El Nombre Borrado (El secreto de la Catedral de Burgos: Tomo II) BLOQUE 2
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La siguiente carpeta contenía correspondencia profesional.

Entre los nombres señalados por Elena aparecía Julián Velasco.

Landa había mantenido relación profesional con él al menos nueve años atrás.

Eso no significaba que Velasco hubiera dirigido toda la investigación.

Landa trabajaba para distintos clientes y reconstruía procedencias de fondos privados.

Velasco podía ser uno de ellos.

Una carta explicaba el encargo:

“Interesa establecer si determinadas piezas Valderrama proceden de la rama principal o de la línea desplazada.”

El cliente, por tanto, disponía de documentación cuya procedencia no estaba completamente resuelta.

Un anexo mencionaba una carta atribuida a Inés, una copia genealógica y un inventario patrimonial.

También aparecía un traslado funerario incompleto.

Las categorías resultaban familiares.

No formaban todavía el conjunto completo.

Pero encajaban con una dispersión en la que piezas de una misma tradición podían haber terminado en colecciones diferentes.

Otra carta, dirigida a un cliente no identificado, decía:

“No puede atribuirse todavía el conjunto a la rama de Diego. Varias piezas parecen haber viajado con descendientes de Alfonso.”

Landa había seguido, al menos parcialmente, la línea de Leonor.

Añadía:

“La clave debe estar en la documentación producida durante la minoridad de Alfonso.”

Otra vez el centro no estaba en una genealogía aislada.

Estaba en las actuaciones realizadas cuando Alfonso todavía no podía intervenir por sí mismo.

Martín buscó la primera aparición documentada del folio dieciocho.

Encontró una nota de siete años atrás, anterior al trabajo de Bermejo:

“Referencia en genealogía antigua: protocolo de sucesión, folio 18.”

Bermejo no había descubierto aquella referencia.

La había confirmado después.

La cadena moderna retrocedía nuevamente.

Una factura de Landa decía:

“Localización de protocolo perdido y contraste de copias.”

El cliente era una sociedad patrimonial que había trabajado profesionalmente con el entorno de Velasco.

Eso demostraba que alguien dentro de ese circuito había pagado por localizar el protocolo.

No demostraba qué sabía personalmente Julián Velasco ni qué decisiones había tomado.

Landa había avanzado bastante.

Tenía notas sobre Gonzalo de Aranda y sobre la relación breve.

Había localizado referencias a los papeles conservados por Inés.

Y había escrito:

“La copia que conserva la condición de minoridad debe proceder de la rama apartada.”

No constaba que hubiera llegado a encontrarla.

Pero ya había deducido que debía existir.

Aquello bastaba para explicar por qué investigadores posteriores sabían con tanta precisión qué buscar.

Landa también había intentado consultar el legajo reorganizado en el siglo XIX que terminaría relacionado con la carpeta de copias robada.

La signatura estaba entonces cerrada por trabajos de reorganización.

Había llegado hasta la puerta documental.

No había podido atravesarla.

Cinco años atrás, una de las personas que continuó desde ese punto fue Esteban Llorca.

Elena encontró un correo intercambiado entre ambos.

El asunto era simplemente:

Valderrama

Landa pedía verificar una referencia dentro de una colección privada.

Era una tarea compatible con el trabajo de Llorca.

La respuesta, sin embargo, demostraba cuánto sabía ya:

“Si el protocolo confirma que Diego solo administró, cambia todo el conjunto.”

Adrián sintió el peso de la frase.

Llorca conocía la hipótesis mucho antes de que Pablo entrara en aquella historia.

No había llegado al asunto siguiendo a Pablo.

Pablo había penetrado después en una investigación que Llorca ya conocía.

Landa respondió:

“No cambian los hechos históricos únicamente. Cambia procedencia, clasificación y valor.”

Ahí aparecía el interés económico sin necesidad de imaginar ningún tesoro.

Una procedencia bien establecida podía modificar la atribución de documentos y la forma en que se clasificaba un conjunto.

También podía afectar su valoración y, dependiendo del recorrido histórico de determinadas piezas, abrir preguntas sobre titularidad.

La muerte de Rafael Landa no terminó la búsqueda.

El conocimiento siguió circulando.

Llorca continuó investigando.

Después aparecieron otros especialistas.

Aguirre.

Orduña.

Pablo.

Pero las consultas posteriores a la detención de Llorca demostraban que él tampoco era el centro único de la red.

La búsqueda había sobrevivido a su salida del circuito.

Lo mismo ocurría con Julián Velasco.

Sabían que había asesorado o financiado trabajos de procedencia y que piezas Valderrama habían pasado por colecciones vinculadas con su entorno.

También sabían que su familia había estudiado esas cuestiones desde antes.

Lo que Elena no tenía era evidencia de que Julián hubiera ordenado el robo, el uso de identidades ajenas o cualquier acto violento.

Su proximidad al conocimiento no bastaba para atribuirle el delito.