El niño tras la puerta LA REDENCIÓN
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LA REDENCIÓN

Marta lleva de la mano al niño que aparece en la fotografía de Prieto. Un niño que no es Daniel. Se internan por el pasillo del sótano. Marta sonríe. Ya lo entiende todo.

Un asustado Vidal espera en el vestíbulo, apuntando con su arma al sótano. Prieto, Leiva, Jover y Daniel bajan las escaleras.

—¿Algo nuevo? —pregunta Prieto.

—No —responde Vidal mientras finge un valor que no tiene—. Iba a bajar, pero como me has dicho que me quede aquí.

—Ya.

Señala a Jover y a Daniel.

—Llévatelos al coche patrulla y espera a la ambulancia. Cuando vengan los compañeros les dices que estamos abajo.

—¿Vamos a bajar? —pregunta Leiva con la burda esperanza de una respuesta negativa. Como si no conociera a Prieto.

—No, nos vamos a quedar aquí hasta que la loca decida salir porque tiene hambre. ¡Coño, claro que vamos a bajar, venga!

Prieto baja decidido por las escaleras que conducen al sótano. Le sigue, menos seguro, Leiva.

Marta, que en ningún momento suelta la mano del niño, llega hasta la puerta del trastero que está abierta. Entran los dos.

El trastero es un pequeño habitáculo. En la pared hay colgadas varias herramientas. En el centro, una mesa de trabajo de carpintería.

Marta cierra la puerta y el cuarto trastero se convierte a sus ojos en…

… el dormitorio de cuando ella era una niña.

Las muñecas Bratz conviven con una figura de la Virgen en la mesilla de noche, junto a un rosario.

Estampas de santos junto a sus correspondientes velas votivas, escapularios, medallas colgadas, breviarios, cruces de todos los tamaños…

Toda una imaginería católica que haría enloquecer a un beato concentrada en una habitación infantil.

Marta se gira hacia el niño, con cariño.

—¿Te acuerdas?

El niño asiente con melancolía. Se vuelve hacia Marta.

—¿Ya sabes quién soy?

—Claro. Eres Arael, mi hermano.

—¿Por qué lo hiciste?

—Porque mamá te quería.

—Mamá tenía amor para los dos.

—Yo no quería que tuviera amor para los dos. Yo solo quería que tuviera amor para mí. Me lo merecía.

El niño se sienta sobre la cama.

—Como con Carlos.

Marta calla un instante. Pero no parece tener remordimientos. Arael aprieta la mano de su hermana.

—¿Por qué le haces esto a Él?

—Porque no me escucha.

—Te escucha, y te habla. Pero no le haces caso.

—Si no puede hacerme feliz, ¿para qué lo necesito?

—Te ha rodeado de gente que te ama.

—No lo suficiente.

—Le has hecho daño.

—Es lo que pretendía. Si yo sufro, Él sufre.

Arael aparta su mano de la de su hermana. Marta parece tranquila, como si hubiera aceptado su derrota y su destino, y extrañamente orgullosa de ello.

—Al final la beata de mamá tenía razón. Me he condenado.

Su hermano se acerca a ella y le vuelve a apretar la mano, con más fuerza esta vez.

—Él te quiere. Aún puedes salvarte.

—¿Cómo? —Sonríe, incrédula.

—La prueba es dura: implica un sacrificio.

—¿Cuál?

—El tuyo.

Marta se queda en silencio, sin comprender.

—Confía en mí. Soy tu hermano.

Marta le acaricia el rostro en un gesto que se puede considerar tierno o amenazante.

—Arrodíllate —le ordena su hermano.

Marta obedece y se deja llevar como un cordero por su pastor. El niño pone sus manos en el cuello de Marta y empieza a apretar, cada vez más fuerte, cada vez más fuerte… Marta se está ahogando, se está muriendo.

En ese momento entra Prieto junto a Leiva. La habitación infantil de Marta se convierte de nuevo en…

… el cuarto trastero. Los policías descubren con asombro a Marta, luchando por tomar aliento. Totalmente sola.

—Pero ¿qué le pasa? —pregunta Leiva agarrotado en su miedo.

Prieto, con la pistola levantada, se acerca más. Con horror, descubre unas manos invisibles e infantiles que aprietan el cuello de la joven. No entiende nada.

Impotentes, los policías asisten a la muerte de Marta, que se desploma en el suelo, golpeándose contra las losetas.

Prieto se acerca a ella. Le toma el pulso.

—Está muerta.