El Nombre Borrado (El secreto de la Catedral de Burgos: Tomo II) CAPÍTULO 2 Seis generaciones sin Fernando
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CAPÍTULO 2 Seis generaciones sin Fernando

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La primera sorpresa fue descubrir que no estaban frente a una única genealogía problemática.

Había varias.

Adrián Valcárcel tardó dos días en reunir una secuencia suficientemente amplia para comprender la magnitud del problema.

Los documentos no eran copias idénticas, procedían de archivos distintos y tampoco habían sido creados para la misma finalidad.

Algunos acreditaban parentescos o acompañaban relaciones patrimoniales.

Otros pertenecían al patronato, a certificaciones familiares o a expedientes privados utilizados mucho tiempo después para ordenar nuevas sucesiones.

Entre la primera y la última había casi dos siglos.

Fernando no aparecía en ninguna.

Tampoco Alfonso, Beatriz ni Leonor.

Clara Montalvo recorrió las reproducciones dispuestas en orden cronológico sobre una mesa larga.

—Entonces funcionó.

Adrián levantó la vista.

—¿Qué?

—La desaparición.

Él tardó un momento en responder.

—Funcionó documentalmente.

La diferencia importaba.

No todas las personas que habían repetido una versión incompleta tenían por qué conocer el origen de aquella ausencia ni compartir la intención que pudiera haber existido cuando se produjo por primera vez.

Una decisión podía tomarse una sola vez.

Después bastaba con copiar.

Con el paso de las generaciones, la causa original podía olvidarse mientras la omisión continuaba circulando.

Clara volvió a las fechas.

Había al menos cinco manos reconocibles.

Eso descartaba una única persona redactando la misma versión durante décadas.

Pero todas las genealogías terminaban produciendo la misma continuidad.

—Entonces comparten una fuente —dijo Clara.

—O forman una cadena de fuentes dependientes.

Adrián señaló la primera de las seis.

No era la genealogía más antigua conocida de los Valderrama.

Sí era la primera de aquella serie en la que Fernando ya había desaparecido por completo.

El encabezado decía:

“Según la relación de linaje conservada en los papeles de la casa.”

La expresión era poco precisa.

Papeles de la casa podía referirse al archivo doméstico de una rama familiar, al patronato o a un conjunto de copias intermedias que ya hubiera reducido la descendencia de Fernando.

Pero la misma fórmula reaparecía décadas después.

Y volvía a encontrarse en una certificación posterior.

Eso hacía pensar que varias de aquellas genealogías no habían acudido de nuevo a las fuentes originales.

Probablemente habían reproducido una versión anterior o una relación derivada de ella.

La diferencia era enorme.

Seis documentos coincidentes podían parecer seis verificaciones independientes.

Pero si todos descendían de una sola matriz, su coincidencia no aumentaba la fiabilidad.

Solo multiplicaba la información que aquella matriz ya contenía.

—¿Puedes demostrar la dependencia? —preguntó Clara.

—Necesitamos coincidencias que no tengan una explicación independiente.

—¿Qué clase de coincidencias?

—Errores compartidos. Fórmulas repetidas. Abreviaturas peculiares. Orden de nombres.

Clara sonrió.

—Entonces vamos a buscar errores.

El primero apareció en la fecha de un matrimonio.

Una genealogía del siglo XVII situaba el enlace de uno de los descendientes de Diego dos años antes de la fecha consignada en el protocolo notarial contemporáneo.

Podía ser una equivocación aislada.

Pero otras tres genealogías posteriores repetían exactamente la misma fecha incorrecta.

No solo el año.

También el día y el mes.

Aquello hacía muy improbable que cada copista hubiera llegado al mismo error de manera independiente.

La segunda coincidencia era todavía más reveladora.

Una genealogía temprana llamaba Mencía de Salcedo a una mujer cuyo protocolo contemporáneo la identificaba como Mencía de Salazar.

Las copias posteriores heredaban la misma lectura equivocada.

Adrián señaló la secuencia.

—No parece que hayan verificado el protocolo.

—Copiaron la lectura anterior.

—Eso es lo probable.

Y, si habían heredado aquel error, podían haber heredado también la ausencia de Fernando.

Clara recorrió las seis versiones.

—Una sola genealogía pudo condicionar casi dos siglos.

Adrián asintió.

La comparación con la sepultura era inevitable.

Modificar la piedra había requerido una intervención física compleja.

Una genealogía solo necesitaba convertirse en fuente.

Una vez aceptada, podía reproducirse durante generaciones sin que nadie volviera al documento anterior.

La primera versión de aquella serie que contenía ambos errores había sido elaborada pocos años después de la reorganización del patronato.

El responsable era un escribano de la casa.

Juan de Olmedo.

Clara leyó el nombre.

—¿Trabajaba para Diego?

—Trabajaba para la administración del patronato.

—La misma estructura que terminó sosteniendo esa continuidad.

—Sí. Pero eso no demuestra que Diego le ordenara personalmente eliminar a nadie.

La aparición de Olmedo no resolvía el problema.

Podía haber recibido instrucciones.

También podía haber copiado una relación anterior o haber abreviado un documento por razones funcionales.

Pero por primera vez tenían una mano concreta en el punto donde Fernando desaparecía por completo de una genealogía que después parecía haber servido como referencia para otras.

Eso bastaba para seguir.