EL FANTASMA
TRES MESES MÁS TARDE
Daniel regresa del colegio con su pesada mochila.
Llama al telefonillo y su madre le abre.
Se encamina al ascensor, pero la luz roja en el pulsador lo frena en seco.
Sabe lo que eso significa. Golpea el marco varias veces, confiando en que alguien retenga la puerta en otro piso.
La luz roja persiste. El ascensor se ha vuelto a estropear.
Daniel escudriña el tramo de la escalera que lo conduce a su casa como el soldado que debe atravesar un campo de minas mientras desde las trincheras enemigas le disparan fuego de mortero.
El niño se lo piensa, se pregunta si llamar a su madre por el telefonillo para que venga a recogerlo, para que le acompañe a subir, para que le sirva de refugio cuando tenga que pasar por la puerta del piso donde ocurrió todo…
Pero la vergüenza de un niño de diez años que se cuestiona lo mayor que ya es para pedir ayuda a una madre es superior a su miedo.
Decide subir solo, con valentía, superar de una vez sus pesadillas y convertirse en el adulto valiente que quiere ser.
Respira hondo y corre, corre hacia arriba sin importarle quedarse sin aliento, corre como lo haría un animal acosado por bestias con colmillos acerados, corre casi con los ojos cerrados para evitar que su mente vea cosas que no existen o que se niegue a creer que existan para no caer en la locura, corre hasta que se encuentra con la figura negra que le bloquea el paso.
—¿Adónde vas con tanta prisa?
El cura le observa desde su imponente metro noventa de estatura. Tiene el pelo cano y ralo, con extrañas manchas marrones en sus calvas. Le sonríe con un cansancio de años de forzar sonrisas.
—A mi casa —le responde con una voz que se queda atrapada en su garganta.
—¿Eres el niño que vive arriba?
Daniel asiente, arrepintiéndose demasiado tarde de haber dicho la verdad. El cura deja de sonreír.
—Fuiste tú. El de esa noche.
Daniel no responde, pero no hace falta. El cura ya lo sabe. Durante un momento no dice nada hasta que le tiende la mano.
—Ven. No tengas miedo.
Daniel no coge la mano.
—Quiero que conozcas a alguien.
La mano sigue tendida como un revólver que invita a quien apunta. Daniel casi se ve obligado a cogerla. La mano del cura es firme, áspera y muy grande, y nota que la suya propia se pierde entre las profundidades de la palma de este hombre vestido de negro.
Se deja conducir hacia la puerta del piso de Marta que ya no es de Marta.
Está entreabierta y se oye ruido desde el interior.
Hace apenas unos días que han levantado el precinto.
El cura se detiene ante la puerta y vuelve a sonreír al niño en un gesto que es imposible de distinguir si es tranquilizador o inquietante, dada la naturaleza ambigua de esa sonrisa.
El cura empuja la puerta y el niño se ve obligado a entrar en el lugar en el que todo ocurrió, de nuevo. Las pertenencias de Marta siguen allí, como si el tiempo no hubiera transcurrido. Las cajas desordenadas, la ropa desperdigada por el suelo, el espejo a medio colgar… Todo como en esa noche.
Sortean el laberinto de cajas hasta el pasillo que conduce al baño y las habitaciones. Hay alguien ahí y, por un momento, Daniel espera ver a Marta salir del pasillo con Félix en su regazo.
—Mira a quién me he encontrado.
La frase del cura retumba con cierto eco en el piso medio vacío y no encuentra ninguna réplica, solo unos pasos apresurados que provocan que el corazón de Daniel quiera salir a pasear. Y entonces, la ve:
Es Marta, pero con sesenta años. Sus ojos, su nariz, la expresión de su boca…
Daniel no puede dejar de mirarla mientras su cerebro busca completar las piezas del puzle que le faltan para que todo tenga sentido.
La mujer se acerca a él, muy despacio, como si entendiera el miedo del niño, y al llegar a su altura le acaricia la mejilla con la mano igual que hizo Marta en esa noche.
—¿Sabes quién soy?
Y de repente, como una iluminación, Daniel lo sabe. Como sabe que la cicatriz que le cruza el rostro desde la frente hasta su barbilla es el recuerdo permanente del cuchillo de Marta.
—Eres la madre de Marta… y del niño.
Ella se inclina sobre él, de cuclillas y sin dejar de tocarle la cara, como si quisiera entrar en ese cuerpo que una vez albergó a su propio hijo. Huele a incienso, a misa, a miedo y a locura.
—Él quiere que sepas que fuiste muy valiente. Y que, de alguna forma, algo de él quedó en ti. Lo sabes, ¿verdad?
Daniel no responde. El cura decide dejarles solos y se acerca a una de las cajas donde descansan su estola y un hisopo. Se ajusta la estola en silencio y reza un padrenuestro mientras sostiene el hisopo frente a él.
—Vamos a ser vecinos. He comprado el piso. Necesito estar en el último lugar donde ellos estuvieron.
El cura termina de rezar y comienza a rociar cada una de las cajas y de las prendas de ropa con las que se encuentra en su camino mientras las bendice en latín. Daniel pronuncia por fin la frase que lleva escondiendo en su interior todo este tiempo:
—Ella… ella sigue aquí.
Los ojos de la mujer se humedecen, y lo abraza con fuerza.
—Lo sé —responde ella.
Y es entonces cuando él la ve en el espejo a medio colgar: Marta golpea el cristal desde dentro, intenta escapar, con los ojos rojos de odio, y grita en vano desde el otro lado, allí donde nadie la escucha.
El cura se acerca al espejo sin verla y lo rocía con el agua bendita del hisopo.
Las gotas caen sobre el cristal y provocan que Marta se retire un instante, dolorida por el agua consagrada.
Luego, despacio, gira la cabeza hacia Daniel, que se ha quedado paralizado por el miedo.
Ella le sonríe y vuelve a acercarse al otro lado del espejo.
Tiene algo en la mano que solo ahora es visible para él.
El cilicio con el que mató a Carlos. Se lo enrolla en el dorso de la mano, hasta hacerse sangre y, sin dejar de sonreír al niño, golpea el espejo, que estalla.
Los cristales salen despedidos con violencia y uno de ellos roza el rostro del cura y le hace sangrar. La madre contempla el espejo roto y se acerca, arrodillándose frente a él, sin preocuparse y sin quejarse por los cristales rotos que rasgan sus rodillas. Reza una letanía a la Virgen.
Daniel siente una caricia en su nuca. Decide no volverse. Decide no saber.
FIN