El Nombre Borrado (El secreto de la Catedral de Burgos: Tomo II) BLOQUE 2
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Martín encontró algo todavía más importante que el acceso digital.

La consulta de Bermejo de seis años atrás no había sido genérica.

Había pedido la versión genealógica donde Fernando e Inés todavía aparecían.

Según recordaba, su encargo consistía en localizar genealogías antiguas y comparar procedencias.

La instrucción que más recordaba decía:

“Localizar cualquier documento donde Fernando aparezca antes de Diego.”

Adrián quedó inmóvil.

La cuestión de precedencia había sido identificada mucho antes de la entrada de Pablo Mena en la investigación.

El informe de Bermejo contenía dos referencias.

Una era la genealogía.

La otra:

“Relación antigua de descendencia con referencia a protocolo.”

En la copia remitida inicialmente faltaba el anexo donde se desarrollaba aquella referencia.

Bermejo conservaba una versión antigua en un disco duro.

Cuando la envió, Martín encontró la nota completa:

“Prot. suc., fol. 18.”

El silencio fue inmediato.

Bermejo había localizado la referencia seis años atrás.

Y la había entregado a la consultora que lo contrató.

Desde allí podía haber circulado.

Aquello permitía explicar buena parte de la repetición moderna.

No hacía falta suponer que Llorca, Aguirre, Orduña y otros investigadores hubieran redescubierto de manera independiente el mismo folio.

Una referencia localizada por Bermejo podía haber pasado de un informe a otro hasta convertirse en conocimiento compartido dentro de un pequeño circuito profesional.

Martín revisó los metadatos.

El archivo había permanecido activo en algún sistema después de terminado el encargo.

Eso no permitía saber quién lo había abierto ni si la actividad se debía simplemente a una sincronización automática.

Pero confirmaba que aquella documentación siguió circulando digitalmente.

La siguiente pieza fue más concreta.

La cuenta utilizada el día del robo no había accedido mediante contraseña.

Se había autenticado mediante una sesión persistente.

Un token guardado.

Eso significaba que quien la utilizó no necesitaba conocer necesariamente la clave actual de Bermejo.

Había que averiguar dónde había quedado abierta esa sesión y cómo pudo reutilizarse.

Bermejo recordó entonces un detalle.

Durante el antiguo encargo había trabajado con un portátil proporcionado por la consultora.

Lo devolvió al terminar.

La empresa, por tanto, había tenido acceso físico a un dispositivo en el que su cuenta pudo permanecer autenticada.

Seis años era demasiado tiempo para una sesión ordinaria.

El acceso tuvo que mantenerse, copiarse o reactivarse posteriormente.

La empresa original ya no existía con el mismo nombre.

Había sido absorbida.

Sus sistemas habían migrado y parte de los registros se había perdido.

Pero sobrevivía una copia de seguridad.

Allí aparecía la cuenta de Bermejo asociada con distintos proyectos documentales, entre ellos uno relacionado con los Valderrama.

También figuraban trabajos sobre procedencia de fondos familiares y tasación documental.

Aguirre había trabajado unos meses dentro de aquella estructura.

Orduña aparecía como consultor externo.

Llorca también había pasado por ella.

El círculo era ahora más pequeño.

Seguía sin ser una autoría.