EL PANDEMONIUM
Mucho antes, en la habitación, mientras Marta grita y esgrime el destornillador, cuando cree estar a oscuras y siente que alguien da vueltas a su alrededor y se ríe, como si Daniel le gastara una broma:
—¡Daniel! ¡Daniel! ¿Eres tú? ¡Daniel, deja de dar vueltas! ¡Daniel!
Daniel observa a Marta, aterrorizado. La luz no se ha apagado, pero Marta parece que no ve nada.
Lanza su brazo con la promesa de herir a alguien invisible, cada vez más cerca del niño que retrocede contra la pared, sin espacio ya para escapar, con la certidumbre de que el destornillador va a rasgar su piel, que Marta no le ve o finge no verle. Y entonces sucede.
Marta se detiene y sus ojos se quedan en blanco, mientras una voz ronca y profunda sale de su interior, como si dentro de ella habitara otro ser que la odiara con un odio tan inmenso que hasta Dios cerrara los ojos.
—¡Zorra! ¡Ramera!
Es la propia Marta la que se insulta a sí misma mientras Daniel no puede soportar más, y se hace un ovillo para protegerse de tanto horror. El destornillador vuelve a cortar el aire buscando una carne en la que penetrar.
Más tarde, en el baño, Marta coge a Félix con las dos manos por el cuello y lo levanta hasta el techo.
Luego lo empotra en el hueco del retrete en una sinfonía sincopada de huesos rotos y tendones desgarrados.
Intenta forzar que el cuerpo descoyuntado del pobre animal se introduzca por el estrecho orificio sin conseguirlo; sin embargo, el agua entra en los pulmones del gato y suma la muerte por ahogamiento al dolor de su columna quebrada.
Pocas horas antes, Félix era testigo de los ojos muertos de Carlos, arrastrado por Marta hasta su habitación.
El olor de la casa cambió imperceptiblemente, pero lo suficiente para que el gato lo notara.
Cuando un ser humano muere, su olor cambia casi al momento.
Los animales son muy receptivos a ese cambio en las feromonas.
Félix fue testigo de cómo su dueña encerró el cuerpo de Carlos en el armario, pero pronto se distrajo con el pienso que Marta le puso en su plato. Sería su última comida.