BLOQUE 3
La prueba más sólida apareció en un pleito posterior.
No discutía derechos sobre la casa de Burgos.
Era un litigio patrimonial distinto en el que una de las partes necesitaba demostrar parentesco.
Para hacerlo presentó una genealogía.
No era ninguna de las dos que Adrián ya conocía.
Era más reducida.
Pero bastaba.
Comenzaba en Fernando de Valderrama.
Continuaba por Alfonso y Leonor.
Después seguía con Mencía, Catalina e Isabel.
Y desde allí avanzaba dos generaciones más.
Siete generaciones desde Fernando.
Clara permaneció junto a la mesa.
La rama había continuado mucho más allá del momento en que la genealogía de la casa principal había dejado de representarla.
Pero esta vez el valor probatorio no dependía únicamente del árbol presentado.
Una anotación decía:
“Probada la filiación por escrituras de matrimonio, testamentos y poderes.”
Martín sonrió apenas.
Cada enlace genealógico estaba respaldado por documentación de naturaleza distinta.
Eso permitía formular una conclusión con mucha más seguridad.
La descendencia de Fernando no se había extinguido biológicamente.
Además, aquel árbol era posterior a varias generaciones de genealogías de la casa donde Fernando ya no figuraba.
Dos tradiciones documentales habían coexistido.
Una dejó de representar la rama.
La otra continuó documentándola.
Eso no significaba que la primera hubiera mentido deliberadamente sobre una extinción que conocía.
Sí demostraba que su silencio no correspondía con la desaparición real de la descendencia.
La rama se había perdido dentro de una tradición documental.
No dentro de todas.
Clara miró a Adrián.
—Entonces ya podemos decirlo.
Adrián asintió.
Biológicamente, la rama nunca se extinguió.
La cuestión jurídica seguía siendo diferente.
No podían concluir por la mera existencia de descendientes que todos los derechos hubieran sobrevivido con idéntico alcance.
Sangre y derecho debían continuar analizándose por separado.
Elena recibió una llamada.
Aguirre había consultado aquel mismo pleito el día anterior.
No había solicitado una copia de la genealogía.
Había pedido:
“documentos aportados como prueba de filiación.”
Eso revelaba qué estaba buscando realmente.
El árbol ya no era suficiente.
Quería llegar a las piezas que lo sustentaban.
Entre las pruebas aparecía una referencia:
“Relación de sucesión y derechos de la línea de Fernando.”
La pieza no permanecía dentro del pleito.
Había sido aportada y posteriormente:
“Devuelta a la parte después de sentencia.”
Por tanto, existió.
Y varias generaciones después de Alfonso, la propia rama seguía conservando una relación de sucesión y derechos.
La descripción añadía:
“Contiene copia de actos de Burgos y razón de la administración que siguió a la muerte de Fernando.”
Adrián sintió cómo volvía a cerrarse el círculo.
La relación podía derivar del protocolo de Aranda.
También podía incorporar copias procedentes de aquella serie.
Eso explicaba por qué Aguirre había seguido durante tanto tiempo a los descendientes.
No estaba persiguiendo únicamente personas.
Estaba siguiendo el documento que había viajado con ellas.
Elena preguntó si podía tratarse del Memorial de Burgos.
Adrián negó.
No tenían base para identificarlo de ese modo.
Podía contener materiales que más tarde hubieran terminado integrados dentro de un corpus mayor.
Podía ser un antecedente documental.
Eso era lo máximo que podían sostener.
Martín encontró una nota marginal en el expediente:
“La relación principal se hizo de papeles más antiguos, entre ellos protocolo de Aranda.”
La transmisión empezaba a resultar coherente.
Actuaciones tempranas habían generado protocolos.
De ellos habían salido copias y relaciones.
Parte de esa documentación había sido conservada por Inés, después por Alfonso y Leonor, y más tarde por generaciones que ya utilizaban otros apellidos.
Los originales podían fragmentarse.
El contenido seguía viajando.
Clara observó la secuencia familiar.
Fernando.
Alfonso.
Leonor.
Después otras casas y otros apellidos.
—Entonces decir “rama extinguida” es incorrecto si hablamos de descendencia.
—Sí —respondió Adrián.
—¿Y si hablamos de derechos?
—Eso todavía tenemos que demostrarlo por separado.
Aquella distinción ya no podía abandonarlos.
La genealogía podía acreditar sangre.
Los testamentos demostraban continuidad familiar.
Las escrituras permitían reconocer determinados bienes.
Los protocolos debían explicar qué había ocurrido con la administración, el patronato y las pretensiones jurídicas.
Al final del día, Adrián volvió a la genealogía que omitía a Fernando.
Durante siglos había parecido ordenada y coherente.
Ahora veía aquello que quedaba fuera de su marco.
La descendencia había seguido moviéndose fuera de Burgos y bajo otros nombres.
Los documentos habían viajado con ella.
La rama de Fernando no se había extinguido.
Había salido del encuadre documental que terminó dominando la memoria de la casa.
Martín cerró la carpeta.
—Ahora sabemos que no necesitamos el protocolo para demostrar que la rama existió.
—No —respondió Adrián—. Lo necesitamos para saber qué ocurrió con sus derechos.
Todo terminaba regresando allí.
Las escrituras podían demostrar filiación.
Los testamentos podían seguir la descendencia.
Otros documentos acreditaban derechos patrimoniales concretos.
Pero para comprender cómo una línea que siguió existiendo quedó fuera del gobierno y acabó desapareciendo de la representación principal de la casa, necesitaban reconstruir la decisión jurídica.
Y esa decisión seguía conduciéndolos al protocolo perdido.