BLOQUE 3
El almacén tenía actividad normal.
Había trabajadores, proveedores y materiales procedentes de varias instituciones.
Elena aseguró únicamente el sector relacionado con el vehículo y reconstruyó los movimientos mediante registros y cámaras.
La grabación mostraba la llegada de dos cajas.
Una correspondía con claridad a material de conservación.
La otra no tenía una identificación visible.
Fue llevada hacia una zona lateral.
Cinco minutos después entró un hombre que no llevaba uniforme.
Firmó en recepción.
Más tarde salió con una cartera rígida de gran tamaño.
La caja permaneció en el almacén.
Las imágenes no permitían determinar si algo había sido retirado de su interior.
El responsable consultó el registro.
El visitante era:
Víctor Aguirre.
Clara miró a Elena.
—Entonces fue él.
Elena negó.
Sabían que Aguirre había estado allí poco después de la llegada de la caja.
También sabían que había salido con una cartera.
No sabían qué llevaba al entrar ni qué llevaba al salir.
Aguirre respondió al teléfono.
No intentó huir.
Se presentó acompañado por un abogado y explicó que había ido al almacén para recoger reproducciones encargadas con anterioridad.
Admitió que buscaba la carpeta relacionada con el protocolo de Gonzalo de Aranda.
Cuando Elena preguntó por el folio veintidós, fue preciso.
—Buscaba una copia de la cláusula que falta.
—¿Qué cláusula?
—La reserva de derechos de los hijos de Fernando.
Aguirre comprendía el problema documental con tanta profundidad como ellos.
Su visita al almacén tenía además una explicación previa verificable.
El pedido de reproducciones había sido realizado antes de la desaparición.
Eso favorecía su explicación.
Solo parcialmente.
El material preparado para él era un sobre fino.
No necesitaba una cartera rígida tan grande.
Podía haberla llevado por razones completamente legítimas.
También podía haber tenido otra función.
No era una prueba.
El registro del almacén introdujo otra complicación.
Aguirre no había sido el único visitante relacionado con la antigua investigación patrimonial.
Veinte minutos antes había entrado un consultor de tasación documental llamado Samuel Orduña.
Elena reconoció el nombre.
Había trabajado con Llorca.
Además figuraba como consultor externo en el proyecto FV-17, especializado en valoración y procedencia de fondos privados.
Aguirre y Orduña habían coincidido durante algunos minutos en el almacén.
Eso ampliaba la investigación.
No identificaba al autor del robo.
Orduña no respondió a las primeras llamadas.
Cuando finalmente fue localizado, explicó que había acudido a recoger fotografías destinadas a una tasación.
Su presencia también tenía justificación comprobable.
Reconoció conocer a Aguirre y haber hablado brevemente con él.
Sabía, además, que el protocolo Valderrama era buscado por distintas personas.
—¿Quiénes? —preguntó Elena.
Orduña tardó en responder.
—Coleccionistas, investigadores, intermediarios.
—¿Por qué tanto interés?
—Porque si aparece completo puede cambiar la procedencia de varias piezas que llevan años circulando.
El problema volvía a ensancharse.
El protocolo no solo tenía importancia histórica.
Podía afectar la valoración y la procedencia de documentos conservados en colecciones privadas.
Una misma pieza podía modificar una interpretación histórica y alterar al mismo tiempo la situación patrimonial de otros documentos.
Cuando Elena preguntó qué piezas podían verse afectadas, Orduña se mostró más prudente.
Solo dejó una indicación:
—Están mirando demasiado la sucesión.
Adrián levantó la vista.
—¿Entonces qué falta?
—La relación de bienes.
Según Orduña, existía una relación vinculada con los derechos de Fernando.
Afirmó no haberla visto personalmente y se negó a revelar quién se la había mencionado sin asesoramiento adicional.
La pista quedaba abierta.
Otra pieza se incorporaba al recorrido que ya relacionaba documentación genealógica, sucesoria, patrimonial y funeraria.
Todavía no podían convertir todo aquello en un único conjunto.
Pero la estructura seguía ampliándose.
Mientras tanto, Clara regresó a la caja descargada en el almacén.
Seguía allí.
Fue abierta en presencia del personal correspondiente.
Estaba vacía.
En el fondo había polvo y fibras.
También una pequeña esquina desprendida de una etiqueta antigua.
Conservaba parte de un número:
42.
Nadie habló.
Era la antigua referencia del legajo.
Elena observó la pieza antes de que fuera manipulada.
Aquello constituía una conexión material mucho más fuerte que las cámaras o las coincidencias de horarios.
El contenedor asociado con la antigua signatura había llegado hasta el almacén.
El contenido ya no estaba dentro.
A partir de ese momento, la investigación dejó de tratarse como una mera incidencia administrativa.
Había un legajo histórico ausente de su custodia, una orden interna generada mediante credenciales aparentemente utilizadas sin autorización y un traslado que nunca había alcanzado el destino registrado.
Ahora existía además un contenedor relacionado materialmente con la antigua signatura localizado fuera del archivo y sin la documentación que debía contener.
Eso todavía no identificaba al responsable.
Pero permitía formalizar la sustracción.
Habían robado el legajo.
Al regresar al archivo apareció la última anomalía.
La orden interna había sido generada desde una terminal secundaria utilizada ocasionalmente durante consultas asistidas.
La sesión figuraba abierta a nombre de un investigador acreditado.
El problema era que aquel historiador se encontraba ese día a cientos de kilómetros de Burgos.
Otra identidad había sido utilizada sin autorización.
Esta vez no para pedir una reproducción.
Había servido para iniciar el movimiento interno que permitió sacar una caja completa de su custodia ordinaria.
El robo demostraba que alguien había cruzado una frontera.
Hasta entonces habían localizado documentos mediante búsquedas cada vez más precisas.
Ahora alguien los sustraía.
La pregunta ya no estaba únicamente en quién había transportado la caja.
También en quién había elegido una identidad ajena, generado una orden aparentemente legítima y conocido el recorrido necesario para sacar el legajo del archivo sin activar de inmediato una alarma.