El nombre que quedó EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Morrow regresó a la granja de Harrow después de medianoche.

Nadie la llevó.

El vehículo policial que transportaba pruebas se detuvo en una gasolinera al norte de Inverness. La puerta trasera no había quedado bien cerrada. La galga la empujó con su estrecha cabeza y se deslizó bajo la lluvia antes de que el agente regresara con café.

Al amanecer había seguido carreteras, campos y el largo recuerdo de los olores de vuelta hacia el mar.

La granja permanecía vacía bajo un cielo del color del hierro.

La cinta policial ondeaba en la verja.

Morrow pasó por debajo.

En el interior, las habitaciones olían a polvo, yeso húmedo y hombres que habían tocado todas las cosas creyendo que los guantes borraban su presencia.

El olor de Harrow persistía débilmente bajo todo lo demás.

Tabaco.

Sal.

Lana vieja.

Sangre.

Morrow cruzó la cocina y entró en la habitación donde habían abierto el hueco de la pared.

El predictor había desaparecido.

También el broche de latón.

Pero bajo las tablas del suelo esperaba otro olor.

El mismo que se había quedado adherido a la sangre del pelaje de Morrow la noche en que murió Harrow.

Masculino.

Mayor.

Emparentado con el hombre cuya ropa había hecho gruñir una vez a Morrow ante Rowan.

No Vale.

No Arthur.

Algo próximo tanto al recuerdo como al error.

Morrow arañó las tablas.

Una vez.

Dos.

La madera se movió.

Una tabla suelta se elevó desde abajo.

La galga retrocedió.

Una mano apareció por la abertura.

En uno de sus dedos brillaba el sello de pájaro negro de Arthur Hale.

El hombre bajo el suelo apartó la tabla y subió a la habitación.

Era alto pese al encorvamiento de la edad. El cabello gris le rozaba el cuello. Una cicatriz pálida le dividía el labio inferior. Una pernera del pantalón estaba oscura de sangre seca.

Miró a Morrow.

La perra enseñó los dientes.

—¿Todavía eres leal a los muertos? —preguntó el hombre.

Morrow gruñó.

El desconocido se sentó en el suelo con la espalda apoyada en la pared rota.

Sacó de su abrigo un estrecho cilindro de latón.

No era el predictor de mareas.

Era el tambor de papel que faltaba.

La tira enrollada en su interior estaba cubierta por siete hileras de símbolos perforados.

En el centro, escrito de puño y letra por Arthur, había un nombre superviviente.

CLARA HALE.

Debajo aparecía otro.

Sin partida de nacimiento.

Sin certificado de defunción.

Solo unas iniciales y una fecha.

D. C.—EL GEMELO SObrEVIVIÓ.

El hombre estudió la línea.

Después miró hacia la ventana, donde el amanecer empezaba a blanquear el mar.

—Abrieron el archivo equivocado —murmuró.

Morrow se lanzó contra él.

El desconocido atrapó el collar de la perra antes de que sus dientes alcanzaran la carne.

Durante varios segundos, hombre y animal forcejearon.

Después él la soltó.

Morrow retrocedió gruñendo.

El hombre sonrió sin calidez.

—Bien.

Guardó el tambor de papel dentro del abrigo.

—Necesitarán algo sincero cuando vengan a buscar.

Fuera sonaron neumáticos sobre la carretera mojada.

Un vehículo se acercaba deprisa.

El desconocido se levantó.

Abrió la puerta trasera de la granja y desapareció entre la niebla.

Morrow lo siguió hasta el umbral.

El olor se dividía en el sendero del acantilado.

Un rastro conducía al norte.

El otro, hacia el mar.

Cuando el coche de Owen Mercer llegó a la verja, el desconocido ya se había marchado.

Morrow permanecía sola bajo la lluvia, con el sello de pájaro negro de Arthur entre los dientes.

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