El niño tras la puerta LA REVELACIÓN
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LA REVELACIÓN

Una patrulla de policía llega al portal de Marta. Se apean Prieto y Leiva, quien conducía. Otro agente de uniforme charla ya con un hombre de unos cincuenta años, con gafas y chaqueta de tweed barata.

Prieto se acerca a él y le tiende la mano.

—Señor Jover.

Jover le estrecha la mano, saludándole con un ligero cabeceo, tímido, sobrepasado. Vidal, el tercer policía, se dirige a Prieto.

—Hemos llamado, pero no abre.

—Pediré autorización al juez de guardia —dice Leiva mientras ya camina hacia el coche patrulla para contactar con la Central y pedir la autorización judicial.

—¿Qué sabe usted? —le pregunta Prieto a Jover a bocajarro, casi agresivamente, acostumbrado a tratar con personas para las que un por favor es un signo de debilidad.

—Mi compañero Carlos tenía que ayudarla a instalarse esta mañana. Seguía el protocolo para que los primeros días sean menos traumáticos.

—¿Y?

—No he tenido noticias de él desde esta mañana.

—¿Es peligrosa?

—Medicada y tratada, no.

Prieto mastica estas palabras en su cabeza: «Medicada y tratada, no». Se confirma con más fuerza que este asunto huele a marrón. Si algo ha aprendido en su carrera de policía es que la mala suerte existe, y ese niño parece haber tenido muy mala suerte al entrar en casa de su vecina.

Con un gesto les pide que le acompañen hacia el portal. La puerta está abierta. Se gira hacia Vidal.

—Vamos subiendo por las escaleras, vaya a ser que se esconda en algún descansillo.

—Prieto levanta la voz sin darse cuenta mientras vuelve a dirigirse a Jover, como si el pobre hombre tuviera la culpa de que tenga que subir esos escalones, pendiente de que una mujer desequilibrada le salte por sorpresa—. ¿Pero qué tiene?

Prieto empieza a subir mientras Jover y Vidal le siguen como unas ovejas a su pastor.

—Bueno, principalmente un desequilibrio afectivo. Tuvo una infancia traumática: creció en un entorno tóxico, integrada en una secta cristiana radical, con una madre con un trastorno obsesivo…

—¿Es bipolar? —le interrumpe Vidal haciéndose el entendido en psiquiatría con una palabra de la que desconoce su verdadero significado.

—¿Pero tú qué sabes, coño? —le reprende Prieto como una bofetada por haber interrumpido a Jover.

—No exactamente —responde el psiquiatra con cautela porque sabe que no es el momento de profundizar en el tema—. Sufre esquizofrenia. Si deja la medicación puede descompensarse y perder el contacto con la realidad.

—¿Y puede ponerse violenta?

—La esquizofrenia no convierte a nadie en violento. Pero ella tiene antecedentes graves. Si está descompensada y se siente amenazada…

—¿Y si está loca, por qué la dejan suelta?

—Otra bofetada de Prieto, esta vez para el intelectual, al que empieza a culpar definitivamente de tener que preocuparse de un niño de diez años.

Para Prieto el mundo sería muy sencillo si todos hicieran lo que les corresponde, como que los locos estén en un psiquiátrico y los psiquiatras impidan que salgan.

No hay grises en el pensamiento del inspector.

—Bueno, no la hemos dejado suelta. —El retintín con el que Jover responde no pasa inadvertido para Prieto. El psiquiatra se defiende, no es tan manso como parece—. Estaba internada desde los catorce años, pero había dado muestras de que tenía controlada su enfermedad. Este era el paso definitivo.

Vidal no puede evitar meterse de nuevo en la conversación aun a riesgo de que su superior le vuelva a ningunear.

—Pero ¿qué hizo?

—Estranguló a su hermano pequeño e intentó acuchillar a su madre —responde breve y secamente Jover, sin ánimo de querer dar unos detalles que ahora mismo son innecesarios.

—¡Virgen Santa! —exclama Vidal.

—Dejan sueltos a los locos y luego… —farfulla Prieto mientras sube las escaleras con esfuerzo—. A saber qué le habrá hecho al niño.