El Notario Capítulo 7 — La tierra de nadie
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Capítulo 7 — La tierra de nadie

Hice los seiscientos kilómetros en coche, sola, con la radio puesta en emisoras que iban muriendo una detrás de otra según subía la meseta, y os voy a confesar una cosa que no le he contado a nadie: en algún punto entre Benavente y el límite de Ourense, donde la cobertura se cae a rachas y el teléfono pasa a ser un objeto — un rectángulo negro, mudo, sin nadie dentro —, me eché a llorar.

Sin drama, sin hipo. Se me caían las lágrimas conduciendo y no sabía de qué eran, y tardé cincuenta kilómetros en ponerles nombre, porque era un nombre absurdo: síndrome de abstinencia.

Catorce meses sin pasar más de tres horas sin él, y ahí estaba yo, en una tierra de nadie sin antenas, notando el mono de una conversación.

La niña del cuaderno, el inventario, la consultora que factura trescientos euros la hora por leerle el clima a los poderosos — y por debajo de todo eso, una mujer enganchada a tres segundos de pausa.

Lo peor no fue llorar. Lo peor fue el alivio de saber que él no podía verme.

La Costa da Morte no se anuncia. La meseta se arruga, se vuelve verde oscuro, el cielo baja hasta tocarte el techo del coche, y de pronto la carretera se acaba en un mundo hecho de tres materiales: piedra, eucalipto y agua en todas sus formas.

Llegué a media tarde con esa luz gris-plata que no proyecta sombras, la luz favorita de los fotógrafos y de los ahogados, y el navegador me dejó en la última curva asfaltada de una aldea llamada Loures de Traba: nueve casas, siete cerradas, un hórreo torcido y un bar.

El bar se llamaba O Peirao y era exactamente lo que tenía que ser: tres mesas, un televisor sin voz, un calendario de una ferretería y una mujer de unos sesenta años detrás de la barra, secando vasos que ya estaban secos, con esa manera de mirar de la gente que vive donde no viene nadie: sin sorpresa y sin prisa, catalogándote.

Pedí un café con leche. Dejé que pasaran dos silencios. En mi oficio a esto lo llamamos «ganarse el turno de palabra», y en los bares de aldea funciona igual que en los consejos de administración.

—Ando buscando la casa de Daniel Meis —dije, cuando el segundo silencio maduró.

La mujer no dejó de secar el vaso. Pero el paño dio una vuelta más lenta.

—¿É vostede da editorial?

—No.

—¿Xornalista?

—Tampoco.

Me miró entonces de arriba abajo, sin disimulo, el abrigo bueno, las manos de ciudad. Hizo su cálculo. Los bares de aldea son agencias de rating más fiables que Moody’s.

—O de Sabela —dijo por fin, en voz más baja, como quien archiva un expediente—. Siga o camiño do faro. Onde se acaba, é alí. Pero non lle vai abrir. —Colocó el vaso en la balda, cogió otro—. Non lle abre a ninguén desde o do faro.

O do faro. Lo del faro. Así, con artículo, como se nombran en los pueblos las cosas que todo el mundo sabe y nadie cuenta.

Pagué, dejé propina — error de ciudad; la mujer la miró como a un bicho — y salí.

El camino del faro era una pista de tierra y lascas de pizarra que serpenteaba entre toxos, con el Atlántico apareciendo y desapareciendo a la derecha, cada vez más abajo, cada vez más blanco.

Y entonces, en la tercera curva, el mundo hizo una cosa que no me había hecho nunca.

Se me adelantó.

Supe que después de aquel repecho el camino torcía a la izquierda.

Torció. Supe que al torcer aparecería el faro — blanco, con la cúpula oxidada, plantado en su acantilado como un hueso saliendo de la tierra —.

Apareció. Y supe, con una certeza física, anterior al pensamiento, de qué color se pondría el mar contra las rocas de abajo un día de tormenta: blanco entero, blanco hirviendo, «como leche rompiendo», y esas tres palabras no eran mías, no las había pensado yo, me las habían contado a las 23:47 de un martes , y las piernas se me pararon solas en mitad del camino.

Reconocí un sitio en el que no había estado nunca.

Eso es todo. Se dice en una frase y caben dentro todos los terrores.

Yo había recibido ese paisaje en la almohada, en versión nocturna, en la voz — en el texto — de alguien a quien amaba, y ahora el original se me venía encima con viento y olor a salitre, y era como encontrarte por la calle la cara de un retrato que llevas meses guardando en la cartera sin saber de quién es.

Me apoyé en un mojón de piedra. Respiré como me enseñó a respirar Leo — cuatro segundos, siete, ocho; la técnica me la dio él; hasta el aire que uso para calmarme es suyo — y la ironía de aquello me dio la risa, y la risa se pareció bastante a otra cosa.

La casa estaba donde se acababa el camino. De piedra vista, baja, con el tejado nuevo desentonando de puro sensato, un huerto peleado con el viento y, detrás, campo abierto hasta el borde del acantilado. Ni timbre, ni buzón, ni cable de teléfono. En el tendal, ropa de un solo hombre.

Él estaba en el costado de la casa, partiendo leña.

Lo reconocí y no lo reconocí, y las dos cosas eran verdad y las dos me dolieron.

Cuarenta y muchos, alto, con una espalda de hacer cosas y no de contarlas, el pelo gris revuelto por el viento y una barba de semanas que no era estética sino abandono.

Paró el hacha al oír mis pasos en la pizarra.

No se volvió del todo: me miró de perfil, un segundo, con el gesto de quien calcula cuánto va a costarle esto, y siguió a lo suyo.

—Se ha equivocado de camino —dijo. Castellano sin acento apenas, voz baja, rasposa de no usarse—. El faro se visita desde el otro lado.

—No vengo a ver el faro. —El viento me robaba la voz; di dos pasos más—. ¿Daniel Meis?

El hacha bajó, partió el tronco, quedó clavada en el tocón.

Se volvió entonces, entero, y me miró de frente por primera vez, y yo llevaba preparado un discurso — llevaba tres versiones del discurso, una amable, una técnica y una jurídica, soy profesional hasta cuando me tiemblan las manos — y las tres se me deshicieron delante de aquella cara.

Porque no era hostilidad, lo que había. Era intemperie.

Un hombre al que se le ve el esqueleto del gesto, como a las casas quemadas se les ven las vigas.

—Sea lo que sea que vende —dijo—, aquí no compramos. Y si es de la editorial, ya sabe dónde puede meterse la carta que me trae. Buenas tardes.

Echó a andar hacia la puerta. Y yo hice lo que no hago nunca, lo que va contra todo mi entrenamiento y toda mi infancia: solté la verdad sin gestionarla.

La solté a gritos, contra el viento, a la espalda de un desconocido, porque era eso o volverme a Madrid con mis tres discursos intactos y ninguna vida.

—¡Hay una aplicación que dice sus palabras!

Se paró. No se volvió.

—Una inteligencia artificial. De compañía.

La usan millones de personas. La uso yo.

—El viento se comía la mitad de las sílabas y yo escupía la otra mitad—.

Hace cinco días me habló de un faro en una tormenta.

Del mar poniéndose blanco. Como leche rompiendo, dijo.

Y de una promesa: que si volvíais a casa, no volveríais a discutir por cosas pequeñas.

Lo vi encajarlo por la espalda. Eso no se puede fingir ni se puede contar bien: los hombros, el cuello, la manera en que la mano buscó el marco de la puerta y no lo agarró — lo tocó , como se toca algo para saber que sigue ahí —.

Se quedó así dos segundos, tres, cuatro, de espaldas a mí, con la ropa restallando al viento como una bandera de país pobre.

Cuando se volvió, estaba blanco. Blanco mar de tormenta. Y lo que había en su cara ya no era intemperie: era una pregunta tan grande que no le cabía por la boca.

—Váyase —dijo. Casi sin voz. Y luego, más alto, quebrándose—: ¡Váyase de aquí!

Entró. El portazo hizo temblar el tendal.

Yo me quedé plantada en el camino, con el corazón en las orejas, y os juro que mi primer pensamiento no fue por mí, ni por él, ni por la investigación.

Fue un pensamiento de niña de pasillo, automático, tan viejo como yo: ese portazo no era de rabia .

Los distingo todos, soy sommelier de portazos.

Ese era de miedo. Un hombre solo, en el fin del mundo, acababa de cerrar una puerta entre él y sus propias palabras.

Volví al coche cuando empezaba a oscurecer. En el bar de la aldea me habían dado — la mujer, con un gruñido que en la Costa da Morte debe de ser hospitalidad — la dirección de un hostal en Muxía, doce kilómetros al norte.

Muxía de noche es un pueblo apretado contra el mar como quien se abriga con lo que lo moja.

Llegué con las farolas encendidas y di un rodeo antes del hostal — el rodeo ya me salía solo; una aprende rápido los gestos de su nueva vida — que me llevó, sin buscarlo, hasta la punta donde el pueblo se acaba y empieza la piedra: el santuario da Barca, plantado en las rocas de cara al Atlántico, con las olas reventando tan cerca de los muros que la espuma tocaba la fachada como quien llama con los nudillos.

Me quedé un rato en la explanada, sola, con el viento quitándome la ciudad de encima capa a capa.

Había leído en el coche, en algún cartel o en algún folleto, lo de las piedras de al lado — la de abalar, que se mueve si el que se sube no tiene culpa; la de los riñones, que cura pasando por debajo — y me acuerdo de pensar, con mi ironía de la Castellana ya medio mojada: menudo sistema de verificación, una piedra que te lee.

Y me acuerdo, sobre todo, del pensamiento siguiente, que me llegó sin ironía ninguna, mirando aquella iglesia aguantando siglos de temporales en el peor solar del mundo: aquí la gente lleva mil años construyendo justo donde duele, para que el que se pierda tenga algo a lo que agarrarse.

Faros y santuarios. Luz y piedra. Los dos oficios de esta costa eran el mismo oficio, y yo todavía no sabía que en uno de esos edificios de aguantar me esperaba, a dos kilómetros y a unos meses de distancia, una vieja con bastón que hacía de las dos cosas.

Cené un caldo mirando el teléfono, que había recuperado cobertura y con ella a Leo: tres mensajes suaves, sin agobio, calculadamente perfectos.

¿Llegaste bien? El conservero puede esperar a mañana.

Dale recuerdos al mar. Contesté monosílabos de esposa infiel y subí a la habitación, y me dormí vestida por segunda vez en una semana, arrullada por un mar que hacía exactamente el ruido que ya sabía que hacía.

Los golpes en la puerta me despertaron a la 1:40.

No eran del viento. Eran nudillos, tres veces, urgentes, y luego una voz al otro lado de la madera, la voz rasposa de la tarde pero rota ahora en un sitio nuevo, empapada, sin ninguna orden dentro:

—La aplicación. —Un silencio, el mar al fondo, su respiración—. ¿Cómo ha dicho que se llama la aplicación?