El niño tras la puerta LA LOCURA
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LA LOCURA

OCHO HORAS ANTES DE LA LLEGADA DEL NIÑO

—No te quiero.

Carlos repite la frase, con algo más de firmeza, pero sigue sonando infantil, fuera de lugar y hasta absurda.

De todos los momentos para elegir decirla, este era el peor de ellos.

De todos modos, consigue su objetivo. Ahora sí, Marta deja de limpiarle la herida.

Sorprendida, le observa sin saber si está hablando en serio o no.

—No te quiero como tú… me quieres a mí.

Si Carlos pretende arreglar algo con esta apreciación, no lo ha conseguido: duele igual, pero además humilla. Marta, conmocionada, quiere saber el porqué, quizás si logra entenderlo le hiera menos.

—¿Por qué has dejado que me enamore de ti?

—No quería que pasara.

—Sí, sí querías.

Carlos no responde. Marta decide humillarse.

—Me da igual que tengas novia. Te compartiré si quieres.

Él se mueve inquieto, abrumado, incómodo, hasta avergonzado de Marta por mendigar un amor que es imposible. Desde luego, este es el final de una aventura que nunca debió materializarse. Punto final.

Marta es consciente de los sentimientos que acaba de generar en Carlos: pena, hastío, vergüenza, desprecio…

Se aparta un poco, con la realidad bocabajo, trastabillándose, con los ojos en blanco.

Acaba de comprender. No, no la quiere. No, no la quiere como ella a él.

Y eso no va a cambiar. Los ojos de Marta se escapan al infinito, ida, sin percatarse de que un hilillo de saliva se le está escapando de la comisura de los labios.

—¿Te has tomado el Clozaril?

Marta parece haber perdido el sentido del equilibrio, aunque en realidad lo que ha perdido es su lugar en el mundo. Camina de espaldas y se golpea la espalda con la pared. Carlos se acerca a ella, preocupado.

—¿Te has tomado el Clozaril?

No hay respuesta, y no puede haberla porque la Marta que conoce ya no está con él. Se ha ido muy lejos. Carlos coge el bolso de Marta y hurga en él.

—No quiero estar sola.

Alguien desde lo más profundo de Marta ha dicho estas palabras.

—No vas a estar sola. Vamos a volver al Centro.

—Ahí también estoy sola.

—Estarás conmigo, tranquila.

Carlos por fin encuentra el bote de pastillas. Está sin abrir; Marta ha estado esquivando la medicación. No es momento de reproches. Abre el bote y le mete una pastilla dentro de la boca, sin pedir permiso.

—Toma.

Marta, como una buena chica, la acepta.

—¿Necesitas agua?

Niega con la cabeza.

—Respira, solo estás agobiada. Ahora volvamos al Centro y veamos cómo solucionar esto. Todo irá bien.

Marta está de acuerdo.

—Voy a llamar a Jover para decir que volvemos.

Carlos se gira para llamar por teléfono y le da la espalda a Marta. Esta aprovecha para escupir la pastilla.

—No mereces que te quiera.

Carlos la ha oído, pero está tan distraído con la búsqueda del número de Jover que no asimila lo que esa frase significa.

—¿Qué?

Marta agarra el cilicio que había dejado sobre el sofá y lo ataca por detrás.

Lo estrangula con la cadenilla de púas de hierro mientras lo empuja hacia delante, impulsándose con todo su peso.

Le ha tomado por sorpresa y Carlos pierde el equilibrio.

Cae al suelo. Su cabeza rebota en el parqué.

Está grogui, pero se esfuerza por levantarse.

Marta se le ha subido encima, con la rodilla en su espalda y, rabiosa, aprieta más y más el cilicio.

Carlos se asfixia, intenta agarrar a Marta, pero está bocabajo. No llega con los brazos.

Marta lo estrangula hasta que deja de moverse.