LA VERDAD
OCHO HORAS ANTES DE LA LLEGADA DEL NIÑO
Carlos se palpa el cuello. Tiene un rasguño por culpa del cilicio. Esa pequeña gota de sangre provoca que Marta se quiera morir.
—Lo siento. Ven, tengo algo de agua oxigenada.
Muy nerviosa, se acerca a una de las cajas y la abre. Saca un pequeño neceser con productos de botiquín: algodones, agua oxigenada, tiritas…
—Acércate, que te curo.
Marta vierte un poco de agua oxigenada en el algodón y se lo aplica cariñosamente, con cuidado.
El amor que desprende en este gesto, en su movimiento, en su delicadeza, sería visible a años luz de distancia, pero no es suficiente para Carlos.
No siempre el amor puede con todo. Carlos decide que es momento de afrontar la verdad de una vez, aunque su voz no es tan firme y segura como su pensamiento.
—No te quiero.
Concentrada en curar la herida, no parece haber entendido el significado de la frase.
O quizás le parece tan dolorosa e inapropiada en ese momento que su mente ha sido incapaz de asimilarla.
Acaba preguntando distraídamente, como quien no ha escuchado bien a su pareja que desde la otra habitación le pide que le traiga un vaso de agua.
—¿Qué?
—Que no te quiero —repite con algo más de firmeza, pero claramente insuficiente. Es un niño que asume con la cabeza gacha que ha roto el cristal de la ventana con la pelota.
Ahora sí, Marta deja de limpiarle la herida.
Sorprendida, le observa sin saber si está hablando en serio o no.
Si en algún momento se esperaba esta confesión no era ahora, no era cuando estaba en contacto con su sangre, con el algodón teñido de rojo y compartiendo el olor del agua oxigenada.
Carlos se da cuenta de que quizás necesita ampliar un poco más la información, y lo hace torpemente.
—No te quiero como tú… me quieres a mí.
Marta se queda conmocionada, con el algodón en la mano y la mente en proceso de huida.