El Nombre Borrado (El secreto de la Catedral de Burgos: Tomo II) BLOQUE 2
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Juan de Olmedo no había sido genealogista.

Era escribano.

Llevaba cuentas, copiaba acuerdos, preparaba relaciones de bienes y registraba decisiones internas.

La genealogía que les interesaba no había sido concebida como una obra histórica.

Era una herramienta administrativa.

Precisamente por eso adquiría mayor importancia.

Clara leyó el resumen de sus funciones.

—¿Para qué necesitaban una genealogía dentro del patronato?

—Para establecer quién podía ejercer determinados derechos y representar la continuidad de la fundación.

No era un árbol decorativo.

Podía servir para justificar acceso a rentas o determinadas funciones.

En ese contexto, excluir una rama resultaba relevante.

Con Fernando y sus hijos visibles, Diego dejaba de parecer la única continuidad posible.

Sin ellos, la representación se volvía mucho más simple.

Santiago había dejado varias referencias a Olmedo.

Su nombre aparecía asociado con pagos y trabajos de copia.

Una entrada destacaba:

“Por poner en limpio la relación de la descendencia conforme a los papeles entregados.”

Clara se inclinó.

—“Poner en limpio” parece indicar que recibió una relación anterior.

—Exactamente.

No demostraba que el documento previo fuera diferente.

Sí demostraba que Olmedo no había creado necesariamente aquella genealogía desde cero.

Había material anterior.

La fecha era apenas unos meses posterior a la gran reforma funeraria.

Eso colocaba ambos procesos dentro de una franja temporal muy próxima.

La piedra había cambiado su campo visible.

La documentación familiar empezaba a modificar qué línea ocupaba el centro de la continuidad.

No tenían por qué afirmar todavía que se trataba de una sola operación coordinada.

La proximidad cronológica bastaba para exigir una explicación.

Elena Salcedo apareció aquella tarde con un dato contemporáneo.

Alguien había solicitado, dos meses antes, reproducciones de aquellas mismas genealogías.

La petición estaba a nombre de un investigador real llamado Sergio Lamas.

El hombre existía.

Pero negó haber hecho la solicitud.

El patrón resultaba conocido.

Otra identidad utilizada sin autorización.

Esta vez la consulta había sido remota.

Lo solicitado incluía genealogías de los Valderrama, relaciones de descendencia y un protocolo notarial.

Clara miró a Adrián.

—¿El folio dieciocho?

Elena asintió.

La búsqueda contemporánea avanzaba por la misma ruta.

Y quien la seguía conocía la referencia antes que ellos.

Elena todavía no podía atribuirla a Llorca, Velasco ni a V.

Solo podía afirmar una continuidad de interés.

La detención de Llorca había resuelto el núcleo material de la muerte de Pablo.

No había terminado la búsqueda documental.

Había otro detalle.

La persona que utilizó el nombre de Sergio Lamas no había pedido únicamente el protocolo.

También solicitó la genealogía de Juan de Olmedo.

Eso significaba que conocía cuál de las versiones podía ser decisiva.

Y pidió imágenes de alta resolución de los márgenes.

Adrián volvió a la reproducción.

A simple vista parecían casi vacíos.

Había números, signaturas y referencias abreviadas.

Una de ellas decía:

“Prot. suc. f. 18.”

Clara entendió enseguida.

Buscaban la referencia exacta.

Eso sugería que quien seguía la misma ruta todavía no poseía el protocolo completo.

Sabía dónde mirar.

No tenía toda la documentación.

Competía por encontrarla.

Elena no les pidió que detuvieran la investigación.

Sí exigió que le informaran qué archivos pensaban consultar y adónde se desplazarían.

No había una amenaza concreta.

Había un patrón.

Eso era suficiente para aumentar la precaución.

Clara volvió a mirar la genealogía.

—Ahora sí necesitas a Martín Arce.

Adrián no respondió.

Porque tenía razón.