El Nombre Borrado (El secreto de la Catedral de Burgos: Tomo II) CAPÍTULO 23 Identidad usada para retirar un documento
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CAPÍTULO 23 Identidad usada para retirar un documento

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El nombre era real.

Eso complicaba todo.

Elena Salcedo había visto identidades inventadas, documentos adulterados y perfiles construidos con datos falsos.

Aquello era distinto.

El investigador existía.

Tenía trayectoria académica.

Había publicado.

Contaba con acreditaciones de archivo y años de experiencia en fondos notariales.

El problema era que no estaba en Burgos.

No había estado allí durante toda aquella semana.

Y, sin embargo, su identidad figuraba asociada con la sesión desde la que se había iniciado el movimiento del legajo sustraído.

Adrián Valcárcel observó la ficha.

Elena ya había hablado con él.

El investigador negaba haber solicitado aquel legajo y afirmaba no consultar personalmente ese archivo desde hacía años.

Conocía el apellido Valderrama de manera general, pero no recordaba haber trabajado específicamente sobre Fernando.

Tampoco reconocía una relación profesional con Víctor Aguirre.

Martín Arce preguntó si su cuenta seguía activa.

Sí.

Eso permitía afirmar algo con claridad.

Alguien la había utilizado.

Todavía no sabían cómo.

Podía existir una sesión guardada, una credencial digital reutilizada o algún acceso asociado con un dispositivo antiguo.

Elena apartó las hipótesis.

No quería una lista de posibilidades.

Quería reconstruir la cadena.

La identidad del investigador no había servido únicamente para presentar una solicitud externa.

Su cuenta había abierto una sesión de consulta asistida.

Desde allí se generó la orden interna para mover el legajo.

Después se había utilizado la credencial de un empleado del archivo para completar el recorrido físico de la caja.

Eran dos niveles distintos.

Una identidad académica para iniciar el trámite.

Otra interna para mover el documento.

Quien había preparado aquello conocía ambos sistemas.

Eso reducía el universo de posibles responsables.

No lo resolvía.

El investigador se llamaba Tomás Bermejo.

Era especialista en documentación de casas nobiliarias castellanas.

Adrián comprendió enseguida por qué aquel nombre había sido útil.

No habían elegido una identidad al azar.

Si alguien revisaba superficialmente la consulta, la presencia de Bermejo resultaba perfectamente plausible.

Su especialidad coincidía con el fondo.

Sus antecedentes profesionales también.

La cobertura estaba construida para no llamar la atención.

Bermejo remitió registros de sus actividades.

El día del robo estaba dando clase lejos de Burgos.

Había alumnos, correos institucionales y accesos de red compatibles con su presencia allí.

Como autor material dentro del archivo quedaba descartado por el momento.

Eso no resolvía cómo se habían obtenido sus credenciales.

Los primeros registros mostraron un dato importante.

La cuenta había iniciado sesión desde una red vinculada con Burgos.

No desde la universidad de Bermejo.

Elena reconstruyó entonces su relación previa con los Valderrama.

Seis años antes había consultado una genealogía titulada:

“Casa de Valderrama. Ramas principales.”

Su nombre no solo resultaba creíble.

Ya pertenecía a la historia moderna de aquella investigación.

Bermejo había trabajado entonces para una sociedad de estudios patrimoniales.

No era la misma utilizada después por Aguirre.

Pero formaba parte del mismo ecosistema profesional por el que, en distintos momentos, habían pasado Aguirre, Llorca y Samuel Orduña.

Aquella estructura podía haber conservado informes, antecedentes de consulta o copias de acreditaciones.

No debía haber conservado contraseñas.

Pero una mala práctica de seguridad bastaba para dejar una puerta abierta.