El nombre que quedó CAPÍTULO 63
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CAPÍTULO 63

EL ASCENSOR QUE SE NEGÓ A BAJAR A LA PLANTA BAJA

Vale volvió a probar el picaporte.

—¿Tessa?

Su voz atravesó la puerta cerrada del hospital con la paciencia medida de un hombre convencido de que la propia paciencia era una forma de posesión.

Dentro de la habitación, nadie respiraba.

Tessa estaba en la entrada del pasadizo oculto, con la mano de Rowan alrededor de la suya y la pistola de Catherine contra el muslo. Imogen permanecía cerca de la cama, mirando la puerta corriente al otro lado de la cual esperaba su marido.

La pulsera falsa del hospital estaba sobre la alfombra entre ellos.

EVELYN N. CALDER

Vale llamó una vez.

Sin fuerza.

No la necesitaba.

—Imogen.

Ella cerró los ojos.

Julian estaba en algún lugar más allá de aquella puerta. Lucas seguía en cuidados pulmonares. Gideon yacía en un ala vigilada. La ruta tras el armario podía sacar de allí a los demás, pero no a las personas que Vale todavía retenía arriba.

Tessa susurró:

—No tienes que quedarte.

Imogen abrió los ojos.

—Sí.

El agarre de Rowan cambió alrededor de la mano de Tessa.

No se cerró con más fuerza.

Era una pregunta.

Ella lo miró.

—No voy a abandonarla.

—Lo sé.

La respuesta llegó sin discusión.

Gideon, ligeramente encorvado alrededor de la sangre que le oscurecía la camisa, se inclinó hacia la pared del pasadizo.

—Tenemos treinta segundos antes de que Vale decida que la cortesía ha fracasado.

—Menos —dijo Catherine.

Callum miró hacia la puerta.

Tenía el rostro gris bajo los moratones. Una muñeca seguía entablillada; con la otra mano se apretaba con fuerza las costillas.

—¿Podemos dejar de hablar del tiempo y movernos?

Imogen atravesó la habitación.

Tessa le agarró la manga.

—Dijiste que sí a llevarnos a Julian.

—Lo decía en serio.

—Entonces ven con nosotros.

—Alistair abrirá esa puerta. Si encuentra una habitación vacía, cerrará todos los pasillos.

—Puede hacerte daño.

—Ya sabe cómo.

La sencillez enfrió a Tessa más que el miedo.

Imogen le tocó la mejilla.

—Vete.

Tessa negó con la cabeza.

—Nadie se marcha solo.

—Entonces no estoy sola.

Imogen miró hacia la puerta.

—Mi marido está esperando.

Vale volvió a llamar.

—Tessa, abre la puerta.

Imogen se quitó la alianza y la introdujo en la palma de Tessa.

El anillo era pesado y llevaba engastada una piedra verde oscura.

—Julian la reconocerá. Dile que elegí antes de que me lo pregunte.

Tessa cerró los dedos alrededor.

—Díselo tú misma.

—Eso pretendo.

Imogen cruzó hasta el armario y corrió la ropa colgada sobre la abertura.

Dejó el panel entreabierto menos de un centímetro.

Lo suficiente para oír.

No para ver.

Después se acercó a la puerta de la habitación y la abrió.

El cuerpo de Tessa avanzó por impulso.

Rowan no tiró de ella hacia atrás. Se interpuso y la miró.

—¿Quieres que la detenga?

Imogen ya tenía la mano en el picaporte.

A Tessa le ardió la garganta.

—No.

—Entonces nos movemos.

La puerta del dormitorio se abrió.

Vale entró.

El armario se cerró sobre él.

La oscuridad envolvió el pasadizo oculto.

Tessa oyó la voz de Imogen a través del panel.

—La despertaste.

Vale dijo:

—¿Dónde está?

—En el baño.

—La luz está apagada.

—Tiene dolor de cabeza.

—Apártate.

Catherine tocó el hombro de Tessa.

—Ahora.

El pasadizo descendía detrás del armario por una empinada sucesión de escalones metálicos. Unas tiras de emergencia brillaban débilmente a ras del suelo, tiñendo de verde los rostros de todos.

Tessa avanzó primero porque la bota ortopédica hacía imposible ir deprisa y porque se negaba a que la dirigieran desde atrás sin saber quién la seguía.

Rowan permaneció un escalón por debajo.

Lo bastante cerca para atraparla.

Lo bastante lejos para que seguir utilizando la barandilla fuera elección de ella.

Gideon y Callum iban detrás. Catherine cubría la retaguardia.

El pasadizo olía a óxido, polvo caliente y agua vieja del río.

Arriba, algo golpeó la pared del dormitorio.

Vale había encontrado el panel.

—Más deprisa —dijo Catherine.

Tessa no se volvió.

—Esto es lo más deprisa que puedo.

Nadie le dijo que no bastaba.

Los escalones terminaron en un rellano de mantenimiento bajo el ala oriental del hospital. De allí partían dos pasillos estrechos. Uno seguía las tuberías de calefacción hacia el antiguo bloque quirúrgico. El otro descendía hacia la terminal fluvial.

Catherine señaló a la izquierda.

—La suite de Julian está sobre diagnóstico. Tomaremos el ascensor de servicio.

—¿Por qué iba a estar conectada una suite privada con un ascensor de servicio? —preguntó Callum.

—Porque a Vale no le gusta compartir pasillos con los pacientes.

Gideon examinó el panel de llamada.

Habían retirado los botones. Solo quedaba una ranura para una llave.

Catherine sacó una llave de mantenimiento de latón.

Entró, pero no giró.

—La han cambiado —dijo.

Rowan alzó la vista.

Una trampilla cuadrada daba al hueco del ascensor sobre las puertas. Junto a ella había una escalera plegada sujeta por dos abrazaderas.

Gideon siguió su mirada.

—No.

Rowan dijo:

—No te lo he preguntado.

—Te abrieron el cráneo hace menos de un mes.

—Y la puerta hace menos.

Callum se apoyó en la pared.

—Me ofrecería voluntario, pero todo mi interior parece estar mal sujeto.

Catherine desenganchó la escalera.

—Gideon.

Él miró la sangre de su camisa.

—Magnífico.

Tessa se acercó a la trampilla.

Rowan se contuvo antes de ir a tocarla.

—¿Qué haces?

—Mirar.

—Puedo mirar yo.

—Tú eres más alto. Yo tengo menos probabilidades de perder el conocimiento por subir tres peldaños.

—Eso es discutible.

—Pregunta.

La mandíbula de Rowan se tensó.

—¿Me dejarás comprobar primero el hueco?

Tessa tuvo en cuenta sus heridas.

—No.

Él exhaló por la nariz.

Después asintió.

Gideon sostuvo la escalera mientras Tessa subía.

La bota ortopédica volvió incómodo el segundo peldaño. El dolor le tiró del tobillo. Continuó.

A través de la trampilla vio la parte inferior de la cabina de servicio, un piso por encima. Una palanca roja de emergencia sobresalía de la pared junto al raíl.

—Desbloqueo manual —susurró Catherine—. ¿Llegas?

Tessa extendió el brazo.

Demasiado lejos.

Las manos de Rowan quedaron suspendidas bajo sus caderas, sin tocarla.

—¿Puedo sujetarte?

—Sí.

Sus palmas se asentaron con cuidado sobre su cintura.

Tessa se inclinó.

Los dedos rozaron la palanca.

El hueco transportaba todos los sonidos: maquinaria, alarmas lejanas, el débil rumor del agua del río bajo los cimientos.

Entonces llegó otro ruido.

Una puerta que se abría en el rellano a sus espaldas.

Catherine se volvió.

Dos haces de luz blanca atravesaron el pasadizo.

—Las manos donde pueda verlas —dijo Reece Dunn.

Un segundo hombre estaba a su lado con un rifle compacto.

Los dedos de Tessa se cerraron alrededor de la palanca de emergencia.

Las manos de Rowan se tensaron por instinto.

Ella tiró.

La cabina de servicio descendió medio piso.

El metal chilló sobre sus cabezas.

Se encendieron las luces rojas de advertencia.

Reece maldijo.

El hombre del rifle avanzó.

Catherine levantó la pistola.

Callum desenfundó el arma que le había quitado a un guardia en el pasadizo.

Gideon seguía bajo la escalera de Tessa, expuesto y desarmado.

No había espacio suficiente para que nadie fallara.

Reece levantó una mano.

—Alto.

—Tu hombre baja el rifle —dijo Tessa.

—Tú bajas el arma.

—No.

La mirada de Reece se desvió hacia Catherine.

—Vale sabe que la habitación está vacía.

—Entonces tenemos poco que perder.

—Tenéis a Imogen.

El pulso de Tessa cambió.

—¿Qué le hizo?

—Nada todavía.

—¿Julian?

—En su suite.

—¿Vigilado?

—Sí.

Reece miró hacia el hueco del ascensor.

—Ahora no podéis utilizar esa cabina. Se ha activado el freno de seguridad.

Gideon dijo:

—Un defecto de diseño desafortunado.

Reece lo ignoró.

—Vale ha ordenado que os lleven a los cuatro a la residencia superior.

—A los cinco —dijo Callum.

Los ojos de Reece se desplazaron hacia él.

—Se supone que deberías estar en una cama vigilada.

—Me aburrí.

—Estás sangrando por dentro.

—Solo un poco.

Tessa bajó de la escalera.

Rowan retiró las manos en cuanto sus pies tocaron el suelo.

Ella miró a Reece.

—¿Vas a llevarnos ante Vale?

—No.

—Entonces, ¿adónde?

—A Julian.

—¿Por qué?

—Porque me lo pidió primero.

El segundo guardia se volvió bruscamente.

Reece le disparó.

El estampido amortiguado golpeó el pasadizo como un puño.

El rifle del hombre cayó. Se desplomó contra las tuberías y resbaló hasta el suelo.

Callum lo miró fijamente.

Catherine no.

Gideon miró a Reece.

—Sutil.

—Era de Vale.

—¿Y tú?

Reece guardó la pistola.

—Indeciso.

Las alarmas empezaron a sonar sobre ellos.

Reece pasó por encima del cuerpo y le quitó al muerto la tarjeta de acceso.

—Julian tiene dos guardias fuera de su suite. Ninguno conoce esta ruta. Tenemos cuatro minutos antes de que se cierren las puertas del pasadizo.

Tessa miró la sangre que se extendía bajo el hombre caído.

—¿Está muerto?

—Sí.

—¿Era necesario?

Reece sostuvo su mirada.

—Habría disparado.

—Esa no era la pregunta.

Algo cambió en su rostro.

—No —dijo—. Puede que hubiera otra manera.

La sinceridad no lo redimía.

Sin embargo, ofrecía a Tessa algo con lo que trabajar.

Recogió el rifle del guardia muerto y se lo entregó a Gideon.

—¿Puedes llevarlo?

Gideon comprobó la recámara.

—Con más facilidad que Callum.

Callum le dedicó un gesto cansado.

Reece abrió la puerta de servicio a su espalda.

—Moveos.

Tessa no lo hizo.

—Pregunta.

Su expresión se tensó.

Todas las alarmas del pasadizo exigían prisa.

Aun así, Tessa esperó.

Reece tomó aire.

—¿Vendréis conmigo a la suite de Julian para que podamos llegar hasta él antes que Vale?

—Sí.

Lo siguieron.

Las habitaciones de Julian ocupaban el piso más alto del ala privada.

No eran un hogar.

Eran una exposición de objetos caros elegidos por un padre que había confundido adquirir cosas con conocer a su hijo.

Un simulador de carreras daba a tres pantallas del tamaño de paredes. Unas fotografías enmarcadas mostraban a Julian junto a aviones, veleros, políticos y Vale. Una mesa de billar antigua dominaba la sala principal bajo un techo pintado para parecer cielo abierto.

No había libros.

Ni desorden.

Ni indicios de que una persona se sentara alguna vez sin estar siendo observada.

Julian esperaba junto al mueble de bebidas con una pistola en una mano y una radio del hospital en la otra.

Vio primero a Tessa.

Después, la alianza en su palma.

Perdió el color del rostro.

—¿Mi madre?

—Estaba viva cuando nos marchamos.

—Se quedó.

—Eligió retrasarlo.

Julian cerró los ojos.

Solo durante un segundo.

Después miró a Reece.

—Cierra las puertas exteriores.

Reece lo hizo.

Los cierres magnéticos se activaron con un sonido mecánico grave.

Gideon los examinó.

—¿Eso mantendrá fuera a Vale?

Julian rió sin humor.

—No. Hará que entre haciendo ruido.

Rowan avanzó hacia el pasillo que conducía al interior de la suite.

—¿Dónde está Lucas?

—Sigue en cuidados pulmonares.

—¿Gideon?

—Vale ha duplicado los guard Lucas?

—Sigue en cuidados pulmonares.

—¿Gideon?

—Vale ha duplicado los guardias.

—¿Imogen?

Julian miró a Tessa.

—¿Por qué no la obligaste a venir?

La acusación golpeó.

Tessa no retrocedió.

—Porque dijo que no.

—Él la asusta.

—Sí.

—Cuando está asustada, su no nunca significa no.

—No te corresponde decidirlo por ella.

Julian la miró fijamente.

El falso cielo de la habitación brillaba sobre ellos.

Tessa abrió la mano y le ofreció el anillo.

—Me pidió que te dijera que eligió antes de que se lo preguntaras.

Él lo tomó.

Sus dedos se cerraron con tanta fuerza que la piedra verde desapareció.

Una radio sobre la mesa de billar crepitó.

La voz de Vale llenó la habitación.

—Julian.

Nadie respondió.

—Abre la puerta.

Julian miró hacia el sonido.

Su padre continuó:

—Tienes cinco segundos antes de que retire tu acceso de forma permanente.

Callum se dejó caer en una silla.

—Cinco segundos es generoso.

Catherine comprobó la munición.

Rowan miró a Tessa.

—¿Qué quieres?

La pregunta silenció todas las demás voces.

Tessa miró alrededor de la suite.

Una entrada cerrada.

Una ruta de servicio oculta.

Lucas y Gideon en otros lugares.

Imogen con Vale.

Owen en algún punto bajo el hospital.

El plan no había fracasado.

Se había convertido en algo que ya no tenía forma de plan.

—No defenderemos esta habitación —dijo.

Julian la miró.

—Tiene puertas blindadas.

—Tiene una salida que Vale conoce.

—Está el ascensor de servicio.

—Inutilizado.

Reece dijo:

—Hay un conducto neumático para mensajes detrás de la pared oeste.

Gideon lo miró.

—¿Lo bastante grande para una persona?

—No.

—Entonces estoy menos impresionado.

Tessa se volvió hacia Julian.

—¿Puedes acceder desde aquí a los sistemas de la capilla pública?

—Sí.

—¿Cámaras?

—Sí.

—¿Transmisión?

—Si mi padre no ha revocado la clave de administrador.

—Compruébalo.

Julian cruzó hasta un panel oculto junto al simulador.

Las pantallas de la pared cobraron vida.

Los pasillos del hospital aparecieron en una cuadrícula.

Ascensores privados.

El ala quirúrgica.

La terminal fluvial.

Tessa encontró a Imogen en una de las imágenes.

Estaba dentro del despacho de Vale, con dos guardias junto a la puerta. Vale no aparecía. Imogen mantenía la espalda recta. Una mano descansaba en su garganta, donde en otro tiempo había ocultado moratones bajo el maquillaje.

Julian tocó la pantalla.

—Madre.

La palabra no contenía nada principesco.

Solo a un hijo.

Otra imagen mostró la habitación de Lucas.

La cama vacía.

Los tubos de oxígeno en el suelo.

Tessa se acercó.

—¿Dónde está?

Julian cambió de cámara.

Apareció una silla de ruedas en un pasillo de servicio. Lucas estaba sentado en ella, empujando una rueda con la mano sana mientras una auxiliar discutía con él.

La auxiliar se volvió.

La doctora Keane.

Agarró las empuñaduras y empezó a empujarlo más deprisa.

La boca de Gideon se curvó.

—Médica ingeniosa.

La imagen volvió a cambiar.

La cama de Gideon avanzaba por radiología bajo una sábana, con dos guardias caminando a su lado.

Tessa se inclinó.

—Acerca la imagen.

Julian lo hizo.

El rostro del paciente estaba oculto.

La doctora Keane no podía estar en dos sitios.

El hombre bajo la sábana no era Gideon.

Un señuelo.

Catherine susurró:

—La segunda marea.

La voz de Vale volvió a sonar por la radio.

—Uno.

Los dedos de Julian se movieron sobre los controles.

—Dos.

Se abrió la imagen pública de la capilla.

Estaban colocando filas de sillas frente a una pared curva de cristal que daba al río. Unos técnicos instalaban luces. Una mesa larga ocupaba la parte delantera bajo el emblema de las siete estrellas.

No dentro de cinco días.

Aquel mismo día.

Tessa miró el reloj de la pantalla.

El programa de la ceremonia empezaba dentro de cuatro horas.

Vale dijo:

—Tres.

Julian encontró el panel de transmisión.

Acceso de administrador aceptado.

Miró a Tessa.

—Sigo dentro.

—¿Puedes impedir que corte el sonido?

—Quizá durante treinta segundos.

—Basta.

—Cuatro.

Rowan se colocó junto a Tessa.

Ella percibió la violencia contenida bajo su quietud.

—¿Quieres ir a por él? —preguntó.

—Sí.

Rowan cerró brevemente los ojos.

Después los abrió.

—Voy a tu lado.

—Sí.

Vale dijo:

—Cinco.

La puerta exterior estalló hacia dentro.