LA RESURRECCIÓN
—Está muerta.
Las palabras de Prieto son un bálsamo para Leiva. Inspira con dificultad, necesitado de ese aire que tanto le ha costado conseguir desde que ha bajado al sótano, y enfunda su pistola. Todo ha terminado.
Prieto se levanta a su vez y se gira para salir, repentinamente agotado. El arma pende de una mano sin fuerza para guardarla. Es en ese momento cuando Marta abre los ojos.
Ninguno de los policías se percata. Leiva ha salido del cuarto para encender la luz del pasillo y Prieto le da la espalda camino a la puerta. Ella se levanta sigilosamente y coge una sierra que descansa sobre la mesa. La eleva por encima de su cabeza para asestarle un golpe brutal a Prieto.
Leiva gira la cabeza y la ve.
—¡Prieto!
El policía se da la vuelta con el presentimiento de un horror que no puede creer. Se encuentra con una mueca de odio, maldad y carencia de cualquier rasgo de humanidad que pervierte lo que una vez fue el rostro de una joven llamada Marta. Instintivamente, Prieto le dispara tres veces en el pecho.
Marta cae.
El silencio se impone entre los dos agentes, que no se mueven, como si esperaran un nuevo truco de magia. Leiva, todavía sin aliento, alza la voz más de lo necesario a su superior.
—Coño, ¿dónde le has tomado el pulso? ¿En la nariz?
—¡Te digo que estaba muerta, gilipollas!
Prieto se acuclilla sobre el cuerpo de Marta y le da la vuelta, sin dejar de apuntarla. No puede evitar el escalofrío cuando la ve. Ha muerto con una mueca en su rostro: una sonrisa.
—Esta mujer no está loca… es otra cosa.
Saca la medalla que lleva al cuello de la Virgen del Carmen y la besa.
—Gracias.