CAPÍTULO 30
DESPUÉS DEL ANOCHECER
La habitación de Gideon había pertenecido en otro tiempo a un oficial de la marina que coleccionaba relojes.
Veintitrés ocupaban estantes, mesas y la repisa de la chimenea. Ninguno mostraba la hora correcta. Uno avanzaba hacia atrás. Otro daba las campanadas cada vez que se movían las tuberías.
Gideon estaba en el centro de la habitación, vestido con una camisa blanca que había encontrado en el armario y con una expresión de traición personal.
—No es de mi talla.
Rowan cerró la puerta.
—Te queda bien.
—Le queda bien a un hombre que se ha disculpado con sus propios hombros.
—Tienes diez minutos.
Gideon lo miró.
—¿Para la cena?
—Nos marchamos.
La irritación desapareció.
—¿Ahora?
—Ahora.
—El canal de la marea está seco.
—Llegaremos hasta Sayer atravesando el arrecife.
—¿A oscuras?
—Sí.
—¿Entre rompientes y rocas sumergidas?
—Sí.
Gideon se quitó la camisa.
—Bien. No me gustaban los puños.
Se puso su propio jersey.
—¿Ruta?
—Pasillo de servicio norte. Pike ha encontrado una escalera exterior que lleva a la antigua plataforma de señales.
—¿Cerrada?
—Sí.
—¿Explosivos?
—Se desconoce.
—¿Vigilada?
—Probablemente.
Gideon sacó la pistola de debajo de la almohada.
—Excelente.
Rowan miró hacia la pared contigua a la habitación de Tessa.
No directamente contigua.
Había una habitación entre ambas.
Demasiado lejos.
Gideon se dio cuenta.
—Ella estará en la cena.
—No si nos movemos antes.
—¿Se lo has dicho?
—No.
Gideon dejó de ajustarse la funda.
—Rowan.
—Eliminamos la amenaza y después se lo contamos.
—La amenaza es una isla.
—La sacamos de ella.
—Prometiste no decidir sin consultarla.
—Prometí no abandonarla.
Gideon lo miró fijamente.
—Una interpretación admirablemente estrecha.
Rowan abrió la puerta.
Gideon la sujetó.
—Ella vino aquí por Gideon.
—Vendrá con nosotros.
—¿Alguien se lo ha comunicado a Gideon?
—No.
—¿A Catherine?
—No.
—¿A Callum?
—No.
—De modo que tu plan de fuga incluye ahora mismo a seis adultos, uno tan herido que puede desmayarse mientras me insulta, un agente retirado, ningún barco, ningún canal abierto y una mujer que podría dispararte cuando descubra que la han trasladado contra su voluntad.
—Sí.
Gideon lo consideró.
—He trabajado con cosas peores.
Salieron al pasillo.
Las campanas de la cena seguían sonando a través de los muros.
Sin urgencia.
Con paciencia.
La casa daba por sentado que la obediencia acabaría llegando.
Se dirigieron al norte en vez de bajar.
El ala familiar dio paso a pasillos más estrechos, con suelos desnudos y techos bajos. Viejos conductos eléctricos recorrían las paredes de piedra. El aire se enfrió.
En el último recodo, Pike los esperaba junto a una puerta de hierro.
Lo único que había cambiado era el vendaje de su palma. El cabello, oscurecido por la lluvia, seguía pegado cerca de su frente. Una palanca descansaba en el suelo.
—Llegáis tarde.
—¿Lo sabías? —preguntó Gideon.
—Hale miró todas las salidas antes de que Vale terminara de darnos la bienvenida.
Rowan se acercó a la puerta.
—¿La cerradura?
—Mecánica por fuera. Electrónica por dentro.
—¿Puedes anularla?
—No sin cortar la corriente.
—Hazlo.
Pike le dirigió una mirada cansada.
—La corriente controla las bombas de achique bajo el archivo.
Rowan se detuvo.
—¿Vale vinculó la seguridad con los cimientos?
—Arthur lo hizo. Vale perfeccionó la crueldad.
Gideon se agachó junto a la bisagra inferior.
—Residuos de explosivo.
Pike asintió.
—Una carga pequeña. Suficiente para derrumbar la escalera si se fuerza.
—¿Alternativa?
—El tejado.
—Los postigos.
—Una escalera interior que atraviesa el campanario.
—¿Dónde?
Pike señaló por donde habían venido.
—Encima de la capilla.
Rowan echó a andar.
Pike dijo:
—La puerta de la torre se sella después del anochecer.
Rowan se volvió.
—¿Qué ocurre después del anochecer?
—Nadie sale.
Gideon miró a Pike.
—Lo dices como si citaras una norma de la casa.
—Arthur la incorporó al sistema original después de que Silas intentara entrar durante una tormenta. Al caer la noche, las compuertas marinas se cierran, los accesos exteriores se sellan y la campana de la capilla activa el perímetro.
—¿Qué lo desactiva?
—El amanecer.
—¿O?
—Las dos llaves.
La expresión de Rowan se endureció.
—Qué conveniente.
—Para Vale.
Se acercaron unos pasos.
Callum salió de las sombras, apoyando una mano contra la pared.
Llevaba un jersey gris limpio y unos pantalones que Catherine había encontrado para él. Su rostro seguía demasiado pálido.
Gideon frunció el ceño.
—Deberías estar tumbado.
—Lo estuve. No resultó productivo.
Callum miró la puerta de hierro.
—Os marcháis.
—Lo intentamos —dijo Pike.
Callum soltó una risa baja.
—Las casas de Vale no tienen salidas. Tienen pruebas.
Rowan miró la sangre que empezaba a atravesar el vendaje de su costado.
—Vuelve.
—No.
—No puedes cruzar un arrecife a pie.
—Puedo caminar lo suficiente.
—Maeve no está con Sayer.
—No. Puede estar en la isla.
—Vale te dijo que no.
—Vale también me dijo que Beatrice podía marcharse.
La mirada de Gideon se agudizó.
—¿Quién?
Callum apartó la vista.
—Alguien que creyó en mí.
La respuesta dio por cerrada la pregunta.
Rowan se acercó.
—Si Maeve está aquí, ¿dónde la tendría?
—En un lugar al que solo podría llegar traicionándoos.
—Lo dices como si te hubiera dado instrucciones.
—Me dio hábitos.
Callum tocó la llave de latón bajo el jersey.
—Permitió que robara esto.
—¿Por qué?
—Para hacerme abrir algo.
—¿Qué?
—No lo sé.
Pike dijo:
—Las llaves de Blackwater no encajarán en las cerraduras de la isla.
—Entonces no es para una puerta.
La campana distante dejó de sonar.
El silencio entró en el pasillo.
Un cerrojo mecánico se movió dentro de la salida de hierro.
No para abrirla.
Para asegurarla.
Gideon miró su reloj.
—Las ocho.
Callum alzó la mirada hacia el techo.
—La cena.
Rowan inició el regreso.
Gideon lo agarró del brazo.
—Seguimos buscando.
—Tessa está abajo.
—Está con Gideon y Catherine.
—Y con Vale.
—Porque así lo eligió.
Rowan la miró.
Gideon le sostuvo la mirada.
La promesa entre ellos exigía sinceridad incluso cuando la sinceridad irritaba.
—No la rescates de una habitación en la que ha entrado por voluntad propia —dijo Gideon.
—Vale construyó esa habitación.
—Ella lo sabe.
—Hay armas montadas.
—Lo sabe.
—Silas.
—Lo sabe.
La mandíbula de Rowan se tensó.
Callum los observó.
—¿Esto es amor?
Ninguno respondió.
Callum se apoyó con más peso contra la pared.
—Parece agotador.
Pike lo sujetó por el brazo.
—De vuelta a la enfermería.
—No.
—Estás sangrando a través de dos capas.
—Voy a cenar.
Gideon lo miró fijamente.
—¿Por qué?
—Porque Vale espera que los heridos se escondan. Estoy cansado de darle predicciones acertadas.
Rowan miró hacia el pasillo sur.
Tessa con el vestido negro de Catherine.
Su mano sobre su pecho.
Este vestido no me convierte en otra persona.
Había creído que marcharse la protegería de aquella mesa.
Quizá solo restauraría la herida más antigua entre ellos: hombres decidiendo dónde le correspondía estar y llamando necesidad a la decisión.
—Asistiremos —dijo.
Gideon alzó una ceja.
—Eso ha sido repentino.
—Asistimos. Observamos. Al amanecer, nos marchamos.
—¿Con permiso? —preguntó Pike.
—No.
—Eso suena más saludable.
Callum dio un paso y casi se dobló.
Pike lo atrapó.
Gideon se colocó al otro lado.
Callum los fulminó con la mirada.
—Puedo caminar.
—En este momento te llevan en brazos con dignidad administrativa —dijo Gideon.
Se dirigieron al sur.
Cerca del ala familiar se abrió una puerta.
Catherine salió.
Su mirada recorrió al grupo, la palanca en la mano de Pike, a Gideon sosteniendo a Callum y la expresión de Rowan.
—Habéis probado la salida norte.
—Sí —dijo Rowan.
—Se cierra al anochecer.
—Ya lo sabemos.
—Vale también lo sabrá.
—Ya lo sabía.
Catherine miró a Callum.
—Has vuelto a abrirte la herida.
—Quería compañía.
Ella examinó el vendaje sin pedir permiso.
Callum lo permitió.
—La cena puede sobrevivir sin ti.
—La cena es la única habitación donde Vale no puede fingir que he desaparecido.
Los ojos de Catherine se suavizaron.
Un instante.
Después miró a Rowan.
—Tessa está esperando junto a la escalera inferior.
Él no se había dado cuenta de que la buscaba en cada puerta.
Gideon sí.
Su boca se curvó.
Rowan lo ignoró.
—¿Va armada? —preguntó.
Catherine pareció casi ofendida.
—Es Tessa.