BLOQUE 3
Martín encontró después una ficha todavía más antigua.
Catorce años.
Una tasación privada.
La descripción decía:
“Lote de papeles castellanos, siglos XV–XVII. Valderrama. Posible procedencia de descendientes de Fernando.”
El lote pertenecía a una casa de subastas que ya no existía.
El vendedor figuraba reservado.
El comprador tampoco aparecía en la ficha disponible.
Pero el contenido había quedado descrito.
Había correspondencia y una genealogía incompleta.
También figuraban una relación de bienes, copias notariales y una memoria funeraria.
Otra vez aparecía el mismo núcleo documental.
La ficha añadía:
“Falta documento principal de sucesión citado en varias piezas.”
Clara miró a Adrián.
El protocolo ya estaba siendo buscado catorce años atrás.
Antes de Rafael Landa.
El origen moderno retrocedía otra vez.
Quizá todo hubiera comenzado cuando alguien advirtió que aquel lote estaba incompleto.
Varias piezas remitían a un documento ausente.
Desde entonces, distintos propietarios, tasadores e investigadores podían haber perseguido esa referencia por motivos diferentes.
Martín siguió el código de la operación.
El lote no había terminado en una subasta pública.
Fue retirado para una venta privada.
La identificación del comprador llegó después.
No era una persona.
Era una sociedad disuelta años atrás.
Entre sus administradores aparecía un apellido conocido:
Orduña.
Era el padre de Samuel.
Eso podía explicar por qué Samuel Orduña conocía detalles del asunto anteriores incluso a la participación de Llorca.
Podía haber recibido información de su familia.
Quizá documentación.
Todavía no podían afirmar cuánto.
Elena lo citó nuevamente.
Esta vez Orduña admitió que su padre había comprado documentación Valderrama.
Parte había sido vendida posteriormente.
Otra había permanecido en la familia.
El protocolo no estaba entre las piezas que reconocía conservar.
Su padre, sin embargo, lo había buscado porque sabía que el lote estaba incompleto.
También había encontrado la referencia al folio dieciocho.
La puerta documental era siempre la misma.
Una genealogía.
Elena preguntó si su padre había conocido a Rafael Landa.
Sí.
Habían trabajado juntos en alguna ocasión.
Llorca había aparecido después.
Pero cuando Elena planteó si la búsqueda había comenzado con aquel lote, Orduña negó.
Su padre lo había comprado porque alguien ya estaba preguntando por esas piezas.
Antes de salir al mercado habían pertenecido a otra colección privada.
Orduña dio el nombre de una familia castellana cuyos fondos se habían dispersado a finales del siglo XX.
No sabía si existía relación con los descendientes de Leonor.
Era una posibilidad que debían comprobar.
Si la había, el recorrido contemporáneo podía enlazar directamente con la transmisión familiar iniciada por Inés y continuada por Alfonso y Leonor.
Cuando terminó la declaración, Clara volvió a la pregunta inicial.
—Entonces, ¿quién buscaba el protocolo antes que nosotros?
Elena respondió con la única conclusión compatible con los documentos.
No había un único buscador.
Existía una sucesión de personas que habían heredado la misma pregunta.
Un lote incompleto había pasado por compradores y especialistas.
Después surgieron nuevos encargos y nuevas investigaciones.
Algunas personas colaboraron entre sí.
Otras pudieron competir.
El conocimiento cambiaba de manos casi como los propios documentos.
Martín señaló la genealogía.
—Pero todos parten de la misma ausencia.
Un documento citado y no localizado.
Quien encontrara el protocolo antes que los demás obtenía una ventaja histórica y, en determinados contextos, también patrimonial.
Ahí estaba la diferencia con el presente.
La búsqueda podía tener catorce años o más.
El robo era reciente.
La llamada llegó cuando estaban a punto de marcharse.
Un empleado del archivo notarial recordaba haber hablado, tres días antes de la sustracción, con un hombre interesado en la circulación interna de los depósitos.
No había pedido documentos.
Había preguntado dónde quedaban temporalmente las cajas y qué recorrido llevaba desde aquellas zonas hasta la sala técnica.
El empleado había supuesto que se trataba de un técnico externo.
No recordaba el nombre.
La descripción física era demasiado genérica para resultar útil por sí sola.
Elena preparó un reconocimiento sin sugerir candidatos.
No mostró una única fotografía ni adelantó nombres.
El empleado revisó varias imágenes.
No señaló a Aguirre.
Tampoco a Orduña.
Ni a Velasco.
Se detuvo ante otra persona.
Sergio Lamas.
Adrián levantó la vista.
La identidad de Lamas ya había sido utilizada en una solicitud que él negó haber realizado.
Eso no significaba automáticamente que fuera ajeno a toda la investigación.
Podía haber sufrido una suplantación en una ocasión y realizar por su cuenta otras consultas legítimas.
También podía existir un error de reconocimiento.
Elena guardó la fotografía.
Primero necesitaban comprobar si Lamas había estado realmente en Burgos.
La búsqueda del protocolo no había empezado con ellos.
Y quizá todavía no habían comprendido qué buscaba exactamente cada persona.
Porque una identidad podía ser utilizada sin autorización.
Y la persona real podía, al mismo tiempo, estar mucho más cerca de aquella investigación de lo que habían supuesto.