EL INFIERNO
Vierte un poco de agua oxigenada en un algodón. Le tiembla el cuerpo y derrama casi todo el líquido. Finalmente, logra aplicarle el algodón humedecido en la mano del niño, que se queja ante el repentino escozor.
—Escuece un poco, pero es bueno. Aguanta.
Daniel asiente, obedientemente. Ella le observa con atención, escudriñando en su expresión algún gesto que le delate, alguna mueca que le permita saber si el niño tiene que ver con todo lo que está sucediendo.
Decide enfrentarse a él, como si fuera un adulto, no más dobleces, no más precauciones. La pregunta es directa.
—Daniel, ¿qué está pasando?
El gato cruza el salón, camino al pasillo.
—No lo sé.
—Eres tú, ¿verdad? Eres tú quien pone esas voces.
Daniel lo niega moviendo despacio la cabeza. Esa lentitud exaspera a Marta.
—¿Quién es esa mujer que decía ser tu madre? ¿Por qué me estáis puteando?
—Yo solo soy un niño.
—Los niños de hoy no saben rezar en latín.
—Yo no sé rezar en latín.
—Te he oído. No me mientas.
—No sé rezar en latín. Es él quien me obliga a decir esas cosas.
—¿El niño?
—Me obliga a rezar con él. Me dice que me protegerá.
—¿De quién? ¿De qué te dice el niño que te protegerá?
—Del infierno.
Otra vez Daniel está llevándola a su terreno, provocando que pierda el control. Se ve a sí misma como si circulara por una pendiente cuesta abajo sin frenos.
—No existe el infierno. Todo eso es un cuento chino.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Porque he estado en él.
—¿Y cómo es el infierno?
—Triste —apunta Marta con sinceridad.
Vuelve a limpiar la herida del niño, que de nuevo se vuelve a quejar, pero con menos intensidad. El concepto del infierno ha despertado el interés de Daniel, que tiene mucho que preguntar sobre él.
—Entonces, el infierno existe. Tú lo has visto.
—No el que crees.
—Sí existe. Y si eres malo vas a él cuando te mueres.
—Bueno, ya lo descubrirás entonces.
—¿Tú no crees en Dios?
Marta esquiva el tema.
—Bueno, ya está. Te saldrá una costrita y como si no hubiera pasado nada.
—Él dice que crees en Dios. Pero que no lo temes.
Ya es suficiente. Después de esto, Marta no puede hacerse la tonta o dejarlo pasar. Fija sus ojos en el niño y adopta una actitud entre desafiante y burlona.
—¿Y qué más te dice él?
—Dice que va a conseguir que lo temas.
En ese momento descubre que Félix, que se dirigía al pasillo, desanda exactamente sus propios pasos, como si alguien hubiera dado al botón de rewind en la vida real.
El segundero del reloj de Marta avanza en sentido contrario.
Se fija entonces en la bola de algodón con la mancha de sangre.
Está desapareciendo con la misma rapidez que en la herida de Daniel vuelve a brotar.
Todo parece retroceder, como si las leyes físicas hubieran decidido dar la vuelta al universo.
Marta se levanta, perturbada. Hiperventila, pero se esfuerza por no caer en la histeria.
—Necesito beber agua.
Corre hacia la cocina para escapar de esta locura. Abre el grifo de agua mientras busca un vaso. No lo encuentra. Se agacha y bebe directamente del grifo, sedienta. Ve algo en el fregadero. No distingue qué es. Demasiado pequeño. Lo coge, extrañada, y lo examina con más atención.
Es un diente.
Asustada, lo tira y se toca los dientes con el dedo, para cerciorarse de que no es ninguno de los suyos. No lo es. Tiene la dentadura completa.
Se queda paralizada. Acaba de acordarse…
Marta observa el diente en el fregadero. Retrocede poco a poco, trastornada.
Sale de la cocina para ir al baño. Entra. El corazón le golpea tan fuerte que le hace daño. Suda. Lleva unos vaqueros viejos y una camiseta empapada de miedo. Abre el grifo y se refresca la cara. Respira despacio, intentando dominarse.
La vejiga le recuerda que hay una realidad cotidiana, que hay esperanzas de que todo vuelva a ser normal. Se acerca al inodoro y levanta la tapa.
Dentro halla a Félix. Su gato está completamente dislocado, como si lo hubieran empotrado con una fuerza descomunal. Aterrorizada, sin percatarse de que se está orinando encima, perdida entre sus propios gritos, desearía huir, pero es imposible.
Y es entonces cuando él abre la puerta del baño.
Es Daniel.
—¿Te pasa algo? Te estaba llamando y no respondías.
—¡Eres tú! ¡Eres tú!
Daniel se acerca mientras Marta le señala con el dedo.
—¿Qué pasa? —pregunta el niño.
Marta se levanta y retrocede. No quiere que la toque.
Con la espalda apoyada en la pared se esfuerza por alejarse lo máximo posible de él, hasta adoptar un escorzo imposible.
Daniel se detiene a muy poca distancia de ella.
Marta aprovecha que Daniel ha dejado libre la puerta para salir corriendo, empujándole y haciéndole caer. Escapa del baño.
Se adentra por el pasillo camino del salón, desquiciada, y tropieza con una de las cajas. Cae. En ese momento escucha un zumbido. Es su teléfono móvil. Un teléfono que es imposible que funcione porque se ha quedado sin batería.
—No puede ser.
El teléfono suena de manera incansable sobre el sofá. Está sin luz y sin números en la pantalla, tiene la batería descargada, pero no deja de sonar. Marta, a pesar de lo imposible, lo coge.
—¿Quién es?
—Soy mamá —responde desde muy lejos una voz cariñosa y familiar.
—¿Mamá?
—¡Tienes que salir de ahí, mi niña! ¡Va a por ti! ¡Te va a llevar con él!
Tira el móvil. En ese instante se escucha un grito desgarrador que proviene del baño. Es el niño. Marta se lanza hacia la puerta de la calle para escapar, pero el sofá que ella misma colocó detrás de la puerta impide que su fuga sea rápida.
Daniel se acerca por el pasillo, furioso.
Marta lo observa acercarse cada vez más, y se queda sin aire al ver en el rostro del niño esa expresión de odio.
Daniel camina hacia ella con decisión. Marta ya ha quitado el sofá, pero está tan asustada que le cuesta quitar la cadena.
Daniel cada vez está más cerca y comienza a recitar una oración en latín.
—Sancte Michael Archangele, defende nos in proelio, contra nequitiam et insidias diaboli esto praesidium.
Imperet illi Deus, supplices deprecamur: tuque, Princeps militiae caelestis, Satanam aliosque spiritus malignos, qui ad perditionem animarum pervagantur in mundo, divina virtute, in infernum detrude…
Marta consigue por fin descorrer la cadena y abre la puerta. Sale de la casa. Sin pensar en lo que hace baja las escaleras a toda velocidad. Se vuelve para ver si el niño la sigue. No escucha nada. Sigue bajando hasta llegar al descansillo del portal.
Las llaves que había dejado en la cerradura ya no están. Pero tampoco puede abrir, sigue roto el pulsador. Ante la desesperación, da una patada al cristal para romperlo. No lo consigue. Vuelve a dar una patada aún más fuerte. Esta vez lo rompe y pide auxilio.
—¡Socorro, socorro, por el amor de Dios, que alguien me ayude!
Nadie responde. En ese momento, lo nota: una presencia a su espalda. Se gira. Daniel está en el primer tramo de la escalera. Acechándola.
—No me dejes solo. Tengo miedo a estar solo en esa casa —implora con lástima mientras comienza a llorar.
—No, no, no, no, no me engañarás. No otra vez.
Baja por las escaleras que conducen al sótano para escapar del niño. Llega hasta la puerta. Está abierta.
El sótano se organiza en torno a un pequeño vestíbulo del que parten dos pasillos enfrentados que comunican con los otros bloques de la mancomunidad.
Los pasillos están salpicados cada cierta distancia por las puertas de los trasteros.
Enciende la luz y corre por uno de los pasillos.
Corre y corre hasta llegar a la puerta del sótano que conduce al rellano del otro bloque de la mancomunidad.
También está abierta. Sube las escaleras a zancadas.
Su idea es subir a ese portal y abrir la puerta para escapar por fin.
Llega hasta el rellano y aprieta el pulsador.
Quiere abrir la puerta, pero tampoco responde.
Desesperada, prueba de nuevo. Pero nada.
De repente se da cuenta de que el cristal de la puerta de ese portal también está roto.
Marta observa la puerta más detenidamente.
Por imposible que parezca, no está en el portal de al lado.
Está en el suyo. La carrera por el sótano le ha llevado al mismo sitio.
Sin comprender, temblando, se atreve a girarse. Daniel está en el mismo tramo de la escalera donde lo dejó.
—Tengo miedo —musita el niño mirándola con los ojos muy abiertos.
El primer grito de Marta se le rompe. El segundo ya no parece humano.
Vuelve a lanzarse escaleras abajo, sin poder retener las lágrimas.
Abre de nuevo la puerta que conduce al sótano y entra.
Las lágrimas le impiden ver bien. Corre, pero empieza a bajar la intensidad de su carrera.
Tiene flato. Le duele un costado. Reduce hasta detenerse y se apoya en la pared.
Se sienta. Llora. Llora con ganas, desahogándose.
A su lado escucha un extraño bufido, profundo y cercano, que se aproxima poco a poco.
Gira la cabeza despacio y ve un perro. Un perro enorme, de pelaje negro e hirsuto. Se va acercando poco a poco desde el final del pasillo.
Marta se incorpora con lentitud para no excitar al animal.
Sin perderlo de vista, retrocede muy despacio.
El perro la sigue, amenazador. Ella prueba a abrir cada puerta del trastero junto a la que pasa.
Pero en vano. Están todas cerradas. El animal empieza a trotar más rápido.
Marta empieza a acelerar el paso a su vez.
Busca una esperanza en cada puerta. El perro, que huele su miedo, ya corre hacia su presa.
Por fin, logra girar el pomo de uno de los trasteros cuya puerta cede, y entra justo cuando el perro se abalanza sobre ella.