BLOQUE 3
La sexta generación documental fue la que más impresionó a Adrián.
No por ser la más antigua.
Por lo contrario.
Era una certificación familiar de finales del siglo XVIII, perfectamente ordenada y sellada.
La línea de Diego aparecía tan consolidada que la antigua disputa ya no necesitaba explicación.
No se hablaba de administración provisional.
Fernando no figuraba.
Diego aparecía como continuador natural y la genealogía avanzaba desde él hacia las generaciones siguientes con una serenidad mucho más inquietante que cualquier tachadura.
Clara terminó de leer.
—Aquí ya nadie necesita estar mintiendo conscientemente.
—Probablemente no.
—Solo repiten lo que recibieron.
—Sí.
Clara permaneció mirando las hojas.
—Eso es peor.
La observación tenía sentido.
Una alteración consciente todavía podía pertenecer a un momento y a una persona determinada.
Una tradición heredada era distinta.
Con el tiempo dejaba de percibirse como decisión.
Se convertía en conocimiento aceptado.
Para aquella última generación, Fernando ya no existía como problema ni como alternativa.
La transformación había triunfado cuando ya no necesitaba que nadie la defendiera.
Adrián construyó una tabla de transmisión para ordenar el proceso.
En las fuentes tempranas, Fernando aparecía como hijo mayor y tenía descendencia reconocida.
Después su línea seguía existiendo pero perdía detalle.
Más adelante, la descendencia dejaba de ser visible.
Finalmente, Fernando desaparecía por completo de determinadas genealogías.
A partir de allí, las copias posteriores heredaban la ausencia.
Lo importante no era que fueran seis.
Era que demostraban cómo una selección podía estabilizarse durante generaciones.
Clara preguntó qué les faltaba para hablar de una decisión inicial.
Adrián volvió a Juan de Olmedo.
Necesitaban identificar la fuente que había utilizado.
El protocolo del folio dieciocho podía ser una de ellas.
Si aquel documento incluía a Alfonso o reconocía derechos incompatibles con la desaparición de la línea de Fernando, la genealogía de Olmedo habría utilizado, directa o indirectamente, una fuente que no coincidía con la representación resultante.
Eso sería importante.
Pero su fuerza dependería de lo que el protocolo dijera realmente.
A última hora, Adrián recibió un correo.
Era de Martín Arce.
El asunto decía:
“Valderrama.”
Adrián abrió el mensaje.
“Me dijeron que estás siguiendo una referencia a un protocolo de sucesión y varias genealogías divergentes. Creo que estás mirando las copias correctas, pero en el orden equivocado.”
Clara leyó por encima de su hombro.
—Me cae bien.
—No lo conoces.
—Ya me cae bien.
Adrián continuó.
“Las genealogías tardías no son el problema. Hay que identificar cuál fue utilizada como matriz por las demás. Tengo una concordancia de errores que quizá te interese.”
Aquello cambiaba el enfoque.
No necesitaban seguir acumulando árboles coincidentes.
Necesitaban reconstruir la transmisión.
Martín aceptó reunirse al día siguiente.
Su último mensaje fue breve:
“Trae las seis versiones. Y si tienes la referencia al folio 18, mejor.”
Clara levantó una ceja.
—También conoce el folio.
Adrián cerró el correo.
Por primera vez desde que había empezado a ordenar aquellas genealogías, tuvo la sensación de que podían dejar de comparar documentos aislados y comenzar a reconstruir cómo uno había dado origen a los siguientes.
Volvió a la genealogía de Juan de Olmedo.
Si las otras cinco dependían, directa o indirectamente, de aquella versión, Fernando no había desaparecido seis veces.
Había desaparecido una.
Las generaciones posteriores habían heredado esa ausencia.
Adrián apagó la pantalla.
Al día siguiente conocería a Martín Arce.
Quizá entonces podrían demostrar en qué momento una decisión documental dejó de percibirse como decisión y empezó a transmitirse, simplemente, como historia.