EL PECADO ORIGINAL
Marta abre los ojos. Ya no se encuentra en el cuarto trastero. Tiene catorce años y está en la casa de su infancia. Se dirige hacia su dormitorio y lo abre.
Su hermano Arael, de unos diez años, reza en latín delante de la Virgen. Ella no puede reprimir la rabia en sus palabras.
—¿Qué haces en mi cuarto?
—Rezo. Para que la Virgen te perdone.
—¿Qué tiene que perdonarme?
Arael deja de rezar y gira su cabeza hacia ella. Contempla a su hermana con lástima.
—Lo que piensas cuando me miras.
Marta se acerca a su hermano, con una expresión de rencor y asco.
—No debiste nacer.
—No fue mi culpa.
—La violaron. Ella solo quería ayudarles y ellos la violaron. Tu sangre está podrida.
—No me odias por eso.
Ella se acerca más a él. No desea escucharle, pero al mismo tiempo quiere hacerlo. Necesita hacerlo. Necesita constatar que él lo sabe.
—Me odias porque me quiere. Porque no eres única. Porque no puedes soportar compartir su amor.
La mirada de su hermana le anuncia antes de que las manos alcancen su cuello lo que le va a hacer.
—No lo hagas.
Marta aprieta con fuerza. Percibe cómo la tráquea de su hermano se doblega; comprende el dolor que eso le produce. De alguna forma, escucha su voz, aunque él ya no puede hablar.
—Aún puedes arrepentirte.
Los dientes de Marta crujen por el esfuerzo. Algo estalla en su boca. Es un diente que ha reventado por la presión. El mismo diente que años después encontrará en el lavabo de su nueva casa.
El pequeño cuerpo de su hermano se ha convertido en un muñeco en sus manos. Lo ha conseguido. Ya no se mueve. Sus manos se apartan de él y Arael cae hacia adelante. Ha vuelto a matarlo.
Marta gira la cabeza hacia el Cristo que sangra en la cruz sobre su cama.
—No me arrepiento. Nunca me he arrepentido. Y nunca lo haré.
Cuando la figura del Cristo abre los ojos, ella los cierra.