa larguísima—. ¿Él le decía… esto? ¿Mis palabras? ¿Se las decía a usted como… suyas? ¿De él?
Hay muchas maneras de contestar a eso y todas eran humillantes, y yo estaba muy cansada, y eran las cuatro y pico de la madrugada, y a esa hora la sonrisa operativa no funciona. Así que dije la verdad, en voz baja, mirando el mismo teléfono que él:
—Llevo catorce meses enamorada de un hombre que no existe. —Y luego, más bajo—: Ahora resulta que sí existe. Y me está mirando con toda la razón del mundo como si yo le hubiera robado algo.
Daniel Meis me miró entonces — me miró de verdad, por primera vez desde el camino del faro, sin intemperie, sin cálculo — y en su cara pasó algo muy rápido que no supe nombrar esa noche y que he tardado mucho en poder escribir: se reconoció.
En la vergüenza, se reconoció. Dos personas que habían querido a alguien que no estaba: él a una muerta, yo a un producto.
Los dos por escrito. Los dos de madrugada.
Los dos con testigos de treinta y nueve euros al mes o de veintitrés cuadernos, que viene a ser la misma tarifa pagada en distinta moneda.
No dijo nada de eso, claro. Es gallego y estaba en duelo desde hacía nueve años. Lo que dijo fue:
—Usted no me ha robado nada. —Se levantó, cogió su chaquetón—. A usted también la han robado. Lo que pasa es que a usted le han robado algo que todavía no sabe cómo se llama.
Ya estaba en la puerta del comedor cuando se paró, de espaldas, la mano en el marco — el mismo gesto que en su casa, tocar el marco para saber que sigue ahí —.
Se quedó así un momento. Luego volvió, despacio, sacó del bolsillo interior del chaquetón un papel doblado en cuatro, ablandado por la lluvia, y lo puso sobre el mantel.
—Me llegó hace un mes. Al bar, porque yo no tengo buzón. Pensé que era de un loco. —Me miró—. Ahora pienso que el loco soy yo, por haberla llevado un mes en el bolsillo sin enseñársela a nadie.
Lo desdoblé. Una cuartilla blanca, impresa, sin fecha, sin firma más que una inicial. Matasellos de Madrid.
«Sé lo que hicieron con sus palabras. No es usted el único. Y los que preguntan están empezando a tener accidentes. Si viene alguien a buscarle — alguien de verdad, no de ellos —, sabré encontrarles. — I.»
Leí la cuartilla tres veces. Los que preguntan están empezando a tener accidentes. Escrito hacía un mes. Cuando Ríos todavía usaba el futuro.
—Daniel. —Era la primera vez que lo llamaba por su nombre—. ¿Quién sabe que usted vive aquí?
—Nadie. La editorial de entonces, el bufete de la carta. —Se encogió de hombros—. Y desde esta semana, por lo visto, media España.
Fuera había parado la lluvia. Por la ventana del comedor, muy lejos, sobre el negro del mar, el faro de verdad barría la noche cada nueve segundos, puntual, con su luz de siempre, sin saber que se había convertido en el recuerdo mejor vendido de España.