LA FE
Prieto se encuentra al lado de Daniel, al que le han dado una manta para que se proteja del frío. Ninguno parece tener ganas de hablar. Leiva se acerca.
—El juez vendrá en media hora a levantar el cadáver.
Prieto no dice nada.
—¿Estás bien?
Prieto hace un leve gesto con la cabeza.
—¿Seguro?
—¡Que sí, coño!
Leiva se aleja para evitar enfrentarse al malhumor de Prieto. Un coche patrulla llega hasta el portal. De él se bajan Rebeca, Fran y la madre de Daniel. El niño salta hacia ella al verla. Se abrazan.
Prieto se acerca a ellos.
—Gracias, muchas gracias —le dice la madre, emocionada.
Prieto no dice nada, apenas tiene fuerza para respirar, como si su alma se hubiera ido a dar una vuelta.
—¿Cómo estás? ¿Qué te ha hecho?
La madre lo examina por todas partes en busca de heridas o hematomas.
—Está bien. No se preocupe —responde Prieto por él.
—El niño cuidó de mí.
La madre necesita unos segundos para asimilar lo que ha escuchado antes de hacer la pregunta:
—¿Qué niño?
—El niño que estaba en el descansillo, esperándonos. ¿No te acuerdas?
—No había ningún niño esperándonos.
—Déjale, no le agobies, estará cansado —interviene Rebeca.
—Pobre —dice con una sonrisa. Se vuelve hacia Prieto—. ¿Nos podemos ir?
—No. Tiene que ir a ver al médico forense para reconocerlo. Mi compañero los conducirá al hospital.
La madre, con los ojos húmedos, se lleva a Daniel. El niño se da media vuelta y mira a Prieto. Este le saluda con la mano, tímidamente, abrumado por lo vivido. La familia entra en el coche patrulla. Se van.
Prieto se queda solo. Vuelve a sacar la fotografía.
En ella no está Daniel, no está el niño del que se acaba de despedir, sino otro muy distinto.
Sufre un escalofrío y se saca de nuevo la medalla del cuello.
Besa la imagen de la Virgen. Luego, hace un gurruño con la fotografía y la tira a una alcantarilla.
Camina hacia sus compañeros que han hecho corrillo. No quiere estar solo.