El Nombre Borrado (El secreto de la Catedral de Burgos: Tomo II) BLOQUE 3
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El siguiente indicio apareció en un registro físico.

Cuando el legajo salió del depósito, el archivo imprimió una hoja de circulación interna.

La impresora conservaba el usuario asociado:

Tomás Bermejo.

Pero sobre la hoja se había añadido a mano:

“Urgente. Consulta técnica.”

Elena solicitó muestras de escritura únicamente a las personas relacionadas con aquel recorrido.

Las primeras comparaciones descartaron varias manos.

La anotación no pertenecía al empleado cuya credencial se había utilizado ni al responsable de sala.

Tampoco coincidía con la restauradora que habría recibido una consulta técnica legítima.

Una muestra mostraba rasgos generales compatibles.

La de Samuel Orduña.

No era suficiente para una atribución pericial.

Orduña negó haberla escrito.

Y su simple decisión de consultar a un abogado no significaba culpabilidad.

Había otro dato.

Su teléfono registraba actividad cerca del archivo durante la franja del robo.

No dentro del edificio.

En las proximidades.

Orduña afirmó que tenía una reunión con un cliente.

No quiso identificarlo sin revisar sus obligaciones de confidencialidad.

Elena inició la vía formal correspondiente.

Aguirre, en cambio, entregó voluntariamente su agenda.

La visita al almacén figuraba registrada desde días antes y Martín había comprobado que las reproducciones que recogió fueron preparadas antes de la sustracción.

Eso hacía más plausible que su presencia allí tuviera una explicación legítima.

No lo alejaba de la búsqueda histórica.

Sí debilitaba, por el momento, la hipótesis de que hubiera improvisado aquella visita para retirar el legajo.

La investigación empezaba a distinguir funciones.

No todas las personas interesadas en el documento tenían necesariamente la misma relación con el robo.

Podía haber investigadores, intermediarios y tasadores siguiendo rutas distintas.

Y alguien todavía no identificado podía haber sido quien cruzó la línea entre buscar y sustraer.

Bermejo recordó después otro detalle de su antiguo encargo.

Cuando terminó, alguien le pidió que enviara en formato editable la genealogía y la referencia al protocolo.

No recordaba el nombre completo.

Solo el apellido:

Landa.

Adrián miró a Martín.

La asociación con Eusebio Landa, el archivero del siglo XIX, era tentadora.

No podían hacerla.

Bermejo revisó correos antiguos.

Encontró el nombre:

Rafael Landa.

Era consultor documental.

El apellido era llamativo.

Nada más.

No tenían prueba alguna de parentesco con Eusebio Landa.

Rafael había trabajado en proyectos de reorganización de fondos privados y también había prestado servicios para la fundación vinculada con el entorno Velasco.

Había fallecido dos años atrás.

No podían entrevistarlo.

Sí podían estudiar sus papeles.

La cadena moderna podía ser más antigua de lo que habían pensado.

Bermejo había localizado la referencia.

Rafael Landa había recibido sus copias.

Después otros especialistas habían seguido el mismo recorrido.

Eso podía explicar la transmisión del conocimiento sin necesidad de atribuirlo desde el comienzo a una sola persona.

Elena consiguió además identificar al cliente actual de Orduña.

No era Julián Velasco.

Era una sociedad privada dedicada a inversión en bienes culturales.

Le había encargado valorar:

“Conjunto incompleto de documentos de procedencia castellana, posible vínculo con rama Fernando de Valderrama.”

Adrián quedó quieto.

La sociedad parecía poseer piezas.

Algunas podían ser originales.

Su procedencia todavía estaba siendo revisada.

Eso introducía un interés contemporáneo independiente.

Si el protocolo o una relación derivada demostraban que ciertos documentos habían pertenecido a la línea de Inés y sus descendientes, podía cambiar su atribución y su valoración.

Incluso podían surgir preguntas sobre titularidad.

El presente dejaba de parecer una única conspiración.

Un mismo documento podía interesar a personas distintas por razones diferentes.

Aquello era más plausible.

Y también más difícil de reconstruir.

La última pieza devolvió toda la atención a la identidad de Bermejo.

Su cuenta había sido utilizada seis semanas antes del robo.

No para mover documentos.

Para consultar el catálogo interno.

La búsqueda recuperada decía:

“Aranda, Fernando de Valderrama, folio 18, carpeta de copias.”

Adrián sintió el peso del dato.

Aquello demostraba preparación.

Primero alguien había utilizado la cuenta para localizar la pieza.

Después la misma identidad había servido para iniciar el movimiento del legajo.

El historial mostraba además consultas sobre la circulación interna del conjunto.

Quién lo había revisado.

Cuándo se movía.

Qué personal podía acceder.

Qué fechas tenía previstas para conservación.

Ya no querían saber únicamente dónde estaba.

Querían identificar el momento en que resultaría más fácil moverlo.

Eso eliminaba la hipótesis de una decisión impulsiva tomada aquella mañana.

Había existido planificación.

Elena cerró la carpeta.

La identidad de Bermejo no se había elegido porque estuviera disponible.

Se había elegido porque encajaba.

Era un historiador real, especialista en casas nobiliarias castellanas y con antecedentes legítimos de consulta sobre los Valderrama.

Además, había sido uno de los primeros investigadores modernos en localizar la referencia al folio dieciocho.

Era una cobertura excelente.

Hasta que alguien comprobó dónde estaba el verdadero Bermejo el día del robo.

Martín observó la lista de personas que habían tenido acceso a su antiguo informe.

Quien eligió aquella identidad conocía ese proyecto y sabía qué había encontrado Bermejo.

Eso reducía el círculo.

No a una persona.

Sí a quienes podían haber tenido acceso a aquellos informes, sistemas o dispositivos.

Adrián miró el nombre de Bermejo.

Una identidad real convertida en llave.

Cinco siglos antes, una genealogía había podido cambiar la memoria de una familia dejando nombres fuera.

Ahora alguien utilizaba un nombre existente para entrar en el lugar de otra persona.

Elena guardó las hojas.

Ya sabían bastante bien cómo se había preparado el retiro del legajo.

Todavía no sabían quién lo había ejecutado.

La siguiente pregunta era más antigua.

Quién había empezado a buscar el protocolo antes de que la mayoría de aquel círculo supiera siquiera por dónde comenzar.

La identidad de Tomás Bermejo había abierto una puerta.

Detrás había una investigación que llevaba años en marcha.