CAPÍTULO 56
LAS COSAS QUE LOS HOMbrES ENCIERRAN
El estimulante convertía cada paso en dos.
Uno ocurría bajo los pies de Tessa.
El otro se repetía detrás de sus ojos.
Callum la sujetaba por la cintura mientras subían la escalera oculta. Su cuerpo temblaba por el esfuerzo. La pistola seguía inclinada contra las costillas inferiores de Tessa.
Él no tenía fuerzas para cargar con ella.
Ella no tenía estabilidad suficiente para escapar.
Dependían el uno del otro de la peor manera posible.
Al llegar arriba, Callum se detuvo tras el panel azul y escuchó.
No había voces.
Lo abrió.
La biblioteca oriental estaba vacía.
La luz de lluvia se había desvanecido. Las ventanas reflejaban las estanterías y las paredes pálidas, de modo que la habitación parecía poblada por dobles silenciosos.
Callum obligó a Tessa a pasar.
—¿Dónde está Catherine? —preguntó ella.
—Estará bien.
—Eso no es lo que he preguntado.
—Está abajo.
—Con un guardia armado.
—Ahora ya no está armado.
—La has dejado en un pasillo de celdas.
—Dejé la puerta abierta.
Tessa lo miró.
Su rostro se tensó.
—No soy Silas.
—No.
La pistola tembló contra su costado.
—Estás asustado.
—No.
—Sí.
—Deja de hablar.
—¿Ayuda?
—¿El qué?
—Que la gente obedezca.
La mandíbula de Callum se tensó.
—No.
—Entonces, ¿por qué haces esto?
—Porque no me permiten marcharme.
—Intentan mantenerte con vida.
—Yo no se lo pedí.
—Maeve sí.
Callum se detuvo.
Tessa sintió el impacto de la respuesta.
Su brazo se cerró con más fuerza alrededor de la cintura de ella.
—No la utilices.
—No lo hago.
—Estás tomando su decisión por ella.
—Y tú la mía.
Él la miró.
Por un instante, algo estuvo a punto de romperse.
Entonces sonaron pasos al otro lado de las puertas de la biblioteca.
Callum arrastró a Tessa detrás de las estanterías.
El movimiento sacudió su tobillo. Un dolor blanco consumió la habitación.
Se le escapó un sonido.
La mano de Callum le cubrió la boca.
La pistola presionó entre sus omóplatos.
Dos hombres de Pike atravesaron el pasillo exterior.
Uno habló por radio.
—Seguimos sin señales. Registrad las galerías inferiores.
Sus botas se alejaron.
Callum retiró la mano.
Tessa respiró a través del dolor.
—Me has hecho daño.
Su rostro palideció.
—Lo sé.
—No ha sido un accidente.
Sus labios se separaron.
No apareció ninguna defensa.
Bien.
Necesitaba que comprendiera en qué se estaba convirtiendo antes de que la desesperación completara el trabajo.
Callum miró hacia la puerta.
—Te llevaré al embarcadero. Después podrás marcharte.
—¿Esperas que me lo crea?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque no te quiero a ti.
—Eso no es tranquilizador.
A pesar de sí mismo, se le escapó una risa breve.
Terminó en una mueca de dolor.
Tessa examinó su costado.
—Estás sangrando.
—Lo sé.
—¿Por dentro?
—Es posible.
—Podrías desplomarte antes de llegar a las escaleras.
—Entonces podrás coger el arma.
—¿Y Maeve?
Sus ojos se endurecieron.
—Me llevarás al embarcadero.
—No.
La pistola cambió de posición.
Tessa la miró.
La respiración de Callum se volvió irregular.
—No te dispararé.
—Entonces tu ventaja es imaginaria.
—Aun así puedo hacerte daño.
—Ya lo has hecho.
Su rostro se tensó.
Tessa continuó en voz baja.
—Tienes derecho a tener miedo. Tienes derecho a odiarnos por impedir que corras hacia ella. Lo que no puedes hacer es fingir que esto no es una elección.
Callum apartó la mirada.
Durante varios segundos, solo se oyó la lluvia contra el cristal.
Después dijo:
—Cuando éramos niños, Maeve robaba comida y me decía que la había encontrado.
Tessa esperó.
—Creía que yo no lo sabía. Me daba la mitad más grande y decía que ya había comido.
Su voz había cambiado.
Más suave.
Más peligrosa por ello.
—Volvió a por mí en el cobertizo de barcas de la isla. Le dije que corriera. Dio seis pasos y después se dio la vuelta.
Tessa pensó en las manos de Gideon atrapando a Rowan sobre las ruinas sirias.
En Clara cerrando su pequeño puño alrededor de la manga de Tessa.
—El amor vuelve desobediente a la gente —dijo.
Callum tragó saliva.
—Sí.
—No hace que todos los rescates sean sensatos.
—No necesito sensatez.
—Necesitas que Maeve siga viva.
Él cerró los ojos.
La pistola descendió un poco.
Tessa se movió.
No para apartarse.
Hacia él.
Agarró con ambas manos la muñeca que sostenía el arma y la empujó hacia abajo.
Callum giró.
El disparo alcanzó el suelo.
La madera saltó en astillas.
Él la estampó contra las estanterías.
Los libros cayeron alrededor.
El dolor desgarró la cabeza de Tessa.
Callum le inmovilizó la muñeca.
Su rostro quedó a centímetros del suyo, blanco por la conmoción.
Ninguno se movió.
El olor a pólvora quemada entró en el espacio entre ambos.
Callum miró la pistola.
Después, la sangre que empapaba el vendaje de la cabeza de Tessa.
—Dios.
La soltó.
Tessa estuvo a punto de caer.
Él volvió a sujetarla, esta vez sin el arma contra su cuerpo.
—Lo siento.
—Deja de decirlo mientras sigues haciéndolo.
Sus ojos brillaron.
—No puedo abandonarla.
—Lo sé.
—No puedo.
—Lo sé.
Tessa se apoyó en la estantería.
—Entonces llévame a la sala de operaciones.
—No.
—Necesitas un equipo.
—No me darán ninguno.
—Puede que sí.
—Gideon no.
—Gideon no es todo el mundo.
—Rowan me detendrá.
—Rowan impedirá que me lleves.
Callum miró la pistola.
—Me matará.
—No.
—Tú no lo sabes.
—Sé lo que le diré.
La certeza de su voz los sorprendió a ambos.
La expresión de Callum cambió.
—¿Me protegerías?
—De que te ejecuten sin necesidad.
—Eso no es protección.
—Es lo que tengo.
Él rió débilmente.
Tessa continuó:
—Vuelve conmigo a la sala. Deja la pistola. Diles que guiarás al equipo del puerto.
—¿Y si se niegan?
—Entonces niégate a aceptar su negativa.
—Eso parece algo que tú puedes hacer.
—Puedes aprender.
Callum la miró fijamente.
Una radio crepitó en algún lugar del pasillo.
La voz de Gideon.
—Callum.
Todo el cuerpo de Callum se tensó.
La radio había quedado sobre una mesa auxiliar fuera de la biblioteca.
Gideon continuó:
—Sé que puedes oírme.
Callum acercó a Tessa y retrocedió hacia la puerta de servicio.
Ella vio regresar la decisión.
Casi había vuelto.
Casi no era suficiente.
La voz de Gideon siguió tranquila.
—Maeve ha llamado a la casa.
Callum se detuvo.
Tessa sintió el golpe de su corazón contra el hombro.
La radio siseó.
Después, silencio.
—Mentiroso —susurró Callum.
Gideon habló otra vez.
—Le dio a Silas la frase de apertura equivocada. Él no sabe que la cambió.
Callum contuvo el aliento.
—¿Qué frase? —gritó.
Gideon no respondió de inmediato.
Callum tomó la radio de la mesa y pulsó el botón de transmisión.
—¿Qué frase?
—Deja el arma.
—Dímelo.
—Suelta a Tessa.
Callum la miró.
El miedo se había convertido en rabia.
—¡Dímelo!
La voz de Gideon se endureció.
—No mientras la utilices.
Callum lanzó la radio contra la pared.
El aparato se hizo pedazos.
Tessa cerró los ojos.
—Eso no ha ayudado.
—Cállate.
—Lo necesitabas.
—Me estaba manipulando.
—Sí.
Callum la miró.
Ella continuó:
—Eso no significa que la información sea falsa.
La arrastró hacia el pasillo de servicio.
El corredor se estrechó y después giró hacia el patio sur. Unas paredes encaladas sustituyeron a la piedra. El aire olía a lino y cera de abeja.
El pie izquierdo de Tessa rozaba el suelo.
La escayola se enganchó.
Callum redujo el paso a pesar de sí mismo.
—No puedes caminar.
—Me había dado cuenta.
Miró hacia el siguiente recodo.
—¿Puedes saltar a la pata coja?
—No con elegancia.
—Inténtalo.
Tessa lo hizo.
El pasillo se desplazaba con cada impacto.
Callum soportó más peso de ella.
La pistola seguía en su mano, pero ya no tocaba su cuerpo.
En el primer escalón, Tessa casi se desplomó.
Callum la atrapó bajo los brazos.
La muñeca herida golpeó su hombro.
Él gritó.
Los dos se deslizaron hasta quedar contra la pared.
Durante un momento, rehén y captor estuvieron sentados en el suelo, respirando como supervivientes del mismo naufragio.
Tessa lo miró.
—Así no llegarás hasta Maeve.
Callum cerró los ojos.
—Tengo que hacerlo.
—Entonces cambia la forma.
Apoyó la cabeza contra el yeso.
—Rowan no me dejará ir.
—Sí, si se lo pido.
—¿Crees que hace todo lo que le pides?
—No.
—Entonces, ¿por qué?
—Porque está aprendiendo la diferencia entre protegerme y adueñarse de mis decisiones.
Callum abrió los ojos.
—Los hombres no aprenden eso.
—Algunos sí.
—Vale no.
—No.
—Gideon no.
—No.
—Silas nunca.
—No.
—¿Rowan?
Tessa pensó en su mano suspendida antes de tocarla.
En su confesión de que quería la llave.
En cómo la había dejado bajo su vendaje.
—Lo está intentando.
Callum miró hacia la salida de servicio.
—¿Y si intentarlo no basta?
—Entonces me marcho.
Su mirada regresó a ella.
La respuesta pareció sorprenderlo.
Tessa utilizó la pared para levantarse.
Callum también se puso de pie.
Volvió a rodearla con el brazo.
Ahora se parecía menos a un captor.
Todavía no a un aliado.
Avanzaron hacia el patio.
Tessa vio la puerta abierta más adelante.
Más allá, los terrenos de la finca brillaban bajo una lluvia que empezaba a retirarse.
La libertad de Callum estaba a unos treinta metros.
También los hombres armados del patio de vehículos.
Él lo sabía.
Tessa sintió cómo se tensaba.
—Callum.
—No.
—Maeve te pidió que te mantuvieras fuera.
—La obligaron.
—Puede ser.
—Así fue.
—Entonces respeta lo que quiso decir, no solo lo que dijo.
Él la miró.
—¿Qué quiso decir?
—Vuelve vivo.
Le tembló la boca.
Entonces una sombra cruzó la puerta.
Callum tiró de Tessa hacia atrás.
Una vara de madera golpeó el lugar donde había estado su cabeza.
Él disparó.
La bala se incrustó en el techo.
El atacante desapareció tras la puerta.
Callum empujó a Tessa a su espalda.
Por primera vez desde que se la había llevado, interpuso el cuerpo entre ella y el peligro.
—¿Quién era? —susurró.
—No lo sé.
Una segunda figura cruzó el patio exterior.
No llevaba el uniforme de Pike.
Ropa civil oscura.
Los hombres de Silas estaban dentro de la casa.
Callum miró a Tessa.
La elección entre huir y regresar apareció en su rostro.
Apretó la pistola.
—Vamos al embarcadero.
La esperanza de Tessa se derrumbó.
Él la arrastró hacia el pasillo opuesto.
Detrás, alguien entró en el corredor.