El niño tras la puerta EL ENCUENTRO
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EL ENCUENTRO

—Carlos defendió que estaba lista. La conocía bien, llevaba tratándola desde hace años.

El tono de Jover roza la agresividad. Es una respuesta al desplante del inspector, al desprecio sobre la psiquiatría, al constante cuestionamiento sobre la tutela que han ejercido sobre Marta.

Prieto se detiene y se gira con una mueca de asco hacia Jover, pero si iba a decir algo se detiene al escuchar a su compañero Leiva subir los escalones a la carrera hasta llegar a él.

—Siguen sin localizar al juez. ¿Qué hacemos?

—Aporrearemos la puerta hasta que nos abra. Y si no es blindada, la echamos abajo y luego ya que lo arregle el juez.

En ese instante, los policías escuchan el sonido del motor del ascensor. Corren sin necesidad de palabras hasta llegar al descansillo del piso de Marta. La puerta está abierta. Con cautela, sacan sus armas. Prieto se inclina para hablar en voz baja a Vidal.

—Baja, coño, a ver si es ella o un vecino.

Vidal, sin mucho entusiasmo, vuelve a bajar las escaleras. Prieto, Leiva y Jover entran en el piso.

—¿Hay alguien?

Nadie responde.

Prieto descubre algo en el suelo. Es la fotografía que Marta ha hecho con la cámara Polaroid a Daniel. La recoge y la observa un momento antes de guardársela en el bolsillo de su chaleco.

—¡Dios! ¡Prieto, mira esto!

Prieto y Jover se vuelven hacia donde señala Leiva. Descubren el gato muerto, en una postura incompatible con la vida y la cordura.

Más abajo, en el vestíbulo, Marta y Daniel salen del ascensor.

Se dispone a salir y tira del niño, pero las luces de los coches patrulla que se reflejan a través de los cristales esmerilados del portal le hacen cambiar de opinión.

Las zancadas de Vidal bajando las escaleras ya son audibles.

Con un movimiento brusco, arrastra al niño con ella hacia el sótano.

Cinco pisos más arriba, Leiva avanza por el pasillo mientras Prieto asoma la cabeza por la puerta de la cocina, sin entrar.

Jover se sitúa siempre a su espalda. En la cocina no hay nada.

El inspector continúa por el pasillo hasta que Leiva sale del dormitorio.

No dice nada, pero no es necesario. Esas miradas forman parte del lenguaje secreto de los policías.

—¿Es el niño?

Leiva niega con la cabeza. Prieto entra en el dormitorio seguido de Jover.

Allí, en el armario abierto, descubren el cuerpo sin vida de Carlos.

En su cuello, aún conserva el cilicio. Jover tarda un rato en reconocer a su amigo: la muerte cambia la expresión habitual del rostro y nuestra mente tiende a rechazar esa visión. Pero, finalmente, Jover lo ve.

—¡No!

—¡Hostia puta!

Se vuelve hacia Leiva.

—Sácalo de aquí.

Leiva arrastra a Jover, afectado por lo que acaba de ver. Prieto llama por su walkie-talkie a Vidal.

—¿Quién ha bajado en el ascensor?

Vidal llega al portal, sofocado por el esfuerzo de bajar las escaleras. No ve a nadie por la calle.

—Aquí no hay nadie. Quizás ha bajado al sótano.

—Joder. Quédate ahí, bajamos ahora mismo… pero cuídate. La loca ha asesinado a un tío en esta casa.

—Mierda —responde Vidal para sí mismo.

Con miedo y bastante torpeza, el policía saca la USP Compact de 9 milímetros de su funda. Da vueltas sobre sí mismo y vigila en todas direcciones; se sobresalta cuando escucha un portazo desde el sótano. Acaba de confirmar qué dirección ha tomado Marta.

Prieto sale del dormitorio y se dirige por el pasillo hasta el salón. Allí está Jover, sentado, conmocionado todavía con la muerte de su amigo.

Se activa de nuevo el walkie-talkie de Prieto, lo que le provoca un respingo del que se avergüenza en el acto.

—¡Está en el sótano! ¡Sea quien sea está en el sótano! —grita Vidal, que no está acostumbrado a noches como esta.

—Bien, tranquilo, bajamos ahora mismo. —Se gira hacia Leiva, que no sabe qué hacer ante un destrozado Jover—. La loca está en el sótano.

Se disponen a salir los tres de la casa cuando unas cajas se mueven. Hay alguien escondido detrás de ellas. Alguien que acecha.

Los dos policías, nerviosos, empuñan sus pistolas reglamentarias. Jover, asustado, se levanta del sillón y retrocede detrás de ellos. La voz autoritaria de Prieto, entrenada por años de experiencia en el Cuerpo de Policía, resuena con más violencia en la habitación vacía de muebles.

—¿Quién cojones anda ahí?

Nadie responde.

—¡Sal ya mismo o me pongo a pegar tiros, vive Dios!

Silencio.

Los policías se entienden sin hablar. Cada uno sabe lo que tiene que hacer. Prieto se acerca lentamente mientras Leiva se queda en su sitio, apunta a las cajas y lo cubre desde el otro ángulo.

Prieto llega hasta la altura de las cajas, pero no puede ver quién se encuentra detrás de ellas debido a la cercanía de la pared que le sirve de parapeto a quien está escondido.

Con un violento golpe de mano, Prieto desbarata las cajas.

Encogido, hecho un ovillo, se encuentra un crío de unos diez años.

—Tranquilo, chaval. Ya está todo bien. Estás a salvo.

Prieto guarda la pistola y, con extrema lentitud, acerca la mano para coger al chico, que sigue más asustado que aliviado. El policía no aparta los ojos de él. Hay algo que no le cuadra.

—¿Quién eres tú?

—Daniel. Mi madre me dejó aquí.

Prieto tarda un momento antes de sacar del bolsillo de su chaleco policial la fotografía que ha recogido del suelo al entrar. La vuelve a examinar. No es el mismo niño que aparece en ella.

Como si Daniel comprendiera la turbación de Prieto al comparar la fotografía con el niño que tiene delante de él, le da una explicación que lo confunde todavía más:

—El niño me dijo que me escondiera aquí.

—¿Qué niño?