CAPÍTULO 46
UN NIÑO SIN PADRE
Alguien llamó poco después de las ocho.
Tessa abrió los ojos a una mañana gris y al peso del brazo de Rowan sobre la cintura.
Durante un segundo de paz, no supo dónde estaba.
Entonces el dosel de Nadia se definió sobre ella.
La isla regresó.
El archivo.
Lucas.
El beso.
Rowan a su lado.
Volvieron a llamar.
Rowan despertó sin transición visible. Metió la mano bajo la almohada y la sacó con la pistola de Tessa.
Ella lo miró.
—Era mía.
—Estabas dormida.
—Tú también.
—Yo estaba menos dormido.
El tercer golpe fue más fuerte.
—¿Tessa?
Everett.
Rowan bajó el arma.
Tessa se cubrió más con la colcha.
Su padre probó el picaporte.
Cerrado.
—Bien —murmuró.
Rowan la miró.
—Tú lo cerraste.
—Después de que te durmieras.
—¿Por qué?
—Porque yo decido si mi puerta se cierra con llave.
La boca de Rowan casi se curvó.
Everett volvió a llamar.
—Tessa, Voss ha convocado una reunión. El equipo del continente ha interceptado…
—Estaré allí dentro de veinte minutos.
Silencio.
Después:
—¿Estás sola?
La expresión de Rowan se volvió plana.
Tessa cerró los ojos un instante.
—No.
Más silencio.
La voz de su padre cambió.
—¿Hale está herido?
Rowan bajó la mirada hacia su cuerpo.
—Constantemente —gritó Tessa.
—Tessa.
—He dicho veinte minutos.
Everett permaneció fuera el tiempo suficiente para que ella pudiera imaginarlo discutiendo con cada uno de sus instintos.
Por fin, sus pasos se alejaron.
Rowan se incorporó.
La colcha azul cayó hasta su cintura.
Tessa miró los arañazos recientes de su hombro.
Él siguió su mirada.
—Pruebas.
—¿De qué?
—Negligencia clínica.
Tessa sonrió.
Rowan buscó sus pantalones.
—Deberías ir tú primero —dijo.
La sonrisa desapareció.
—¿Por qué?
—A la reunión.
—Eso no es lo que querías decir.
Él se quedó inmóvil.
Tessa se incorporó, envolviéndose con la colcha.
—Querías salir antes de que Everett te viera.
—Ya lo sabe.
—Entonces ¿por qué?
Rowan se puso los pantalones.
—Porque no quiero que el desayuno se convierta en un tribunal sobre tu juicio.
—Mi juicio sobrevivió a anoche.
—El suyo quizá no.
—Parece su problema.
Rowan la miró.
Tessa le sostuvo la mirada.
—No vas a escabullirte.
—No me avergüenzo.
—Entonces compórtate como si fuera verdad.
La mandíbula de Rowan se tensó.
—¿Crees que quedarme aquí cuando vuelva Everett demuestra algo?
—No. Creo que marcharte para ahorrarle incomodidad repite la idea de que tiene autoridad sobre mi cama.
Rowan miró hacia la puerta.
Después volvió a sentarse.
La ira de Tessa se suavizó.
—Eso casi no ha dolido.
—No.
Ella le tocó la espalda.
—Quédate mientras me visto.
Rowan asintió.
Tessa cruzó hasta el armario.
Catherine había llenado uno de los lados con ropa práctica durante la noche. Vaqueros oscuros, camisas de lana, botas, un abrigo impermeable. Tessa eligió un jersey gris y unos pantalones negros.
Se vistió sin darse la vuelta.
Rowan la observaba abiertamente.
No porque la imagen fuera nueva.
Porque era cotidiana.
Aquella cotidianidad poseía su propia carga.
Cuando Tessa terminó de abrocharse los pantalones, Rowan se colocó detrás.
—¿Puedo?
Ella miró su reflejo.
Él sostenía el cepillo de plata.
—Sí.
Rowan se lo pasó por el cabello.
Mal.
La primera vez se enganchó.
Tessa hizo una mueca.
Él se detuvo.
—He interrogado a hombres armados con más éxito.
—Quizá deberías amenazar a los nudos.
—Lo estaba considerando.
El segundo intento fue más suave.
Tessa contempló su reflejo en el espejo de Nadia.
Rowan detrás de ella.
La camisa abierta para no rozar el vendaje. El cabello de Tessa sobre un hombro. La luz de la mañana entrando por los bordes de los postigos.
La imagen parecía peligrosamente doméstica.
—¿Has hecho esto antes? —preguntó.
—Con Nora.
—¿Cuando era pequeña?
—Cuando tenía veintiocho años y estaba demasiado enferma para mantenerse en pie.
Tessa lo miró.
Rowan siguió cepillando.
—Tenía vómito en el pelo. Tuve que cortar uno de los nudos.
—¿Te perdonó?
—No.
—Comprensible.
—Afirmó que la asimetría le cambió la vida.
—¿Fue así?
—Llevó sombrero durante tres meses.
Tessa sonrió levemente.
Rowan dejó el cepillo.
Apoyó las manos en sus hombros.
—Lo de anoche no significa que sepa quedarme.
—Lo sé.
—Puede que falle.
—Lo sé.
—Puede que me marche cuando debería permanecer.
Tessa se volvió.
—Entonces te lo diré.
—¿Y si me marcho de todos modos?
—Yo decidiré lo que significa.
Rowan bajó la vista hacia ella.
No se sintió tranquilizado.
Pero escuchaba.
Tessa le abrochó la camisa alrededor del vendaje.
—Quédate a desayunar —dijo.
—Sí.
Salieron juntos al corredor.
Everett esperaba en el extremo opuesto.
Se había puesto un traje oscuro que le quedaba demasiado holgado. Una venda limpia cubría su mano herida. Su mirada pasó de Tessa a Rowan y después a los arañazos del cuello de Rowan.
Nadie habló.
Tessa tomó la mano de Rowan.
La boca de su padre se tensó.
—Voss está en la sala de mapas.
—Vamos para allá.
Everett volvió a mirar sus manos entrelazadas.
—Tessa, ¿puedo hablar contigo a solas?
—No.
La respuesta llegó demasiado rápido.
El dolor cruzó su rostro.
Tessa suavizó el tono, no la decisión.
—No antes de la reunión.
Everett asintió.
Se volvió hacia Rowan.
—Arden llegó durante la noche.
—Lo sé.
—¿Lo viste?
—Sí.
Everett miró a Tessa.
La pregunta que no formuló llenó el corredor.
Ella la respondió de todos modos.
—Lucas me contó la verdad sobre su misión.
Su padre cerró los ojos.
—Por una vez —dijo Tessa—, no me digas que pensabas explicármelo.
—No lo haré.
—Bien.
Everett abrió los ojos.
—Lo siento.
La disculpa no contenía ninguna defensa.
La inquietó.
Tessa apartó la mirada.
A través de un arco, las ventanas orientales daban a un patio despojado por el invierno. En el centro había un manzano sin hojas.
—Mi madre lo plantó —dijo.
Everett siguió su mirada.
—Sí.
—¿Le gustaban las manzanas?
—No.
—Entonces ¿por qué?
—Le gustaban las flores.
La respuesta era tan corriente que la garganta de Tessa se cerró.
Everett se acercó.
—Cuando esto termine, me gustaría enseñarte el sendero norte.
—¿Qué hay allí?
—La calzada.
La mano de Rowan se tensó alrededor de la suya.
Tessa miró a Everett.
—Donde murió.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque mereces ver el lugar sin que Vale te lo describa.
Tessa lo pensó.
—Mañana.
Everett asintió.
—Mañana.
Los condujo escaleras abajo.
El desayuno estaba servido en la sala de invierno, bajo el techo de cristal. La tormenta había pasado y había dejado los cristales plateados por la lluvia. Los limoneros perfumaban el aire cálido.
Everett se sentó a la mesa, con tres platos delante.
Catherine bebía café solo junto a Callum, a quien habían prohibido abandonar el sillón médico, aunque al parecer había negociado ropa y botas. Maeve se sentaba cerca de su hermano, con una mano alrededor de una taza de té.
Lucas ocupaba la silla más próxima al fuego.
Alzó la mirada cuando Tessa entró con Rowan.
El dolor le cruzó el rostro.
Lo ocultó con la destreza de una larga práctica.
Tessa no soltó la mano de Rowan.
Tampoco apartó la mirada de Lucas.
—Buenos días —dijo.
Lucas inclinó la cabeza.
—Buenos días.
Everett miró a los tres.
Después los arañazos de Rowan.
Después la mitad del cabello de Tessa que seguía sin cepillar.
—Una noche intensa.
Rowan retiró la silla de Tessa.
—Come.
Everett sonrió.
—Susceptible.
Everett ocupó su sitio en un extremo de la mesa.
Nadie lo llamó la cabecera.
Voss entró con dos carpetas.
—La embarcación situada más allá del arrecife no era de Silas —dijo—. Pertenecía a un contratista que afirma haber sufrido problemas de motor.
—¿Afirma? —preguntó Pike desde cerca de la puerta.
—El motor había sido inutilizado manualmente.
Vale entró detrás de ella.
Todas las conversaciones cesaron.
Había cambiado el vendaje de su garganta y llevaba un abrigo color carbón pese al calor de la estancia.
Tessa vio tensarse el cuerpo de Lucas.
Rowan también.
Vale lo miró.
—Señor Arden. Sobrevivir se está convirtiendo en una costumbre.
La voz de Lucas siguió siendo baja.
—Su decepción empieza a ser evidente.
Vale sonrió ligeramente.
Everett dijo:
—Siéntate o vete.
Vale eligió una silla junto al muro de cristal.
Voss dejó las carpetas sobre la mesa.
—Tenemos otro problema.
Tessa se sirvió café.
—¿Cuál?
—Alguien accedió hace ocho horas a la caja de seguridad de Arthur Hale en Londres.
El rostro de Rowan cambió.
Voss abrió la primera carpeta.
—La carta ha desaparecido.